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Antes del comisario Wallander

La traducción de la primera obra de Henning Mankell permite rastrear los orígenes literarios del autor que revolucionó el género negro

Henning Mankell, en un automóvil en Maputo (Mozambique) en 2004, Ampliar foto
Henning Mankell, en un automóvil en Maputo (Mozambique) en 2004, GETTY

Henning Mankell (1948-2015) y el kriminalkommissar Kurt Wallander eran de la misma edad. A Wallander lo conocimos en los años noventa, cuando investigaba los crímenes de Asesinos sin rostro y Los perros de Riga, e iniciaba un periodo de esplendor en la novela negra nórdica. Si Wallander asume casi por costumbre la mentalidad socialdemócrata de su generación, Mankell parece más a la izquierda. A principios de los años setenta andaba por Noruega, colaboraba en las actividades de la mujer, maoísta, con la que entonces vivía, y participaba en manifestaciones contra la intervención americana en Vietnam. El policía novato Wallander cargaba en Estocolmo contra los manifestantes. Mankell cuenta que escribió su primera novela, El hombre de la dinamita, en Oslo, en 1972, en una habitación desde la que veía las concentraciones ante la Embajada de Estados Unidos. Fue, dice, una época eufórica, en la que todo aún era posible, incluso el fin de los imperialismos.

La leyenda lo imagina huyendo del colegio a los 16 años, grumete en un barco, sesentayochista en París. En 1970 se buscaba la vida en Suecia como periodista y dramaturgo. Lo que ganó con El hombre de la dinamita le permitió dedicarse al teatro con cierta tranquilidad. Acabó en África, donde los triunfos del comisario Wallander le permitirían fundar su propio teatro en Mozambique. En la primavera de 2010 viajaba en uno de los barcos que intentó romper el bloqueo a Gaza, pero no estuvo entre los nueve que murieron en el ataque de la Marina israelí. Le quedaban cinco años de vida.

Wallender y Mankell compartían una sensación: les resultaba incómoda la Suecia contemporánea. ¿Por qué todo va a peor?, se preguntaba un desorientado Wallander en La quinta mujer (1996). ¿Cómo se puede ser policía cuando nada tiene sentido? (Los perros de Riga, 1992). Mankell confiesa escribir para hacer el mundo más comprensible. Tanto el policía como el escritor saben que ya no viven en la Suecia de posguerra, Estado de bienestar modélico, vía intermedia entre Estados Unidos y la URSS. Disuelta la Unión Soviética, va calando eso que llaman neoliberalismo. El igualitarismo pasa de moda. Se privatizan los servicios del Estado. Bajan los impuestos y crece la desigualdad. Suecia se llena de “pistas de aterrizaje en las que todas las noches descargan droga e inmigrantes ilegales”, se oía en Asesinos sin rostro, la primera aventura de Wallander, de 1991. Los medios insistían en la peligrosa inmigración, en la presencia de una criminalidad nueva y brutal, psicótica.

El escritor y su personaje compartían una sensación: les resultaba incómoda la Suecia contemporánea: todo va a peor

Mankell proyecta su visión sobre sus personajes principales. En La quinta mujer, un veterano colega de Wallander localizaba los males de la nueva Suecia en el viejo Estado de bienestar, “lodazal camuflado”, inconsistente. “La podredumbre estaba en los fundamentos”. De tales fundamentos trata El hombre de la dinamita, aparecida en 1973. Cuando en 1997 Mankell volvió a publicar su primera novela le añadió un mínimo balance de lo sucedido entre las dos fechas: “Ha caído algún imperio… Han caído algunos muros y se han levantado otros… Pero los pobres se han vuelto más pobres. Suecia ha pasado de un intento decente de construir una sociedad a un saqueo social”. Y aclaraba: El hombre de la dinamita sigue vigente.

No se ocupa de crímenes la primera novela de Mankell, pero sí de un hecho de sangre: hay un cuerpo herido, emblema de una situación social, como lo es el crimen en las novelas de Wallender. Al dinamitero Oskar Johansson, de 23 años, un día de junio de 1911 le estalla la carga destinada a abrir un túnel para el ferrocarril. Los periódicos difunden la terrible muerte del dinamitero, que, sin embargo, ha sobrevivido sin un ojo, sin pelo, con medio pene, sin la mano derecha. En la izquierda le reconstruyen lo que queda de un pulgar y un índice deformes. Johansson sigue trabajando en la dinamita hasta que se jubila en 1954. Morirá en 1969.

Dos narradores hablan de la vida del dinamitero: un joven anónimo que comparte el verano con el viejo Oskar Johansson, y el propio Johansson, poco propicio a tratar de sí mismo. El viejo, viudo, pasa los meses más templados en una sauna en desuso que le compró al Ejército, seis metros cuadrados en un islote. Hace solitarios, oye la radio, pesca y recuerda con su joven amigo. El joven habla en presente. El viejo habla en un pasado-presente imborrable, histórico, perpetuo: el momento en que su novia y él se cogen de la mano; el día en que unos niñatos, estudiantes bien trajeados, de domingo, los empujan fuera de la acera, dirigidos por un hijo del dueño de la casa en la que sirve la muchacha. Johansson recuerda: “Dinamitero de mierda, trabajador asqueroso, chusma”.

La óptica del narrador joven no es polémica: responde a un examen empáticamente objetivo, si se puede decir así. Sus notas (entre una línea y, una vez, cinco páginas: concisión y contundencia) recogen esencialmente gestos de todos los días. Johansson rememora lo anodino, alega mala memoria, responde con evasivas, menciona una revolución que caerá por su peso. Se describe como presente en el mundo, nunca participante, pero sí activo en un proceso político universal: la historia de los trabajadores. La pobre vida privada no forma parte de la gran historia. El narrador joven intenta oír lo que calla el viejo.

Y hay algo más al fondo de este admirable Hombre de la dinamita: la percepción del deterioro progresivo del héroe, que envejece día a día y tiene miedo a morirse. Es un tema esencial en Mankell: también Wallander, como si acompañara al desguace del Estado de bienestar, se sentía cada vez más descuidado, peor alimentado, más enfermo, más solo.

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