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Darwin estaba equivocado

Xavier Gens ha compuesto una aventura de terror tan aseada como impersonal, que se atasca un tanto en el núcleo central de la historia

La piel fria
Una imagen de 'La piel fría'.

LA PIEL FRÍA

Dirección: Xavier Gens.

Intérpretes: David Oakes, Ray Stevenson, Aura Garrido, John Benfield.

Género: fantástico. España, 2017.

Duración: 101 minutos.

Cuando el protagonista de La piel fría, adaptación cinematográfica de la exitosa novela de Albert Sánchez Piñol, llega al apartado faro en medio del fin del mundo donde debe ejercer de oficial atmosférico durante un tiempo determinado, saca de la maleta unos libros y los coloca con temple, orden y pasión en una rústica estantería de su nuevo universo vital: son las obras completas de R. L. Stevenson y El infierno de Dante. El director, por mediación de su personaje, parece estar colocando su bandera estilística y referencial. Sin embargo, conforme avanza el relato, hay que ir rebajando las expectativas. Hay aventuras marinas y hay algún apunte a los pecados capitales inmersos en la primera de las tres cánticas de La Divina Comedia. Pero a la película le falta trascendencia para que finalmente aquella sea su bandera: por el tratamiento de los personajes, por la visualización de lo diabólico, por la pulcritud del conjunto.

El francés Xavier Gens, al que se le van a juntar dos trabajos en la cartelera española, porque a la producción hispanofrancesa La piel fría se le unirá la británica The crucifixion a principios de noviembre, ha compuesto una aventura de terror tan aseada como impersonal, que se atasca un tanto en el núcleo central de la historia con una sucesión de repetitivos ataques de esas criaturas contendientes de Darwin, que parecen tener tanto de anfibios y reptiles como de seres humanos. Una variante de las películas de asedio que se articula a través del fantástico, a la que nunca se le adivinan las necesarias vibraciones del alma. La piel fría pocas veces inquieta y mucho menos perturba. Se agradece la voluntad de aventura adulta, pero la suma de aditamentos formales de notable elegancia ―el diseño de producción de Gil Parrondo, último trabajo de un grande; la banda sonora de Víctor Reyes― no confluye en una complejidad tonal que desquicie a la platea tanto como a sus antihéroes.

Se desaprovecha la oportunidad de desarrollar visualmente la perversión de la fornicación entre especies, y tampoco se incide demasiado en la terrible historia de amor ni, aún menos, en las posibilidades metafóricas de las barreras hacia los Otros, hacia los diferentes, hacia los desconocidos que acechan. Gens apuntaba a Stevenson y a Dante y se queda en una atildada serie B del fantástico del nuevo milenio, una isla del doctor Moreau fina y aparentemente impecable, que no acaba de ser una experiencia que desafíe a la lógica.

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