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Torremolinos, el bazar de aladino

El escritor Alfredo Taján ha recreado el viaje del pueblo al mito

John Lennon en el aeropuerto de Málaga, en 1966.
John Lennon en el aeropuerto de Málaga, en 1966. EFE

No hay nada más perturbador que lo inclasificable. Así define el arquitecto Salvador Moreno Peralta el pueblo de cubismo blanco y azul tenso por el que “entró una forma socialmente homologable de ser europeos”. Un Torremolinos sobre cuyo viaje de pueblo a mito ha recreado el escritor Alfredo Taján una preciosa edición de libro de Litoral, el barco impreso capitaneado por Lorenzo Saval, para recordarnos que aquel corazón de la Costa del Sol —que Fraga Iribarne convirtió en cartel turístico del 73— fue mucho más: “una ciudad-balneario, refugio de un nomadismo cosmopolita y hotel de hoteles con dimensiones acristaladas en el que todos los narcisos podían observarse, y ser observados”. El prefacio con el que el autor de la novela Pez Espada abre un espléndido álbum con más de cuarenta firmas que pasan revista a las tres décadas (de los sesenta a finales de los ochenta) de un paraíso de estrellas de cine, millonarios de rebeldía hippie, pintores y novelistas en éxtasis (James A. Michener, Lars Pranger, Freddy Caston, Juan Goytisolo o Ángel Palomino), con rebalaje de sirenas suecas, y suecas que resultaron ser suecos. Habitantes y huéspedes de una inspiración al alcance de un hedonismo ávido de experiencias y donde cualquier género de piel o de arte tenía su canción de nuit, su embriaguez de vida y su beso descapotable.

Torremolinos, el bazar de aladino

Torremolinos fue un referente en la renovación social, cultural y sexual de los españoles, como afirma Tecla Lumbreras en un artículo sobre la innovadora arquitectura Relax de los años setenta, con su mejor exponente en el Hotel Espada –el Savoy malagueño- que albergó el cinemascope de Ava Gardner, Raquel Welch, Kirk Douglas, Frank Sinatra, y Sofía Loren caminando sobre las amebas del suelo del hotel como si tocase al piano una melodía con sensualidad en curva. En sus salones, en los de Santa Clara, en el Miami, donde Lola Medina bailaba en el espejo de su pequeño tablao como una reina gitana de naipe, era fácil encontrarse a princesas destronadas por el desamor, y a seductores del Grand Tour, rodeados de ángeles rubios, que te invitaban a seguir la fiesta en la discoteca Lali Lali, en Tiffany´s, El Jaleo o la casita del Bajondillo de El hombre que bailaba sobre el volcán. Todos eran escenarios del eslogan sun, sea, sex, las tres eses tatuadas como delfines saltarines en los hombros y bíceps de una hermosa naturaleza humana de parejas, tríos, full de copas y transexuales, como Coccinelle o Amanda Lear, que vivían lo privado en público. De día recorrían la calle San Miguel donde un gato con collar de diamantes se paseaba por el escaparate de la joyería de Frank Rebaxes, escultor heterodoxo de óvulos ying-yang y cintas de Möebius; después consumían las horas de pita, espeto y sol, y a la noche consumaban la aventura apurando el descorche en El Mañana. Nunca dormían los hoteles. Tampoco cerraba el reino de las piscinas ni la arena de mar al borde de los naufragios. Torremolinos era el cóctel Dorian Grey de una eterna juventud que nadie se quería perder.

Nada falta en las 243 páginas —ilustradas con fondos de Torremolinos chic, ese maravilloso portal kitsch de José Luis Cabrera y Lutz Petry— de este viejo Eldorado que resistió las redadas policiales del franquismo a cambio de divisas, por el que corren Jaguars E-Type y Sports coupé y se escucha la música de The Kinks, Los Ángeles, Marino Marini, Juliette Greco, los inicios de Javier Ojeda en danza en Hardy´s, y el flamenco de madera y aire del Carrete, Mariquilla y Mario Maya. Duendes de aquel gran bazar de Aladino varado a proa entre la alta cultura y la cultura del pueblo, y en cuya cubierta posaron un instante de eternidad John Lennon, Thomas Bernhard, el bello melancólico Lord Willoughby y aquella Gala de senos delacroix de la que escribe Estrella de Diego. Tal vez con ellos dos, la musa y el patricio, y con George Langworthy, pionero del turismo con El Castillo del Inglés, empezó la modernidad de este lugar-no lugar donde resiste abierto el Drugstore noche y día de su kilómetro cero.

Hace tiempo que envejecieron los night clubs y que el nombre de Gatsby no convoca la barra libre hasta el amanecer. Pero de aquellos días y brindis nos queda la literatura, y de la vida su relato. Suficiente para amar lo que fue.

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