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Memoria individual, memoria colectiva

En sus modos de narración, en su puesta en escena, en su tipo de fotografía, la película se ha quedado antigua antes de nacer

Pasaje de vida
Chino Darín y Carla Quevedo, en 'Pasaje de vida'.

PASAJE DE VIDA

Dirección: Diego Corsini.

Intérpretes: Chino Darín, Miguel Ángel Solá, Javier Godino, Silvia Abascal, Carla Quevedo.

Género: drama. Argentina, 2015.

Duración: 110 minutos.

La idea de reunir en un relato la pérdida de la memoria de un ser humano —por amnesia, por alzhéimer— con la necesidad de recuperar la memoria perdida de un grupo humano, de un colectivo —un país, una raza, un credo— es casi un clásico de las intrigas psicológicas. El secreto individual trasciende a su propio interior, para acabar alcanzando no solo a los que le rodean, casi siempre sus familiares, sino también a las nuevas generaciones de una sociedad que o ha decidido olvidar o está en trance de hacerlo, ya sea por iniciativa propia o por inducción de sus mayores.

En Argentina, la memoria de la represión ha venido unida políticamente a los indultos realizados por Carlos Menem y a las posteriores Leyes de Punto Final y Obediencia Debida, promulgadas durante la presidencia de Raúl Alfonsín, y aunque en Pasaje de vida, segundo largometraje como director del habitual productor Diego Corsini, nunca se verbalice la idea de pasar página, pulula a lo largo de un relato que se ve con cierto interés, pero que arrastra una sombra aún más grande que la de los recuerdos de su protagonista: en sus modos de narración, en su puesta en escena, en su tipo de fotografía y, sobre todo, en la forma de abarcar ambos conceptos, el de la memoria individual y el de la colectiva, la película se ha quedado antigua antes de nacer, como si fuera un trabajo de hace 20 años. Así, no son pocos los paralelismos, por ejemplo, con Sé quién eres, película española del año 2000, dirigida por Patricia Ferreira, y que quizá no por casualidad también tenía al siempre excelente Miguel Ángel Solá como protagonista del olvido.

Narrada en dos tiempos, la actualidad y aquellos salvajes días de la dictadura militar, con los resistentes Montoneros intentando hacer frente a la barbarie, Pasaje de vida habla del deliberado extravío de una persona durante años a causa de la tragedia, y de los desperfectos causados en la sensibilidad interior de un hijo, en muchos sentidos, abandonado. Quizá lo mejor de una película donde los pasajes del pasado resultan demasiado retóricos, pero que al menos apunta ese implícito matiz, tan importante en algunas grandes películas de Sidney Lumet —Daniel, Un lugar en ninguna parte—: ¿quién paga las pasiones y compromisos de los padres? Un hecho que, por otro lado, confirma la deriva remedadora de una obra ya vista, y mejor mostrada, muchas otras veces.