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La pulcritud de lo terrible

Lo que cuenta es terrorífico, pero su visualización deja la película en una aseada versión de algo que ya habíamos visto

'El secreto de los Marrowbone'
Los cinco chavales protagonistas de 'El secreto de los Marrowbone'.

EL SECRETO DE MARROWBONE

Dirección: Sergio G. Sánchez.

Intérpretes: George MacKay, Anya Taylor-Joy, Mia Goth, Charlie Heaton.

Género: terror. España, 2017.

Duración: 109 minutos.

Sergio G. Sánchez comenzó a despuntar en el panorama del cortometraje español hace ahora 17 años con 7337, estupenda pieza de terror con aspiraciones de fabulación gótica, que sirvió de germen dramático para un posterior guion convertido en descomunal éxito: El orfanato, dirigida por su compañero de generación J. A. Bayona, y que bebía tanto de aquel corto como de la tradición británica de fantasmas, a la que también se había agarrado poco antes el Alejandro Amenábar de Los otros.

La carrera posterior de Sánchez como guionista ha seguido apegada a la de Bayona con el libreto de la aún más exitosa Lo imposible, pero también con un camino propio como profesional de la escritura, de adaptador con toque para seguir conectando con el público, vía Palmeras en la nieve. Un recorrido que culmina por fin con su obra de debut en la dirección: El secreto de Marrowbone, inequívocamente Sánchez, terror gótico ambientado en EE UU, con tantos paralelismos con El orfanato como con Los otros, entre ellos las normas de actuación en una casa que ejerce al mismo tiempo de hogar y de cárcel, y un soterrado universo infantil que enlaza con los crueles cuentos infantiles clásicos.

Acompañado de buena parte de los profesionales de la producción y de la creación que llevaron a El orfanato hasta el triunfo, Sánchez ha compuesto una película inequívocamente pulcra, pero quizá demasiado limpia para la historia que ha decidido contar. Asentada en un terror casi más social que fantasmal, Marrowbone sólo asusta con los estallidos de música y parte de un error de base: la representación del mal en su estado más puro nunca inquieta ni perturba; ni en el periódico, ni en sus apariciones como vivo o como muerto. Lo que cuenta es terrible, pero su visualización, ya sea por un error de casting, de escritura o de puesta escena, incluso de las tres cosas a la vez, deja la película en una aseada versión de algo que ya habíamos visto.

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