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Todos rieron el chiste

En Hollywood sabían de los abusos de Harvey Weinstein, pero lo estaban pasando de puta madre bajo el paraguas protector del capo

FOTO: El periodista y abogado Ronan Farrow, en Filadelfia en 2015. / VÍDEO: La academia de Hollywood expulsa a Weinstein.

Cuando leí el reportaje de la revista The New Yorker sobre la historia de abusos perpetrados por Harvey Weinstein, no reparé en quién era el autor de la pieza. Pero a fuerza de entrar en la página, que se va renovando según se van acumulando los testimonios, caí en la cuenta de que se trataba de Ronan Farrow, hijo de Mia y de Woody, aunque asombrosamente parecido a Frank (Sinatra). La firma no altera la objetividad del contenido, desde luego, pero indica que a este joven brillante le afecta hondamente el asunto de los abusos sexuales y no va a dejar escapar historia alguna que se le presente. Los abusos, en concreto, en el mundo del show business y aledaños. No oculta el ya popular comunicador el trauma que supuso para él, aún niño, la investigación criminal que se abrió contra su padre, Woody Allen, por los supuestos abusos a su hermana Dylan. A Allen se le consideró no culpable, puesto que los hechos no se probaron, pero sobre el cineasta planea desde entonces la sombra de una duda que su hijo trata de reavivar siempre que puede, puesto que considera, así lo suele expresar, que la industria y la prensa han tendido a comprender y arropar los comportamientos ilícitos de los genios o de los hombres poderosos.

Es significativo que sea él, dolido siempre por el poco crédito que se le dio al testimonio de su hermana y del papel de desequilibrada que se le atribuyó a su madre, quien se pasara casi un año ganándose la confianza de esas actrices que en los primeros pasos de sus carreras se vieron bajo las zarpas del abusador Weinstein. Para colmo, parece inaudito que a Woody Allen, tan asesorado por sus abogados en aquellos días de la ruptura más sonada del cine, nadie le insinuara que sus palabras del otro día sobre este asunto sonaban extrañamente comprensivas hacia el abusador. Dijo Allen que lo sentía por las mujeres afectadas y también por la trayectoria arruinada del productor, dando la impresión de no entender que unas son las víctimas y el otro el perpetrador de su desdicha.

De cualquier manera, algún día, cuando este rosario de reacciones en cadena cese, uno de esos grandes periodistas de la prensa americana hará recuento no solo de los delitos del productor, de la sordidez de unos métodos de caza con los que paralizaba a la presas y las privaba de su voluntad, sino de la tolerancia con que el mundo del cine observaba esos actos y los archivaba cínicamente como inevitables daños colaterales. Así lo ha acabado reconociendo Tarantino, así lo ha dicho brutal y valiente el guionista Scott Rosenberg: “Joder, pues claro que lo sabíamos” (We fucking knew). Lo sabían, dice, pero lo estaban pasando de puta madre bajo el paraguas protector del capo, que les aseguraba buenas promociones, algunos oscars, fiestas memorables y un sitio en una industria en la que casi todo el mundo está condenado al fracaso.

Esta es una vieja historia. Por hilar más fino: esta es la historia más vieja del show business. En los viejos musicales de Broadway aún sigue vivo el personaje del productor, un tipo burdo que fuma puros de gran tamaño y al que se le supone derecho de pernada sobre las coristas a las que promete convertir en vedetes. Este argumento, que podría ser ilustrado con las canciones de La calle 42 y que creíamos tópico o superado una vez que tuvimos noticia de cómo habían sido las vidas de todas las Marilyn Monroe que la industria despedazó, ha vuelto a desempolvarse. Pero las escenas ya no tienen el encanto burbujeante de las chicas de revista que tan afinadamente describió Dorothy Parker, son mucho más sórdidas: un tipo de físico amenazante y empalmado recibe a las actrices en albornoz y les exige que no sean ingenuas: ¡eso lo hacen todas!

Eso, vamos a reconocerlo, es lo que está en la concepción inconsciente que se tiene de esas mujeres guapas que habrán de mostrar de una manera u otra su intimidad en pantalla: que están ahí para ser usadas, que su belleza las convierte en consentidoras. No ha faltado quien insinúe que si ocultaran sus encantos, si fueran menos provocativas, si no subieran a la habitación del jefazo, no se habrían encontrado en tan enojosa situación. La mayoría de ellas rondaba los veinte años. Piénsenlo bien, veinte años.

Allen cerró sus declaraciones alertando sobre una posible caza de brujas a hombres inocentes. ¿Por qué no le dio por pensar que tal vez la mejor consecuencia de esta historia fatal sea que deje de tolerarse el abuso de poder? Los actores son ganado, decía Hitchcock. Seguramente se estaba refiriendo a las actrices, pero no se atrevió a ser tan explícito. Estos días se ha recordado el chiste de Seth MacFarlane en la lectura de las candidaturas a los Oscar cuando al presentar a las cinco actrices nominadas dijo: “Enhorabuena a estas cinco damas que ya no tienen que seguir fingiendo que les gusta Harvey Weinstein”. Lo que podía parecer una broma pesada, ahora suena como un chiste imperdonable que rieron todos. Y no tenía ni puta gracia.