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Ante futuros crímenes

Kafka describió el núcleo del problema: la situación de brutal imposibilidad del individuo frente a la máquina devastadora del poder

Franz Kafka, sentado abajo a la derecha con invitados.
Franz Kafka, sentado abajo a la derecha con invitados. Album / akg-images / Archiv K. Wagenbach

Hemos oído elogiar la capacidad de percepción de Kafka y haremos bien en no confundirla con la de profecía. La percepción es saber capturar una realidad que se está perfilando objetivamente ante nosotros y muchas veces en el futuro colectivo. La profecía es otra cosa y para papelones como los de Nostradamus no estuvieron, por suerte, nunca demasiado dotados los escritores. Vista desde el ámbito filosófico, la percepción es “aprehensión psíquica de una realidad objetiva, distinta de la sensación y de la idea”. Y esta no solo es una buena definición, sino que convierte en más atractiva, si cabe, a la percepción, pues nos sobran “las sensaciones” (dejémoslas para el mundo del fútbol, donde es ya costumbre preguntar por ellas a los entrenadores) y sobran también ideas, porque casi todas ya están en manos de irresponsables.

Una hipotética Historia de la percepción en la literatura, que imagino tan breve como sintética, debería describir, de entrada, cómo la facultad de percepción en los escritores aumentó especialmente en el siglo pasado, y tanto fue así que en los años ochenta en Madrid, entonces con cierta precipitación, llegó a decirse y cantarse que el futuro ya estaba aquí.

El pulso de esa hipotética y breve Historia crecería en intensidad a medida que avanzáramos. Comenzaría sin orden cronológico y lo haría por George Perec, que a mediados de los setenta, en Especies de espacios, tras ver en qué se habían convertido los aeropuertos, percibió que se iba abriendo paso un perverso estilo de vida, cada vez más uniformado, más mercantilizado. Y nuestra Historia podría proseguir con escenas de la dura resistencia que, por esos mismos días, ofreciera Nabokov a ser entrevistado en la televisión, pues temía que su escritura quedara asociada a sus titubeos de pobre mortal ante la cámara, como efectivamente así fue, porque de la entrevista solo se recuerdan unos furtivos lingotazos de ginebra. Nabokov, en cualquier caso, no tardó en cebarse en el mal de la fotogenia y en decir que había percibido un futuro no muy lejano en el que los escritores iban a transformarse en cromos repartidos por todo el planeta.

Por supuesto, para el final de la sintética historia de la percepción sería indispensable Kafka, pionero en percibir hacia dónde evolucionaría la distancia entre estado y ciudadano, singularidad y colectividad. Kafka —que admiraba a Flaubert, que había dicho que la estupidez avanzaría imparable en el mundo occidental— describió el núcleo del problema: la situación de brutal imposibilidad del individuo frente a la máquina devastadora del poder. Una situación que nos evoca la angustia y el horror que rodean, por ejemplo, al personaje de Theodor Buschbeck en Jerusalén, la novela de Gonçalo M. Tavares: ese médico obsesionado con encontrar una fórmula matemática capaz de percibir los futuros crímenes de la humanidad. Nada extraño que hayamos desembocado en Tavares, porque, justo cuando ha llegado ya de verdad el futuro, es uno de los contemporáneos que con mayor ingenio profundiza en las percepciones de Kafka.