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Inquisición 2.0

La ordalía de la Europa medieval, que partía de la presunción de culpa, no ha desaparecido en las sociedades occidentales

'Auto de fé en la Plaza Mayor de Madrid', de Francisco Rizi.
'Auto de fé en la Plaza Mayor de Madrid', de Francisco Rizi.

"Tener un proceso significa haberlo perdido ya", dijo Josef K., el protagonista de la novela que más justifica el abuso del adjetivo kafkiano, El proceso (de Franz Kafka, obvio). Se suele citar ese libro como ilustración del absurdo burocrático, de cómo un ciudadano puede quedar atrapado entre legajos, copias compulsadas y funcionarios con cara de vinagre. Pero no se trata tanto del retrato de un Estado robótico y hostil como de la narración de un juicio injusto: "Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana" es la primera y más aterradora frase de la obra. Kafka, que estudió Derecho y dedicó una parte de su literatura a temas judiciales (en cuentos como 'Ante la ley' o 'En la colonia penitenciaria'), deja claro desde las primerísimas palabras que está narrando una ordalía moderna.

La ordalía o juicio de Dios era un método de administrar justicia (es un decir) propio de la Europa medieval, según el cual era el acusado quien tenía que demostrar su inocencia ante una acusación. Brujas, herejes, negros, judíos y demás perseguidos, oprimidos y esclavizados padecieron esta forma de humillación y castigo hasta tiempos muy recientes. La mecánica era muy sencilla y el acusado no tenía que demostrar su inocencia mediante pruebas, coartadas, testimonios ni documentos: le bastaba con sobrevivir al tormento. Si después de unas sesiones de tortura, seguía entero, Dios había dictaminado que no era culpable. El tal Dios, por desgracia, no se prodigaba en absoluciones: el acusado era condenado en el momento mismo de la acusación, y los latigazos, el potro o la hoguera eran en realidad su pena.

La condena parece redactada antes del juicio, y aunque el acusado pueda volver libre a su casa, ha quedado destruido

Aunque ningún sistema judicial democrático incluye la ordalía en sus leyes de procesamiento criminal, la institución y el método no han desaparecido del todo de las sociedades occidentales. Al menos eso cree el escritor Eugenio Fuentes, que acaba de publicar La hoguera de los inocentes. Linchamientos, cazas de brujas y ordalías (Tusquets), un rico, inquietante y ameno ensayo que dispara al corazón del mundo actual, al que a veces parecen faltarle las hoces y las antorchas para devenir una de esas turbas medievales. Sobre todo, para quienes frecuentan las redes sociales. Aunque no solo. En la memoria española aún pesa el nombre de Dolores Vázquez, condenada en 2001 (en un juicio con jurado popular) por el asesinato de Rocío Wanninkhof y absuelta en 2003 tras encontrarse al verdadero asesino. No había redes sociales entonces, pero sí medios de comunicación que señalaron día y noche a Vázquez como la asesina. Una ordalía en el alba del siglo XXI.

"Es indudable que la investigación, cuando va acompañada de publicidad, se burla de la presunción de inocencia", escribe el filósofo francés Pascal Bruckner, citado por Fuentes. La condena parece redactada antes del juicio, y aunque la justicia acabe funcionando y el acusado pueda volver libre a su casa, ha quedado destruido. Ya nunca recuperará su reputación, su honor ni su autoestima. Y, para mucha gente, seguirá siendo culpable o, al menos, sospechoso.

La reflexión es urgente y necesaria. Eugenio Fuentes la plantea en un ensayo analizando las cazas de brujas descritas en obras literarias

En un momento en que se ha abierto en España el debate sobre el endurecimiento de las penas y la instauración de la cadena perpetua (pues no otra cosa es el eufemismo de prisión permanente revisable), y cuando el escándalo se azuza desde mil foros en los que el público parece sediento de vengar cualquier afrenta, ­real o imaginada, hay un peligro cierto de involución. La reflexión es urgente y necesaria. Eugenio Fuentes la plantea desde la literatura, analizando casos de ordalías y cazas de brujas en una serie de novelas, no porque no disponga de miles de historias reales, sino porque "los personajes de ficción nos ilustran sobre la ordalía con más claridad y precisión que los personajes reales, pues un expediente judicial se limita a las pruebas y dictamina cómo sucedieron los hechos, pero la literatura, además, analiza el contexto y las creencias e indaga en la laceración y el sufrimiento de las víctimas con mayor profundidad y detalle". Es el viejo mantra de cómo la literatura miente para contar mejor la verdad. Faulkner, Delibes, Harper Lee, Ian McEwan, Kadaré o la ineludible Margaret Atwood y su obra El cuento de la criada son algunos de los mejores narradores de persecuciones fanáticas ficticias. Tal vez sólo en apariencia.

Todo empieza con una de las ordalías más ignominiosas de la historia intelectual europea: la ejecución de Miguel Servet a manos de Calvino en Ginebra. Calvino fue un fanático religioso no muy distinto de los de hoy, que instauró un régimen de terror en la ciudad suiza, un tiempo y un espacio narrados magistralmente por Stefan Zweig en Castellio contra Calvino. La obra se publicó en 1936, cuando los nazis ya habían prohibido los libros de Zweig en Alemania y éste iba a emprender el exilio. Es por esto que el texto se ha leído más como alegoría del presente que le tocó vivir que como reconstrucción histórica de un pasado de intransigencia religiosa. Del mismo modo, Eugenio Fuentes lee la historia de Calvino y no puede evitar la analogía con la actualidad, y no precisamente recurriendo al Estado Islámico: "Al tiempo que condena sin juicio al adversario", escribe, refiriéndose a los torquemadas y calvinos que predican en las redes sociales, "se arroga en propiedad todas las virtudes en abstracto, de modo que ya no puede usarlas el ordalizado, las usurpa para sí y asume el papel de tronante guardián del género humano". El pasado, de nuevo, parece hablar del presente.

El escándalo se azuza desde mil foros en los que el público parece sediento de vengar cualquier afrenta, ­real o imaginada

Nos hemos acostumbrado a la distopía y al apocalipsis en la literatura y en el cine, pero ahora las profecías llegan en forma de no ficción. El ensayo de Eugenio Fuentes no es el único texto que, en los últimos tiempos, se preocupa por la fragilidad de la libertad y de las instituciones que la garantizan frente a la presión social de los nuevos predicadores de la virtud. La filósofa Marina Garcés, con su breve Nueva ilustración radical, o el periodista Juan Soto Ivars, con Arden las redes, son dos buenos ejemplos españoles recientes de una inquietud que crece entre los intelectuales.

Hasta ahora, sin embargo, parecen advertencias a contracorriente, que no hacen mella en los promotores de ninguna campaña ni en una industria cultural que prefiere quitarse de encima (y aceptar la condena) a los ordalizados antes que defender su presunción de inocencia.

Sergio del Molino es periodista y escritor, autor, entre otras obras, de La España vacía y La mirada de los peces.