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Al calor de la Guerra Fría

John Le Carré vuelve al mundo de 'El espía que surgió del frío' en su nueva e interesante novela, propensa a la fábula, las ensoñaciones y la fantasía erótica

El escritor John Le Carré, en 1963.rn
El escritor John Le Carré, en 1963.

Peter Guillam, espía jubilado, olvida en una granja francesa los años ingenuos de la juventud, cuando a las órdenes de maestros del engaño como George Smiley combatió heroicamente en la Guerra Fría, esa guerra mundial que ya nadie recuerda. Y entonces, en una fecha imprecisa del siglo XXI, Reino Unido, Estado al que sirvió, le pide cuentas a propósito de una operación contra la Stasi, la inteligencia de la República Democrática Alemana (RDA). La Operación Carambola (en el original, Windfall) fue uno de los montajes más sucios del espionaje británico: hacia 1962, en el recién construido muro de Berlín, cayeron un agente fiel y una inocente. Cuatro o cinco décadas más tarde, los hijos de los sacrificados exigen que el Estado y sus peones respondan ante la justicia de la muerte de sus padres.

La nueva novela de John Le Carré, El legado de los espías, vuelve al mundo de El espía que surgió del frío (1963), la mejor historia de espionaje que Graham Greene decía haber leído nunca (y es difícil no coincidir con él), un éxito literario y cinematográfico. David Corn­well, súbitamente millonario, pudo dejar su trabajo de espía para ser el escritor Le Carré. Había acabado con los héroes a lo James Bond y había revolucionado las novelas de espionaje. Se consagró como el cronista literario de la guerra entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Publicó obras maestras como El topo (1974) o Un espía perfecto (1986), la mejor novela inglesa posterior a 1945, según Philip Roth. Y demostró que se equivocaban quienes veían en el derrumbamiento de la Unión Soviética un presagio de la extinción del novelista Le Carré.

Tom Wolfe ha elogiado el instinto de Le Carré para captar el espíritu de los tiempos, atento siempre a la geopolítica de actualidad, a las sucesivas guerras más o menos encubiertas en distintos frentes internacionales, hasta la amenaza del extremismo islámico y su uso por las potencias occidentales (Una verdad delicada —2013—, su última novela antes de El legado de los espías). Terminada la Guerra Fría, la mirada de Le Carré cambió: dejó de fabular como un posible personaje de sus historias, un espía más, entre la duda moral y el automatismo del deber, y empezó a escribir novelas periodísticas, muchas veces próximas al artículo de opinión.

Pero nunca perdió el talento para percibir los síntomas del carácter de una época. En El legado de los espías, con Peter Guillam como narrador, Le Carré apunta a dos elementos significativos: los servicios secretos británicos tienen ahora su sede en “una grotesca fortaleza… escandalosamente ostentosa… una monstruosidad… parque temático del espionaje a orillas del Támesis”, la babilónica arquitectura de Terry Farrell, inaugurada en 1994, estrella en las últimas películas de James Bond y nueva imagen de un Estado más espectacular-popular que democrático. El segundo elemento, menos decorativo, sustancial para la trama de la novela, subraya el interés creciente del público en la investigación de los crímenes históricos del Estado.

Cuando Alec Leamas, el héroe de El espía que surgió del frío, comparaba a sus superiores con “clérigos sanguinarios” no andaba descaminado. Creía ir a Berlín para eliminar a Munt, un nacionalsocialista que ha llegado a la dirección operativa de la Stasi, y su misión era otra: liquidar al judío Fiedler, que, leal a la RDA, está a punto de descubrir que Munt es un topo al servicio de Gran Bretaña. El legado de los espías revela los secretos de la trampa a Leamas y rectifica la información que se daba en El espía que surgió del frío sobre el reclutamiento del criminal Munt como agente doble. Si en El espía… el origen de la traición de Munt había que buscarlo en Llamada para el muerto (1961), la primera novela de Le Carré, ahora encontramos en El legado… la revelación, quizá definitiva, de por qué Munt se vendió a los británicos.

Pero en el corazón de El legado… se esconde lo que Guillam nunca declarará ante nadie: su trágica historia de amor con una alemana que, espiando para Londres, tuvo que huir de Berlín. Esta aventura entre el amor y el espionaje es la razón de ser de El legado… y su nexo con El espía que surgió del frío: la verdad sobre el reclutamiento secretísimo de Munt, el malvado jefe de la Stasi. Pero mientras Guillam remueve el polvo de viejos expedientes, El legado… va pareciéndose a una ensoñación diurna en la que se mezclan distintas temporalidades, distintos mundos posibles, algo que suele suceder cuando se rememora lo que pasó hace mucho.

¿Qué edad tendría en el año 2000 el mítico George Smiley, funcionario de los servicios secretos desde 1928? Se conserva, como el octogenario Guillam, juvenilmente ágil y declara no haber combatido por el capitalismo, la cristiandad ni Inglaterra, sino por Europa: “Soy europeo”. Las jóvenes de 1960 ya practican la costumbre contemporánea de salir a correr por las mañanas. En el siglo XXI Guillam es hijo de un anglofrancés y una francesa, pero en El topo su madre era inglesa y su padre francés. A la sensación de ensoñación contribuyen alguna incoherencia y alguna inverosimilitud: de los informes de un espía alemán se borra el nombre de su principal colaboradora, pero no los del marido y el amante, altos funcionarios. El hijo sexagenario de Alec Leamas añade fantasía cinematográfica, con su nombre de monstruo de película expresionista, Christoph, y sus antecedentes de matón carcelario, traficante de oro, drogas y armas, y sus uñas sucias y sus anillos en siete dedos y su amenazante pistola Walther P38, la marca que usaba James Bond.

Pero precisamente esta propensión a la fábula o las ensoñaciones, incluso a la fantasía erótica, es lo que da interés y valor a El legado de los espías, una luz de reminiscencia, persuasiva invitación también a leer El espía que surgió del frío.

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Autor: John le Carré.

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