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El legado de Ursula K. Le Guin, exploradora del espacio exterior e interior

La autora de ciencia-ficción fallecida abordó el feminismo, la sexualidad, la ecología

o la política mirando a otros mundos. Un libro recién publicado recoge sus reflexiones

Ursula K. Le Guin retratada en 1972.
Ursula K. Le Guin retratada en 1972. AP

La muerte de Ursula K. Le Guin a los 88 años el lunes en Portland, donde vivía y donde uno puede imaginar a su querido gato Pard mirando desconcertado por la ventana hacia los arces despojados de hojas, invita paradójicamente, desde la pena por la pérdida, a un reencuentro con una de las escritoras más excepcionales de nuestro tiempo. Una mujer que aprovechó el terreno de la fantasía y la ciencia- ficción para explorar temas como la organización de nuestra sociedad, la identidad de género, el racismo (dos de sus grandes personajes protagonistas son negros), el feminismo (en el que fue pionera) y lo que significa ser humano, colocándonos ante el espejo de la alteridad de otros mundos.

Le Guin (nacida en Berkeley, California, en 1929) fue una adelantada en introducir temas como la sexualidad, la etnología o la ecología en la literatura fantástica (en novelas señeras como La mano izquierda de la oscuridad o Los desposeídos), y lo hizo además con una capacidad sensacional para narrar en la que se unían una voz poderosa y una sensibilidad exquisita. Pocos creadores contemporáneos han sido capaces de alumbrar maravillas y ensoñaciones como Ursula K. Le Guin, ancladas sin embargo en las preocupaciones esenciales de la humanidad. Buena prueba de su espíritu avanzado e inquieto y de su mirada amplia es Contar es escuchar (The wave in the mind, en la edición en inglés), una selección de textos de diferentes épocas sobre la escritura, la lectura y la imaginación que acaba de publicar en España (en triste coincidencia) la editorial Círculo de Triza.

En esos variados escritos, como en su último libro, recién aparecido en EE UU, No time to spare, thinking about what matters, una selección de entradas de su interesantísimo blog (“la dirección de escape es hacia la libertad, así que ¿por qué es ‘escapismo’ una acusación”), Le Guin demuestra la amplitud de sus miras e intereses , su ingenio, su delicadeza y su perspicacia. Un buen complemento a la lectura de sus grandes novelas y una forma de adentrarse en las raíces y las claves de su creación. Escribe que su futuro, el de sus novelas, es muy diferente del de la ciencia-ficción clásica estadounidense. Pues no es un espacio vacío a conquistar, sino que ya está lleno y es “más viejo y más vasto que nuestro presente, y nosotros somos los alienígenas”.

"Mis obras", decía, "van y vienen por el misterioso límite que separa lo que consideramos real y lo que consideramos imaginario, explorando la zona fronteriza”.

En el volumen nos encontramos con su amor por las bibliotecas de Portland, su pasión por Virginia Woolf, lo que le gustaba leer en voz alta El Señor de los Anillos a sus tres hijos (consideraba el libro de Tolkien “la ficción imaginativa más grande escrita en inglés” ) o el recuerdo de los indios que frecuentaban la casa familiar en California (el padre de la escritora era Alfred Kroeber que fundó el departamento de Antropología en la universidad de Berkeley y enseñó durante toda su vida allí, y su madre, Theodora Kracaw Brown, fue la autora de dos libros inolvidables sobre Ishi, el último indio de la tribu yahi). También aparece en el libro, pleno de hermosas y agudas consideraciones sobre la lectura y la escritura, esta frase que resume magníficamente su obra: “Mis fantasías exploran el uso del poder como arte y su abuso como dominio; van y vienen por el misterioso límite que separa lo que consideramos real y lo que consideramos imaginario, explorando la zona fronteriza”.

Por supuesto, el feminismo y la reflexión sobre el género aparecen frecuentemente. Le Guin se identificaba como feminista , aunque hacia el final de su vida le parecía que la palabra había adquirido tantas interpretaciones conflictivas, incluso ignorantes u hostiles, decía, que la usaba raramente. Pero subrayaba: “Si una feminista es alguien que `piensa que el género es en gran medida una construcción social , y que nada justifica el dominio social de un género sobre otro, entonces soy feminista”.

Le Guin creció en un mundo, lo recuerda en Contar es escuchar, los años cuarenta, en que "el género no era un tema de debate. Los hombres eran hombres (dirigían algo o se ponían uniforme, en su mayoría), las mujeres eran mujeres (llevaban la casa o trabajaban en fábricas , en su mayoría)., y ahí acababa la cosa". A excepción "de unas pocas subversivas como Virginia Woofl, nadie cuestionaba en público las instituciones y los supuestos de la supremacía masculina”. No obstante ella rompería esquemas en 1969 con la publicación de La mano izquierda de la oscuridad, en la que con el pretexto de la estancia de un humano en un planeta de hermafroditas con posibilidad de ser hombre o mujer reflexionaba sobre la identidad de género.

Le Guin se las tuvo con una ciencia-ficción que era muy machista. Ayer corría por Internet la copia de una carta de 1987 de la autora a un editor negándose a colaborar en una antología de ciencia-ficción en la que todos los autores eran hombres.

Ursula K. Le Guin fue siempre también muy reivindicativa con la ficción fantástica que consideraba que era desdeñada en aras del “realismo modernista”. “La fantasía seria”, escribe, “se interna en regiones psíquicas que pueden ser un territorio muy extraño, un terreno peligroso, sitios en los que los psicólogos sabios se aventuran con cautela”. Animaba a dejar volar la imaginación y creer en dragones. “Los dragones son una de las verdades que nos definen. Quienes niegan su existencia a menudo acaban devorados por ellos. Desde dentro”.

Los huevos de Norman Mailer

En Cuerpo viejo que no escribe, uno de los textos de Contar es escuchar, Le Guin, afectada por haber sufrido una histerectomía, reflexiona sobre si hay diferencias, al escribir, entre encarnarse en un personaje masculino o femenino, y los prejuicios del reduccionismo sexual. Al respecto ironiza con Norman Mailer y su consideración de que "para escribir hay que tener huevos”. Y señala: “Si se quiere escribir como él, supongo que es cierto. Para mí, los huevos de un escritor son irrelevantes cuando no molestos. La acción no está en los huevos. Al hablar del centro del cuerpo no me refiero a los huevos, la polla, el coño ni el útero. El reduccionismo sexual es tan malo como el de cualquier otra clase. Tal vez peor”. Como se ve, por mucha sensibilidad y taoísmo, Le Guin era una mujer fuerte, sin pelos en la lengua.

En otro de los textos ofrece, con fina ironía, los resultados de su investigación sobre la desproporción entre los premios literarios recibidos por hombres o por mujeres.