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Por el electrolatino hacia Dios

La afortunada localización del Campamento La Brújula amplifica la fuerza del material de partida

El artista multidisciplinar Martín Sastre debutó en el cine con Miss Tacuarembó (2010), musical de sustrato camp donde un parque temático a mayor gloria del Mesías –Cristo Park, inspirado en el muy real Tierra Santa de Buenos Aires- era escenario de la autoafirmación de una joven para quien le fe cristiana y las canciones de Flashdance (1983) eran dos formas complementarias de una misma necesidad de elevación. Es probable que la película dejara cierta huella en Javier Calvo y Javier Ambrossi que, con parecidos mimbres, construyeron su obra teatral La llamada, en la que dos adolescentes, unidas por el electrolatino, viven simultáneas experiencias transformadoras –una vinculada con la fe; la otra con lo afectivo- en un campamento religioso visitado por un Dios que canta a Whitney Houston.

La llamada

Dirección: Javier Calvo y Javier Ambrossi.

Intérpretes: Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo.

Género: musical.

España, 2017

Duración: 90 minutos.

Planteado como un musical de bolsillo, La llamada también vivió su particular experiencia trascendente, convirtiéndose en fenómeno de largo recorrido que, en el momento del estreno de esta luminosa adaptación cinematográfica, ya ha alcanzado sus cuatro años en cartel. No hubo nada sobrenatural en el proceso: el montaje derrochaba carisma y una energía purísima por los cuatro costados, sustentado por personajes cuidadosamente construidos, diálogos vivísimos y un reparto que se entregaba a cada representación como si fuera la última fiesta. La distancia con Miss Tacuarembó también era palpable: La llamada tenía menos malicia postmoderna, más candor, casi el espíritu de un musical de parroquia. Una elección que permite celebrar que no haya ni un trazo de resabiado cinismo a la hora de contar esta historia que no subestima a ninguno de sus personajes.

En la película, la afortunada localización del Campamento La Brújula amplifica la fuerza del material de partida. Hay nuevos –y muy afortunados- personajes (la cocinera, el instalador de tirolinas), soluciones inéditas (el montaje paralelo entre posiciones de baile latino y posiciones de oración) y un reparto impecable –presidido por una Gracia Olayo, cuya Sor Bernarda pide a gritos un Goya- al que solo le ha faltado que, en momentos puntuales –como el número country and western Estoy alegre-, la puesta en escena bailara con la misma energía que sus cuerpos.