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La dirección del futuro

La Fundación Felipe González se acuerda de Pradera, Semprún y Claudín como “cabezas de chorlito”

Noche electoral en EL PAÍS el 15 de junio de 1977, las primeras elecciones legislativas democráticas desde 1936. De pie, Felipe González. A su derecha, Fernando Claudín. A su izquierda, Javier Pradera y Ramón Tamames.
Noche electoral en EL PAÍS el 15 de junio de 1977, las primeras elecciones legislativas democráticas desde 1936. De pie, Felipe González. A su derecha, Fernando Claudín. A su izquierda, Javier Pradera y Ramón Tamames.

No había ninguna efeméride, así que el acto se convocó por pura gana de acordarse de Javier Pradera, Jorge Semprún y Fernando Claudín. El hilo del que se sirvió la Fundación Felipe González para armar el tinglado fue un comentario que hizo la Pasionaria referido a Claudín y Semprún cuando fueron expulsados del Partido Comunista en 1964: “Cabezas de chorlito”. Pradera se fue un año después, así que el calificativo también pudo incluirlo a él.

¿Por qué este capricho precisamente hoy? Pues porque seguramente es necesario volver a pensar la importancia que tienen las dos características que compartieron esos tres cabezas de chorlito: la inteligencia y la heterodoxia. Lo explicó muy bien Felipe González. No es que fueran solo honestos intelectualmente, además fueron críticos consigo mismos y también fueron capaces de lo más difícil: romper con un partido que exigía una disciplina ciega. Es la “actitud más valiente”, dijo ayer González. Una actitud que iba a marcar sus trayectorias posteriores.

Claudín nació en 1913, Semprún lo hizo 10 años después, en 1923, y Pradera una década más tarde, en 1934. Los tres estuvieron en política, los tres escribieron, los tres teorizaron, los tres se metieron en el barullo de cambiar el mundo. Los tres tuvieron sentido del humor. El periodista Joaquín Estefanía, exdirector de EL PAÍS, hizo de maestro de ceremonias en la Residencia de Estudiantes y fue dando pie para que los participantes tejieran ese hilo invisible que los terminó uniendo y que les permitió, por su lucidez y su honestidad, percibir la dirección del futuro. Venían del comunismo, eran antifranquistas hasta la médula, pero en ninguna parte estaba escrito que lo que necesitaba España fuera la revolución o el socialismo, sino la pluralidad y un clima de libertades, la democracia. Para eso era imprescindible la reconciliación.

El acto se inauguró con una vieja película que los atrapó a los tres en París cuando eran jóvenes y que filmó la primera mujer de Pradera, Gabriela Sánchez Ferlosio. Así que todo cuanto se dijo después estuvo contagiado por la frescura y espontaneidad que distingue a la juventud. Santos Juliá, al ocuparse de Pradera, se refirió a los años cincuenta, cuando los hijos de los vencidos y de los vencedores se dieron cuenta de que aquella cruzada con la que los franquistas pretendían arreglar los males de España no servía para nada. Católicos y comunistas, que habían estado en trincheras distintas en la guerra, comprendieron que había que dar por terminada la guerra.

Claudio Aranzadi recordó que Semprún vivía en Francia, escribía sus libros en francés y en un perfecto francés decía: “Soy un rojo español”. Ese rojo español tuvo un día que romper con el comunismo y llegó incluso a pensar que la Revolución de Octubre había sido un auténtico desastre. Carmen Claudín habló de su padre. Los tres fueron inteligentes, dijo, pero es más importante la heterodoxia, ser capaz un día de reconocer que se pueden mirar las cosas de otra manera. Y luego el paso siguiente: comenzar a equivocarse solos.