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Los ‘hippies’ dieron paso a las tecnológicas

San Francisco celebra el 50 aniversario del estallido del movimiento de la contracultura

Asistentes a un concierto en San Francisco en agosto de 1967. Ampliar foto
Asistentes a un concierto en San Francisco en agosto de 1967. AP

Mary Riley y su gemela Frances eran entonces dos niñas de Palo Alto, uno de los pueblos que rodean San Francisco. Su muy liberal educación tenía una profesora adicional, improvisada e inesperada. De cuando en cuando, aparecía una cantante local, Joan Baez, y sacaba a los críos de clase para cantar bajo un árbol con su guitarra. Eran tiempos de cambio, era lo que se vivía en la zona tras el Verano del Amor. Su madre, que murió el pasado verano, era una maestra de su colegio, el Peninsula School, hoy centenario y todavía innovador. Ella les hizo vivir, siendo niñas, un verano que marcó su vida.

Hace 50 años el cruce entre las calles Haight y Ashbury cobró un significado diferente. Hoy es uno de los puntos turísticos obligados. Entonces, el lugar de concentración de más de 75.000 activistas del amor libre, el consumo de drogas con fin recreativo y la paz. En la orilla del Pacífico, estaban ya hartos de ver llegar ataúdes de Vietnam. Ahí empezó el movimiento de protesta, de contracultura, de crítica contra una incipiente sociedad de consumo.

Y comenzó a sonar de manera constante una canción, de The Mamas and the Papas, “San Francisco (Be sure to wear flowers in your hair)”. Se estrenó el 13 de mayo, en julio llegó al número cuatro en Billboard. Todo el país supo que en la ciudad de la Bahía comenzaban los aires de cambio.

Ha pasado medio siglo y la ciudad mantiene el trazado, el escenario y un buen puñado de hippies que viven por voluntad propia repartidos entre Buena Vista Park y el Golden Gate Park, pero la esencia no es la misma salvo en pequeños círculos, como los de las hermanas Riley. En las diferentes oleadas tecnológicas, la ciudad ha ido cambiando y perdiendo esta esencia. Mary y Frances son rara avis, dos animales de colección. Extrañas autóctonas en un mundo invadido por los yupis del .com y las aplicaciones móviles. La primera gestiona una colección de cine, celuloide, en blanco y negro, que paró el reloj en los años cuarenta. La otra forma parte del departamento de antropología de Berkeley. Apenas viven a 30 kilómetros del lugar donde nacieron, pero San Francisco, su San Francisco en la memoria que se fraguó en aquel verano ya no se parece tanto.

La nueva fiebre del oro ha ido empañando el recuerdo en casi toda la urbe, salvo en el cruce de calles donde empezó todo. Ahí, en una tienda de ropa de segunda mano, Love on Haight, solo suena Grateful Dead, otro mito local. A pocos metros, Amoeba, una tienda de discos vive un nuevo revivir con el auge del vinilo. Cada tarde, en el escenario de esta nave actúa un grupo del barrio. En el segundo piso un consultorio dispensa cannabis previa compra de licencia. En una puerta pequeñita un médico pasa consulta para comprobar que sí, que en efecto, el paciente necesita relajarse y calmar el dolor. Una fórmula legal para poder comprar y consumir marihuana en California.

Hasta el 20 de agosto, el Museo De Young ofrece una exposición especial, conmemorativa del evento. Los turistas compran camisetas y libros de fotos, con el ánimo de llevar consigo un recuerdo de juventud.

Para sorpresa de todos los que han pasado por San Francisco en los meses de junio, julio o agosto, en 1967 se dio una extraña circunstancia. No hizo frío. Fue un verano relativamente cálido.

Con montones de estudiantes sin renovar la matrícula para el nuevo curso y algunos muertos por sobredosis, llegado el otoño, decidieron poner fin al sueño con un funeral. El 6 de octubre, en el parque Buena Vista, al ponerse el sol, celebraron la muerte del hippie. Y la vuelta a la relativa normalidad de San Francisco.

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