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La corrupción búlgara

El drama, con palos para todos los sectores de su país, los de arriba y los de abajo, evita el trazo grueso con un demoledor desenlace

'Un minuto de gloria'
Stefan Denolyubov, protagonista de 'Un minuto de gloria'.

UN MINUTO DE GLORIA

Dirección: Kristina Gorzeva, Petar Balchanov.

Intérpretes: Margita Gosheva, Stefan Denolyubov, Milko Lazarov, Kitodar Todorov.

Género: drama. Bulgaria, 2016.

Duración: 101 minutos.

Al contrario de lo que ocurre con su vecina Rumanía, que ha vivido una última década de esplendor cinematográfico gracias a una generación de poderosos narradores sociales, Bulgaria apenas ha traspasado fronteras más allá de un puñado de obras puntuales que se pueden contar con los dedos de una mano. Y sobran dedos. De hecho, a España solo han llegado dos producciones búlgaras en los últimos años, ambas de la pareja de directores formada por Kristina Gorzeva y Petar Balchanov, y ambas con evidente interés dramático. Dos reflexiones en forma de parábola sobre los dolores contemporáneos del país, que mantienen las señas de identidad formal del Nuevo Cine Rumano, y dejan la sensación de que, en tiempos complicados por la crisis económica y la campante corrupción, hay voces artísticas que denuncian el estado de las cosas.

La primera, La lección, de 2014, era el retrato de una mujer honesta. Una película con evidentes paralelismos burocráticos y de negrura con el Plácido de Berlanga, que mostraba un país atestado de corrupción, crueldad, ineptitud y vaguería. En cambio, Un minuto de gloria, de 2016, la segunda, y a pesar de estar protagonizada por la misma actriz, la excelente Margita Gosheva, es su bestial reverso: el retrato de una mujer despiadada. Narrada, como la nueva ola rumana, como el habitual cine de los Dardenne y sus seguidores, con versátil agilidad, cámara al hombro e hiperrealista concepción de los sonidos ambientes, la nueva película de Gorzeva y Balchanov se acerca a la figura de la directora de comunicación del Ministerio de Transportes, una arpía que hace y deshace a su antojo tanto en su lugar de trabajo como en su matrimonio, mientras pretende, con fastidiosa desidia, quedarse embarazada gracias a un tratamiento de reproducción asistida.

La otra cara de la moneda social búlgara lo representa un modesto guardavías que, un mal día, encuentra una maleta caída de algún tren con una pila de billetes, y decide devolverla al Ministerio. Como en Un millón en la basura (José María Forqué, 1967), de nuevo un paralelismo con el cine de la España de la dictadura, el pobre hombre, honrado, responsable, tartamudo y con aspecto de mendigo, comienza un vía crucis existencial y práctico en el que, al igual que en La lección, no deja de asomar un áspero humor negro.

De ritmo implacable a pesar de su aparente reiteración de situaciones, Un minuto de gloria amenaza en algún momento con convertirse en una poco plausible odisea entre villanos y héroes, en la que apenas parece haber gama de grises y únicamente tonos de blancos y de negros, pero en su parte final, con palos para todos los sectores, los de arriba y los de abajo, evita el trazo grueso con un demoledor desenlace. El ideal para un decente grano de arena en medio del desierto de la iniquidad.