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La que regresa

Revenge revela a una cineasta en pleno dominio de su lenguaje que va transformando su modo de filmar a su protagonista femenina en su progresivo paso de golosina erótica a ave fénix y diosa de la venganza

Fotograma de la película 'Revenge'
Fotograma de la película 'Revenge'

El imaginario del cine de terror ha estado recorrido, desde sus orígenes, por lo que la escritora Pilar Pedraza bautizó en su ensayo Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine (Valdemar) como “avatares de la Muerta”. Es decir, no sólo por posibles emanaciones de una misoginia de la mirada que fetichiza y destruye su objeto de deseo, sino por ecos de una presencia más profunda e interiorizada “que vuelve incesantemente porque está mal enterrada en nosotros mismos, o mal ubicada en las criptas que, dentro y fuera, se nos han prestado para contener al muerto que traemos con nosotros al venir al mundo y a las cosas muertas que acarreamos y cuyo hedor no nos molesta porque, como el del sudor de nuestra piel, son nuestras”. Revenge, primer largometraje de Coralie Fargeat, podría ser una buena pieza de acompañamiento para el ensayo de Pedraza, al tiempo que parece querer reivindicarse como rotunda inflexión feminista a la poética de esa nueva ola del cine extremo francés que tuvo a sus cabezas de pelotón en trabajos como À l’intérieur (2007), Frontière(s) (2007) o Martyrs (2008).

REVENGE

Dirección: Coralie Fargeat.

Intérpretes: Matilda Anna Ingrid Lutz, Kevin Janssens, Vincent Colombe, Guillaume Bouchède.

Género: terror.

Francia, 2017

Duración: 108 minutos.

En los últimos años, algunas películas del género han introducido una mirada autorreflexiva sobre esa morbosa fetichización del cuerpo femenino, con Anticristo (2009) de Lars Von Trier y La autopsia de Jane Doe (2016) de André Øvredal como aportaciones especialmente remarcables. Coralie Fergeat prefiere que sea la forma quien hable y se abstiene de imponer sobre las dinámicas más funcionales del género ningún tipo de distancia intelectual: en su película, de argumento reducido a los puros huesos, una hipersexualizada mujer objeto se transforma en un simbólico cuerpo resurrecto y letal casi elevado a una condición superheroica con la ayuda de una ingesta de peyote. La película, en primera instancia, es una virtuosa pieza de terror de supervivencia, con una especial delectación —muy New French Extremity— por la herida abierta y el borbotón de sangre, pero, en cierto sentido, cada una de sus decisiones de estilo parece estar clavándole una astilla a un ojo patriarcal.

Rodada con los saturados colores de una insolación, Revenge revela a una cineasta en pleno dominio de su lenguaje, que, sin recurrir en ningún momento a lo discursivo, va transformando su modo de filmar a su protagonista femenina en su progresivo paso de golosina erótica a ave fénix y diosa de la venganza. Un manifiesto camuflado de hábil paradoja.