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CENTENARIO DE DOS MAESTROS LATINOAMERICANOS

Roa Bastos y Rulfo: las dos caras del exilio

Nacidos en 1917, los dos escritores desvelaron el territorio de sus historias rurales y anónimas con un lenguaje florecido de hallazgos y una audacia que mana del Siglo de Oro pero también de Faulkner

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos en 1989, año en que ganó el premio Cervantes.
El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos en 1989, año en que ganó el premio Cervantes.

Se cumplieron recientemente cien años del nacimiento de Juan Rulfo, ese mexicano socarrón, callado y universal que después de escribir un puñado de cuentos y una novela —El llano en llamas y Pedro Páramo, respectivamente— decidió emprender un discreto viaje hacia el fondo de sí mismo y afincarse en el exilio interior, en esa penumbra fresca que era como la antesala desde donde contemplaba los fastos y oropeles que originaban sus obras. Probablemente haría esto último con perplejidad, como dicen quienes lo trataron, pues era hombre de acusada modestia, poco sensible a las turbulencias de la fama y el ditirambo. Porque a partir del instante en que vieron la luz sus dos breves obras, complementarias en estilo y potencia, chisporrotearon como fuegos de artificio las referencias, los estudios, las críticas, las sucesivas ediciones y las traducciones a innumerables idiomas: nunca antes trescientas páginas escasas sirvieron para conformar un corpus narrativo que sesenta años después sigue siendo celebrado por la crítica y por los lectores que se acercan al universo rulfiano.

¿Qué pasó después con Juan Rulfo? Que publicó El Gallo de Oro, en 1980, a escasos seis años de su muerte. Pero esta novela, que sirvió para que García Márquez y Carlos Fuentes elaboraran un guión cinematográfico, fue escrita entre 1956 y 1958, es decir, poco después de que aparecieran los cuentos de El llano en llamas y el inquietante y fantasmal pueblo de Comala de Pedro Páramo, publicados entre 1953 y 1955. Rulfo terminó —o agotó— su quehacer literario en una década y a partir de allí se pasó el tiempo explicando que la muerte de su tío Celerino, que era quien le contaba las historias que él volcaba después en el papel, le había hecho imposible continuar escribiendo. Una manera como cualquier otra de retirarse discreta y elegantemente hacia su exilio interior, probablemente harto de ser deslumbrado por el fogonazo continuo de la fama, cuando lo que él deseaba era la tranquilidad reflexiva en la que había vivido hasta entonces. Y el Gallo de Oro se incorporó discretamente, orbital y periclitada casi desde su nacimiento, al conjunto de su obra, cuando él ya había izado anclas y partía hacia un tranquilo retiro narrativo.

Pero otro centenario —si acaso más callado— se cumplió el mes pasado y nos remite a un escritor cuya obra es considerada, como la del propio Rulfo, audaz, ambiciosa y rupturista con las formas tradicionales y habituales de la literatura hasta ese momento. Se trata de Augusto Roa Bastos, el paraguayo autor de Yo el Supremo (1974), la novela del poder omnímodo y brutal que ha sido la parábola de todos los excesos dictatoriales de Hispanoamérica que a tantos y tantos condenó al silencio o al exilio.

El escritor mexicano Juan Rulfo, en el aeropuerto de Madrid-Barajas, en 1983.
El escritor mexicano Juan Rulfo, en el aeropuerto de Madrid-Barajas, en 1983.

Porque a diferencia de Rulfo, Roa Bastos no decidió su exilio.Lo exiliaron. La dictadura de Stroessner en 1947 lo obligó a partir a la Argentina, donde viviría casi treinta años hasta que la llegada al poder del general Videla, en 1976, inauguró una de las más sórdidas y bestiales dictaduras hispanoamericanas. Zarpó entonces a Francia, a una estancia teñida de melancolía. El desarraigo, la inconformidad, los apuros económicos, la añoranza de un hombre comprometido con su sociedad y su tiempo, todo eso lo cuenta Roa en El Fiscal (1993), la novela que clausura su trilogía política empezada con Hijo de Hombre (1960) y continuada con Yo el Supremo, novelas todas con un firme y cervantino empeño de testimonio y redención, de laberinto y enajenación, de mixtura idiomática y mestizaje cultural.

Pero si a la hora de narrar, en Rulfo todo resulta esencial y casi austero, en Roa late una épica de la desmesura (no siempre lograda); si para el mexicano el mundo de los muertos redime al de los vivos, en el mundo de Roa apenas hay resquicios para la vida. Uno se encargó de la crítica sutil al sistema y otro a la denuncia abierta del mismo. Rulfo y Roa decidieron pues desvelar el hermoso territorio de sus historias rurales y anónimas, históricas y atemporales, con un lenguaje florecido de hallazgos y una audacia que mana del Siglo de Oro pero también de Faulkner —quizá el verdadero patriarca, la mamá grande de todo el Boom—. Tanto Roa como Rulfo nos ofrecieron el paisaje convulso de una América en constante desgarro que se ensimisma o se exilia una y otra vez.

Uno decidió replegar velas tempranamente y confinarse en un universo más íntimo, y el otro vivió el desarraigo prácticamente hasta su muerte. Ambos, sin embargo, pertenecen a la misma estirpe de escritores devorados por el fuego de su literatura. Los dos siguieron caminos a simple vista antagónicos, pero lo cierto es que entre esos dos extremos, oscilando entre el repliegue y el destierro, sus respectivos exilios constituyen una gran metáfora de ese territorio en perpetua tensión que sigue siendo Hispanoamérica.

Jorge Eduardo Benavides es escritor peruano, autor de El enigma del convento (Alfaguara, 2014).