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Modos de esperanza

La primera entrega de 'Sobre los artistas' reúne los ensayos que el intelectual y pintor británico John Berger dedicó a creadores como El Bosco, Goya, Frans Hals y Courbet

John Berger en 2016.
John Berger en 2016.

Un modo de abordar la escritura de John Berger es compararlo con lo que fue Virginia Woolf para la literatura o Leonard Cohen para la música. Como narrador y fabulista, incluso como dibujante, el autor inglés buscó su propia identidad y la del mundo. Fue tremendamente original, un ser errante al que no le fueron suficientes sus 85 años (1926-2017) para concluir su odisea por el vasto reino de los museos. Entre Troya e Ítaca, Berger contempla Occidente y cómo se incendia el horizonte de su época, pero, al contrario que el ángel de Benjamin/Klee, al mirar atrás sólo ve el brillo entre las ruinas. El viaje es siempre el camino hacia los otros territorios de persuasión, donde se desarrolla el teatro alegórico de la humanidad.

Escritor anticlásico, el arte nunca fue para él il grande mondo, sino el de la política, y la pintura podía servir para intervenir en ella. Era su manera de confrontarse con un mundo que se acredita en la destrucción. Berger fue la voz dulce de la serenidad que escapa del nihilismo del infierno y que encuentra “las bolsas de resistencia” en El jardín de las delicias, de El Bosco. “La esperanza es una lente maravillosa. Nuestros ojos se acoplan a ella. Y con ella podemos analizar cualquier cosa”, nos dice frente al Retablo de Isen­heim, de Grünewald. Bajo su mirada, el naturalismo de Courbet en el Entierro en Ornans cobra la dimensión de los rinocerontes y mamuts de la cueva de Chauvet (30.000 a. C.) u otras formas animales recreadas por Velázquez y Brancusi. Porque “el arte no tuvo unos principios torpes”. En ese presente continuo se movía Berger, y la lectura de la primera entrega de sus artículos, que compila la editorial Gustavo Gili, produce ahora un efecto doppler, el flujo del agua que rodea a un cisne.

En Sobre los artistas, Berger compara la inmediatez de los retratos de El Fayum con la labor del tiempo sobre los rostros de Mantegna. La precisión de los cuchillos que desuellan el cuerpo del Marsias de Tiziano es precursora de Fontana y Saura. Y si se trata de ir al fondo de la herida, el humor puede curar la angustia de la escisión: lo vemos en su pieza teatral que fantasea con los momentos previos a la pintura de las majas de Goya: “Con tu consentimiento o sin él, Cayetana, puedo quitarte las ropas. Puedo dejarte en cueros con la misma facilidad con la que puedo pintarte. Aquí [se señala la cabeza] es donde aventajo a Velázquez”, le dice el pintor a su musa secreta.

La escena mundana del arte tiene un horizonte situacionista, como la famosa primera secuencia de la serie Ways of Seeing en la que el escritor aparece lacerando el lienzo de lo que parece ser la cabeza de la Venus (y Marte) de Botticelli: “El detalle se transforma y una figura alegórica se convierte en el retrato de una chica”.

Berger ve en la pintura el sentimiento de lo inacabado y de la fragmentación de lo real. Lo que le distingue de otros críticos o historiadores es su sensación de habitar un mundo enfermo pero no tan mísero y agotado como para no abrirse a la fantasía. Es entonces cuando se inventa la existencia de un cuadro perdido de Frans Hals que representa a una mujer desnuda —¿prostituta, amante, su propia hija?— sobre una cama deshecha. El ovillo de sábanas, su piel sonrosada y el vello púbico son una muestra elocuente de lo que ha sucedido en aquel lecho. El rostro inesperado de la mujer, su sonrisa burlona, compensan el presumible fracaso de toda gran obra de arte.

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Autor: John Berger.

Editorial: Editorial Gustavo Gili (2017).

Formato: tapa blanda ( 328 páginas).

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