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La alfombra roja nacida en la Sarajevo en guerra

El certamen cinematográfico arrancó en 1995 en la cercada ciudad bosnia para reivindicar su valor y supervivencia

La escritora estadounidense Susan Sontag, en un descanso en los ensayos de 'Esperando a Godot', de Samuel Beckett, en Sarajevo, el 1 de agosto de 1993.
La escritora estadounidense Susan Sontag, en un descanso en los ensayos de 'Esperando a Godot', de Samuel Beckett, en Sarajevo, el 1 de agosto de 1993.

Cuando los periodistas, incrédulos, le preguntaban qué sentido tenía organizar un festival en mitad de una guerra, Haris Pasovic respondía tirando de retranca: “¿Y qué sentido tiene organizar una guerra en mitad de un festival?”. En pleno sitio de Sarajevo, el dramaturgo había decidido impulsar un certamen cinematográfico bajo el lema Más allá del fin del mundo, en alusión al panorama apocalíptico que se desplegaba en la capital bosnia.

En la Sarajevo cercada por las tropas proserbias, la resistencia iba mucho más allá de lo meramente físico: no se trataba solo de salvar el pellejo, sino también de mantener, a toda costa, la propia humanidad y, con ella, la cultura como su manifestación más elevada. A lo que consideraban una agresión ultranacionalista, teñida de primitivismo rural, los círculos más progresistas de Sarajevo oponían su mentalidad urbana y multiétnica, que generó una escena cultural tan limitada en medios como vibrante.

Dentro de un festival celebrado en el Teatro Sarajevita de la Guerra, Susan Sontag acudió a representar Esperando a Godot, de Beckett, en un entorno donde no quedaba claro si el mayor absurdo tenía lugar en el escenario o fuera de él. Fue en este marco teatral donde Haris Pasovic puso en marcha su festival de cine que tenía asombrados a los periodistas internacionales por la determinación de organizadores y público. Las películas, suministradas por realizadores como Wim Wenders, Krzysztof Kieslowski o Francis Ford Coppola, llegaban en los mismos vuelos humanitarios que la comida y los medicamentos, y los asistentes acudían a la sala de proyección esquivando bombas y disparos de francotiradores.

En la estela de esta iniciativa, una vez declarado el alto el fuego que pondría fin a la guerra, el productor teatral Mirsad Purivatra impulsó la primera edición del Sarajevo Film Festival. Se trataba ya no solo de reivindicar la voluntad de supervivencia y el carácter urbano de Sarajevo, sino de mirar hacia adelante y retomar el pulso como una ciudad europea más. Entre otras atracciones, esta edición pionera del festival recuperó para la ciudad el cine al aire libre, del que los espectadores podían gozar al fin sin temer por la propia vida.

Trabajadores preparan la alfombra roja del festival de cine de Sarajevo, el pasado 9 de agosto.
Trabajadores preparan la alfombra roja del festival de cine de Sarajevo, el pasado 9 de agosto. REUTERS

Con el paso de los años, el Sarajevo Film Festival fue ganando tanto espectadores como prestigio, un crecimiento al que no fue ajeno el primer Oscar conseguido por un director bosnio: después de adjudicarse el gran premio del festival, la película En tierra de nadie, de Danis Tanovic, obtuvo el galardón a la mejor película extranjera otorgado por la Academia de Hollywood. Mediante esta comedia absurda de trincheras, donde los combatientes no logran ponerse de acuerdo ni siquiera en quién inició las hostilidades, Tanovic consiguió que el mundo del cine pusiese sus ojos en Bosnia.

Desde sus ya lejanos orígenes heroicos y de resistencia, el Sarajevo Film Festival se ha ido estandarizando hasta convertirse en un certamen cinematográfico al uso, con alfombra roja donde las celebridades son aplaudidas por una claque, y fiestas de acceso restringido donde la concurrencia luce sus mejores galas. Igual que en el resto de festivales de cine que se celebran por todo el mundo, el negocio asoma detrás de la creación artística, como demuestran la interminable retahíla de anuncios y las constelaciones de logotipos de patrocinadores que desfilan por la pantalla antes de cada proyección.

Con una asistencia anual de más de 100.000 espectadores, el Sarajevo Film Festival constituye una historia de éxito, algo nada habitual en Bosnia, pero, como cualquier evento popular, también cuenta con sus detractores. Para buena parte de la población bosnia, cuyos ingresos apenas alcanzan para llegar a fin de mes, el Sarajevo Film Festival es la apoteosis de una clase social muy concreta: la progresía bienestante de Sarajevo, que aprovecha estos días para codearse con las estrellas más prestigiosas. Hasta la fecha, el Corazón de Sarajevo, premio honorífico del festival, ha sido entregado, entre otros, a Angelina Jolie, Alejandro González Iñárritu, John Cleese y Robert de Niro, deshechos en elogios hacia la ciudad que les acogía.

En la Bosnia-Herzegovina de posguerra, donde bosnios, serbios y croatas mantienen relaciones tormentosas, existen pocas iniciativas que consigan traspasar las fronteras del país. Por ese motivo abunda la reclamación de que se cuenten historias positivas, relatos inspiradores cuya proliferación, como por encanto, permitiría superar una realidad dividida. Aunque se trata de un pensamiento mágico consecuencia de la frustración acumulada, lo cierto es que estos casos de éxito suponen no solo un pequeño bálsamo, sino también la confirmación de que algunas cosas pueden cambiar.

Durante la celebración del Sarajevo Film Festival, el contexto político queda en segundo término y el certamen insufla a la ciudad una energía de la que normalmente carece. Como los viejos clásicos que forjaron la leyenda de Hollywood, se trata de una mentira bella pero pasajera, que todo el mundo se deleita en creer para evadirse de sus penurias: mientras no asoman los títulos de crédito y se encienden las luces de la sala, los ciudadanos se entretienen con pequeños mundos de fantasía en los que olvidan, siquiera por un rato, la grisura de su realidad.

Un músico polaco y su cantante

A la espera de la sección competitiva del festival, que dirimirá un jurado presidido por el realizador iraní Asghar Farhadi, el certamen se abrió con la proyección de Cold War, de Pawel Pawlikowski, un viejo conocido de la ciudad. Mientras la guerra atronaba en Bosnia, el director polaco retrató a los sitiadores de Sarajevo en el documental Serbian Epics, resumido con mordacidad por Lazar Stojanovic, su mano derecha en el rodaje: “Solo hace falta darles una cuerda lo suficientemente larga y ellos solos se ahorcarán”.

Convencidos de que sería beneficioso para su causa, Radovan Karadzic y sus incondicionales se dejaron filmar exponiendo teorías históricas delirantes, empalando corderos desollados mientras trasegaban aguardiente y entonando cantares épicos sobre la batalla de Kosovo, en un fresco demoledor de su mentalidad ultramontana. Serbian Epics también incluye unas perturbadoras imágenes en las que el escritor ruso Eduard Limonov pone a prueba su puntería disparando como francotirador a los habitantes de Sarajevo.

Cold War, la nueva película de Pawlikowski, galardonada con el premio a la mejor dirección en Cannes, narra el periplo de un músico polaco y su discípula cantante, unidos por una pasión fatal, una sucesión de encuentros y desencuentros a ambos lados del Telón de Acero en la Europa de la Guerra Fría. Antes de la proyección, Pawlikowski recordó su vínculo con Sarajevo y afirmó sentirse honrado de presentar una película sobre la historia en una ciudad que desborda de ella.