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FOTOGRAFÍA

Baldomero Pestana: una vida a través de muchos rostros

EI Instituto Cervantes exhibe la obra de este ignorado artista gallego, quien fotografió con maestría a escritores y artistas del siglo XX

Quincy Jones. Músico, Buenos Aires, 1956 Ver fotogalería
Quincy Jones. Músico, Buenos Aires, 1956

“Para Baldo, de la menos fotogénica de sus víctimas. Un abrazo, Gabriel”. La dedicatoria es de Gabriel García Márquez y está escrita con gruesos trazos negros sobre un retrato en el que posó para Baldomero Pestana, su destinatario (Pozos, Lugo 1918- Bascuas, Lugo 2015). Transcurría agosto del 68, y en una buhardilla parisina, instalado con su familia, el escritor colombiano seguía por la radio la invasión soviética de Praga. Allí estaba también Carlos Fuentes cuando apareció, Baldo con su Hasselblad, dispuesto a añadir dos piezas más a una colección de retratos de grandes figuras de las letras y las artes, que desde más de una década y únicamente por satisfacer su propio gusto atesoraba. Nunca cobró nada por hacer un retrato.

Man Ray. Artista. París.1975 ver fotogalería
Man Ray. Artista. París.1975

La pauta siempre era la misma: solo fotografiaba a quien admiraba. No era necesario que hubiesen alcanzado el éxito (con el tiempo casi todos llegaron a hacerlo). Pedía una cita. Tras realizar numerosos disparos con su cámara, editaba concienzudamente los contactos. Era en la copia de la imagen que más complacía al fotógrafo, donde le sugería al retratado que insertará una dedicatoria. A cambio le entregaba otra a su modelo. A veces no contento con los resultados de una sesión, pedía nueva cita. Fue este el caso de la sesión con Gabo. “No era fácil de retratar, no tenía una cara expresiva”, diría más tarde el fotógrafo acerca del escritor. La imagen se imprimió en la contraportada de la edición francesa de Cien Años de Soledad, sin mención alguna de su autor. Algo que se convirtió en habitual con muchos de sus magníficos retratos. A esto se unía la modestia natural y el altruismo de Pestana , particularidades que contribuyeron a que su obra haya pasado desapercibida en España. Al fotógrafo nunca le gustó darse importancia.

¿Cómo fotografiar la mirada de un ciego?, se preguntaba Pestana, cuando convencido de que en la mirada había siempre una verdad que el fotógrafo debía hacer legible, se le presentó la oportunidad de fotografiar a Borges. Dejó pasar la ocasión y hubo de conformarse con robarle una imagen por una calle de Lima. Tampoco consiguió retratar a Cortázar; a pesar del interés de este, un viaje del escritor a Cuba lo impidió. Pero sí retrató a Man Ray, Mario Vargas Llosa, Polanski, Fernando Arrabal, Bioy Casares, Severo Sarduy, Emilio Pettoruti, Bryce Echenique, Carlos Fuentes, Blanca Varela, Pablo Neruda y Norah Lange, quienes entre otros componen una interesante galería que vertebra la obra artística del fotógrafo gallego, y que comenzó la noche que consiguió retratar al músico Dizzy Gillespie. "El buen fotógrafo se manifiesta en los retratos. Es muy difícil sacar a la gente. Muy, muy difícil", le dijo pocos años antes de morir al periodista Manuel Darriba. Pero su obra también incluye el desnudo y la fotografía documental. A su muerte dejó un archivo con 17.000 negativos. Con motivo de su centenario el Instituto Cervantes, junto con la Fundación Cidade da Cultura de Galicia, le dedica una retrospectiva en su sede madrileña. Bajo el título La verdad entre las manos, comisariada por Chus Villar y Juan Bonilla, exhibe más de 150 imágenes junto a otros documentos y objetos personales.

Sebastián Salazar Bondy. Escritor. Lima .1964 ver fotogalería
Sebastián Salazar Bondy. Escritor. Lima .1964

De la misma forma que un retrato hace visible aquello que esconde el modelo, una galería de retratos revela una sensibilidad: la de su autor. Mucho más cuando la tipología de este archivo ha sido pacientemente elegida por este mismo. Así, esa verdad silenciosa que Pestana trata de desvelar en sus modelos, nos termina hablando de la suya propia. Exigente con el dominio de la técnica, así como en la composición, Pestana consigue poner al personaje dentro de un clima que irremediablemente destapa lo invisible. Tan sobrios como poderosos, sus retratos atraen al espectador de un solo golpe. En la mayoría de sus retratos, los artistas posan en un espacio personal. Este se integra en la composición como parte del retrato. “La figura es para mí un complemento, o al revés compongo la escena a partir de la figura en el lugar “, le dijo a Fietta Jarque, comisaria de Retratos Peruanos, una de las escasas exposiciones que se han celebrado del artista hasta la fecha, dentro y fuera de España.

“Ser hijo de madre soltera era muy duro”, recordaba el artista. “Mi madre no me quería y mi padre nunca supo de mi existencia. Tuve la suerte de haber nacido como un hombre libre”. A los cuatro años emigró a Buenos Aires con su abuela donde le esperaba su madre, casada con un hombre para quien él era un estorbo. Hubo de pasar más de 40 años hasta que Baldo regresase a su tierra, en una breve visita, casado con el amor de su vida, Velia, y con una trayectoria como fotógrafo a sus espaldas. Su primer oficio fue de sastre, mientras escuchaba música, aprendió a dar una puntada detrás de otra, sin saltarse ninguna. Fantaseaba con alcanzar las pirámides y también con ser escritor. En las calles se detenía a mirar las vitrinas de las casas de fotografía, “Había montones de ellas”, recordaba el autor. “Y ninguna sobresalía, todas eran iguales, parecían todos cretinos. No había jamás un rostro interesante, con alguna vida interior”.

Buenos Aires, Años 50. ver fotogalería
Buenos Aires, Años 50.

Se apuntó a un curso de fotografía. Se dedicó a fotografiar bodas y bautizos. Fue a través de la fotografía callejera donde afloró su maestría. ”Está a la altura de los grandes maestros de este movimiento”, escriben los comisarios en un texto conjunto que se incluye en el catálogo que acompaña la exhibición. Transcurría la época dorada de los semanarios, y el fotoperiodismo le abrió una puerta. Como su admirado incondicional, Cartier-Bresson, se lanzó a convertir la calle en su estudio. Pero no fue hasta su llegada a Perú, donde trabajó para varias publicaciones, entre las que se encuentra Life en español y Time, cuando su fama como reportero comenzó a consolidarse. Pero Pestana nunca fue un fotoperiodista al uso. En cierta ocasión, retratando al presidente Prado, este dio un traspié y cayó al suelo; el fotógrafo dejó de lado su cámara para ayudar al mandatario. “¡Yo no soy un Paparazzo!”, respondía a sus amigos, cuando estos le recordaban la imagen perdida. “Pestana tuvo claro cuando debía cumplir con unos requisitos impuestos por otros – trabajo alimenticio-, y cuando debía indagar con los requisitos que el mismo se imponía- Por mi gusto y mi placer”, destacan los comisarios.

Edward Weston y Man Ray serán sus referentes a la hora de adentrarse en el desnudo, diseccionando el cuerpo de la mujer y a veces haciendo uso de solarizaciones. Fue durante sus años parisinos cuando más practicó este género. París se había convertido en el nuevo hogar para el artista de alma nómada quien encontró una forma de sustento fotografiando las obras de arte de sus amigos pintores. Así, poco a poco el fotógrafo fue adentrándose en la pintura y en el dibujo, encontrando su expresión a través de una obra hiperrealista para la cual muchas veces utilizaba su fotografía como punto de partida.

Sin fecha. ver fotogalería
Sin fecha.

Baldo regresó a España. El dolor por la pérdida de su mujer en 2003 removió sus raíces. Vivió sus ultimo años arropado bajo el cuidado de sus sobrinos Carmen Rico y Toño Polín, quienes en la actualidad custodian su valioso archivo. Ya casi centenario, parecía seguir disfrutando de la vida. En su mirada a veces resplandecía el brillo de la niñez. “No dejemos de ser niños”, recomendaba. Desprendía sabiduría, también paz y bondad. La propia de quienes saben que su paso por la vida no había sido en balde. Supo ver mucho más allá de aquello que la mayoría somos capaces de ver.

 Baldomero Pestana. La verdad entre las manos. Instituto Cervantes Madrid. Hasta el 8 de abril.