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Otro Mayo

Alzábamos el puño coreando consignas y mirábamos de soslayo por miedo a que irrumpieran los policías. Nunca entraron. No hizo falta

Lugar donde la Guardia Civil fue asesinado el estudiante Francisco Javier Verdejo cuando hacía una pintada en Almería.
Lugar donde la Guardia Civil fue asesinado el estudiante Francisco Javier Verdejo cuando hacía una pintada en Almería.

En Granada, en la Facultad de Letras, un conato o una sombra del Mayo lejano de París tuvo lugar en la primavera de 1976. Era el tiempo incierto, la tierra de nadie entre la muerte del tirano geológico y la llegada indudable de la libertad. Ahora parece que, para bien o para mal, todo estaba previsto, o que el desenlace de aquella gran confusión no podía ser sino el que fue. La mente humana es muy proclive a las profecías retrospectivas, y confunde el hecho de que las cosas hayan sucedido de una cierta manera con la necesidad histórica de que sucedieran así. Solo unos meses antes, durante la agonía larguísima de Franco, el tiempo parecía haberse detenido, entre un pasado que no se movía y un futuro que nadie sabía imaginar. El tiempo tenía la lentitud fúnebre de los comunicados del equipo médico sobre la salud del que seguían llamando el Caudillo. Llegó la noticia de la muerte y la parálisis general se hizo más profunda, un agujero negro que tragaba sin rastro cualquier vislumbre del porvenir. Los torturadores de la Brigada Político-Social seguían haciendo su trabajo. Los trajes oscuros, los uniformes, las gafas lúgubres de sol, las caras plomizas del nuevo Gobierno eran idénticos a los del Gobierno anterior.

Algo se movía, pero tan despacio que uno no lo notaba. Los policías patrullaban con los mismos uniformes grises, en los mismos Land Rover grises con rejillas de alambre que surgían al fondo de una calle, después de la media noche, los faros como ojos redondos de búhos, las luces azules girando sobre el techo. Pero ahora había muchas más pintadas que antes por las calles, porque se intuía que el peligro era menor, aunque nunca se estaba seguro. La brutalidad antigua y la nueva dudosa indulgencia se mezclaban como en un capricho cruel. A lo largo de 1976 las paredes de las ciudades españolas se llenaron de una efervescencia de pintadas, de estrellas rojas, de hoces y martillos, sin que pasara nada: de pronto, en Almería, en diciembre, a un muchacho de veintitantos años lo mataron a tiros unos guardias civiles cuando empezaba a escribir con espray una pintada que se quedó sin terminar.

Mientras tanto, en Granada, en el hospital Real, una especie de Mayo retrasado empezaba. Una huelga de profesores no numerarios se convertía en una huelga tumultuosa de alumnos. En lugar de las clases suspendidas, se sucedían las asambleas en las aulas o en los vastos cruceros góticos de la Facultad. La policía ocupaba las esquinas próximas, pero el viejo edificio a medio restaurar tenía los muros llenos de carteles políticos, grandes lienzos de papel pintados y escritos a mano, como los dazibaos de la Revolución Cultural china. Sobre la fachada colgaba la bandera con el aguilucho negro de la dictadura, pero bastaba cruzar las puertas para encontrarse entre hoces y martillos y banderas rojas, con siglas a veces crípticas de organizaciones de extrema izquierda, trotskistas, maoístas, hasta comunistas de obediencia albanesa. La presencia más poderosa era la del PCE. El PSOE, al menos visiblemente, no existía. Contra el PCE y su revisionismo y su aburguesamiento se ensañaban todos los otros grupos y grupúsculos, con más vehemencia purificadora cuanto más reducidos eran.

En su candidez,, uno intuía la irrealidad de todo aquello, pero se complacía en aquella libertad, en el ensayo general de algo que tal vez llegaría en el porvenir

Pero lo que importaba era la exaltación, el júbilo de la multitud, los himnos y los gritos coreados, la sensación súbita de estar asistiendo a un vuelco que parecía definitivo en el curso normal de las cosas. En los carteles, igual que en las pintadas de las calles, se veían traducidas las consignas de ocho años atrás en París, y eso contribuía a la impresión de que se estaba repitiendo algo. Las pintadas, hasta entonces, habían sido urgentes y políticas: "Libertad", "Amnistía", "Presos a la calle", etcétera. Ahora algunas de ellas adquirían un aire burlesco, y hasta hedonista, que los militantes de la izquierda formal atribuían despectivamente a los anarquistas: “Que se pare el mundo, que me bajo”, “A follar, que el mundo se va a acabar”, “Disuelve tu cuerpo represivo”, “La imaginación al poder”.

Los profesores en huelga se unían a los estudiantes en un proyecto atropellado y colectivo de cambio radical de la Universidad y de los programas de enseñanza. Era preciso acabar con la burocracia de las asignaturas, los exámenes, los apuntes, el autoritarismo sobre los alumnos. Los estudiantes teníamos que salir del limbo privilegiado de la Universidad para unirnos a los obreros en una sublevación común. Después de arduas horas de debate se sacaban a votación a mano alzada propuestas como la de dar las clases no en las aulas sino en las fábricas, sin reparar del todo en el hecho de que en Granada había solo dos o tres. Era verdad que la autoridad parecía haber desaparecido. En las asambleas generales se cantaba La internacional con el puño en alto y se escenificaban feroces disputas ideológicas entre las diversas advocaciones marxistas-leninistas, entre los partidarios de la lucha armada y los de la vía pacífica al socialismo, entre los decididos a derribar primero el régimen franquista y luego el capitalismo y los impacientes que llamaban a los otros revisionistas y cobardes y se disponían a derribar el franquismo y el capitalismo al mismo tiempo. Pero también había que destruir la familia burguesa, que hacer cuanto antes la revolución sexual, que someter al juicio de tribunales populares a los verdugos y a los cómplices de la dictadura.

Nos sentábamos en el suelo, hombres y mujeres, nos exaltaba vernos en una joven multitud de melenas y barbas, de zamarras, de botas proletarias, de puños apretados y alzados. Era como estar en una película temprana de Bertolucci, en uno de aquellos documentales confusos del Mayo de París, o de la otra revolución que tampoco habíamos vivido, la de 1974 y 1975 en Lisboa. En su candidez, en su credulidad y su ignorancia, uno intuía la irrealidad de todo aquello, pero se complacía sin reparo en aquella libertad confinada e impune, en el ensayo general de algo que tal vez llegaría en el porvenir. También se empezaba a distinguir a los aspirantes a una vanagloria mesiánica, a los inquisidores voluntarios, a los truhanes ideológicos que abrumaban al adversario con un chorro incesante de palabrería. Alzábamos el puño coreando consignas y mirábamos de soslayo por el miedo a que se abrieran las puertas de golpe e irrumpieran los policías con sus porras y sus pelotas de goma, con los fusiles que disparaban balas de verdad.

Nunca entraron. No hizo ninguna falta. Terminó el curso, se improvisaron exámenes finales, se publicaron las notas, y todo el mundo se fue de vacaciones, igual que en París.