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ARTES Y OFICIOS | CARMEN CALVO. ARTISTA

“Yo no me callo”

Nació en Valencia, en 1950 y es premio Nacional de Artes Plásticas de 2013

Carmen Calvo, en la galería Fernández-Braso de Madrid.
Carmen Calvo, en la galería Fernández-Braso de Madrid.

No quiere ir de artista, pero es una de las grandes. Detesta la pedantería, pero su obra dialoga con la historia de la pintura. Dice no saber enseñar, pero escucharla es sumergirse en la mente genial de una creadora genuina. Posee una expresividad muy cómica, pero exige la consideración que el tiempo y el talento le han concedido. Su obra es admirable, aunque también cómo ha recorrido el camino. Se expresa con la valentía de quien lleva luchando por su libertad toda la vida.

-A mis padres les hubiera gustado que yo fuera una chica formal, claro, que me casara… Lo típico de su mentalidad. Pero yo un día le dije a mi madre, mira, yo ya tengo un guion de mi vida y esto es lo que voy a hacer. Y ella, a pesar de sus convicciones, me dejó respirar.

-Mis padres se conocieron trabajando en San Sebastián para aquella aristocracia de los años 30. Luego, en guerra, viajaron a Valencia en un camión de la CNT. Ese es mi origen y me gusta honrar esa memoria, pero no en plan necrofilia sino porque es necesaria. Fueron a Valencia porque había huerta y se comía. Es una generación que ha padecido tanto... Fueron tan ejemplares, tan trabajadores. Todavía hay un remolino de cosas que tenemos que saber de ellos. Cuando me hablan de lo importante que son para mí los objetos pienso, perdona, es que lo he visto en mi madre. No es nostalgia, es reciclaje. Todo se reutilizaba, de la comida a la ropa. Y yo quiero hablar de los objetos y el tiempo.

-Mis padres fueron porteros en la calle del Turia, 45, que es donde nací yo. La vivienda estaba arriba y daba al Jardín Botánico. Estaba ese ambiente vegetal que te envolvía, el sonido de las campanas… Con el tiempo me he dado cuenta de que he acabado en un estudio paralelo a mi paraíso de la infancia, qué cosas.

-Está feo que yo lo diga pero siempre fui espabilada, sobre todo en el dibujo. Me decían, “¡Calvo, a la pizarra!”, y yo dibujaba lo que me pidieran. Todos los niños tienen facilidad para algo y ese don hay que fomentarlo. Es la suerte que tuve yo en mi infancia, ni más ni menos.

-La gente imagina que cuando coloco muñecas en mis cuadros es en recuerdo de las mías. Pues no. Yo jamás tuve muñecos. La cuestión es que a través de un objeto puedes expresar historias actuales. El objeto es algo vivo y el artista lo ve.

-Pero yo no voy de artista. Es que tampoco sé cuánto más voy a estar en este tinglado. Yo, cuando me aburra, se acabó.

-Nunca he pensado en metas. A los 14 años empecé en Artes y Oficios. Yo siempre me he querido escapar. Me vine a Madrid a los 33 años con la beca Velázquez, pero yo me hubiera escapado mucho antes. Además, Fernando Vijande me hizo un contrato con su galería. Madrid era alucinante, era un open the window y ya había una flota de artistas pululando.

-En Bellas Artes me aburría tanto que lo dejé. Era muy casposo. Es como la Academia de Bellas Artes, también me aburre, y no quiero tener el papel de Pepito Grillo en una institución. Yo es que necesito tiempo para trabajar. Me alegro de estar porque somos muy pocas mujeres y por la gente que ha apostado por mí, pero cualquier día devuelvo el cordón.

-Ser afortunada es dedicarte a lo que te gusta. Sé que hay gente que me envidia por haber elegido, aunque elegir es asumir un gran riesgo.

-A mí me decían “la moderna”. El otro día fui a la universidad y me vi en una foto enorme de los 80. Tenía pinta de ponerme de todo. Y sí, era igual de libre por dentro.

-Después de Madrid fui a París con una beca pobretona y me quedé nueve años. Nunca me dio miedo enfrentarme sola a la vida. Claro, si yo tuviera una pareja como han tenido muchos hombres, alguien que me llevara las cosas, sería maravilloso. Pero yo soy mi obrera, mi secretaria, mi chica para todo.

-No sé cómo me ven los demás pero yo he hecho lo que me ha dado la gana. Porque además en mi juventud eso es lo que tocaba, era la época. Pero era duro. No quiero contar batallitas, pero la gente ahora no se hace a la idea. No se imagina lo que era ir a comprar anticonceptivos a la farmacia.

-Han llegado a decirme que por lo que reflejan mis cuadros yo debía haber tenido una infancia traumática. Y yo, para nada, fui una niña súper feliz. Lo que yo hago es una mirada sobre el mundo. Ay, es que a las mujeres enseguida nos hacen una lectura biográfica: “Esta saca muñecas y niños porque ha sufrido y le daban palizas”. Pues mira, va a ser que no. Por Dios, hay que aprender a mirar, a observar, a no tragarse todo lo maligno que sale en la tele y quedarse tan frescos.

-Para mí el objeto es una manera de pintar. Los objetos tienen vida. Yo cojo trastería de todas partes, de la basura o del Rastrell. Hasta mi ropa es vintage. Ahora nada dura, todo hay que cambiarlo continuamente, del teléfono al horno. Yo he perdido el mando de la tele, y para qué lo quiero, si solo veo La 2. Ah, eso no quiere decir que no me gusten las cosas bonitas; si pudiera elegir, iría de Christian Dior.

-De usar tanto las manos no tengo huellas, podría planear un asesinato y no me pillarían. Aunque, ya ves, soy incapaz de matar un mosquito.

-Yo no sé si soy artista, no me pongo en un plano diferente del resto de la humanidad, pero cuidado, que nadie me falte el respeto porque ya tengo una edad que te arreo una que sales volando. Me ha costado mucho tener mi sitio, y me sigue costando. Una cosa es que yo sea graciosa y coloquial, que suelte una parrafada ingeniosa, y otra que por eso se me mire con condescendencia. En este oficio hay mucho estirado. Que les den.

-Que con 67 años no me pueda jubilar porque hay una ley asesina tiene delito. A ningún artista le dejan jubilarse. Y tú has pagado como cualquiera. Lo cuentas y la gente te mira raro. Estas cosas son las que llevan a un país a la ruina. Hay mucho futbolero, mucho estúpido, mucho estirado que ni son lectores ni aficionados, que desprecian la cultura. Pero, perdóname, la cultura es necesaria. Causa rechazo, así es, porque hay quien dice, “mira esta, con cuatro cosas ahí pegadicas”. Pues mire, estudie algo de historia del arte primero y así sabrá qué ha pasado para llegar hasta aquí. En fin. Es muy duro. Y no es que yo me quiera jubilar, a mí no me van a desterrar, pero esta ley debe cambiar. Y no, yo no me callo.

-Para mí es Goya el que rompe con todo, el más moderno. Y cómo son los títulos de Goya. Yo he vuelto a los títulos, estaba harta de los típicos títulos conceptuales.

-Siento que hay una regresión, que estamos retrocediendo en el terreno conquistado. La ley del aborto, por ejemplo, yo no he abortado pero el otro día hubo manifestación que yo pensaba, pero qué dicen. Cada uno decide en su cuerpo. Yo soy soltera, pero no una tía Tula, y aún noto cómo se meten en mi vida. Siempre hay quien te controla, cuando no es la sexualidad es que no tienes pareja. Eso lo he sufrido. Esta generación debe mantener lo que se consiguió. El aborto, mira, yo no lo considero un crimen. Un crimen es traer a alguien al mundo que no va a tener opción de nada. ¿Cómo se consigue tener opciones? Con cultura y educación.

-Me jode que me digan señora, pero qué quiero, si tengo 67.

-No me gusta enseñar las cosas hasta que no las veo acabadas, como Bonard, nunca veo acabado nada. Pero necesito la opinión de los amigos, porque en este oficio estás muy sola. Llegas al lienzo en blanco y comienza el ritual: miro las plantas, me tomo el café, enchufo Radio Clásica, mareo la perdiz, hasta que yuuuuu, viene la idea. Y tengo al pobre Tonet, mi perro, pero ya no puede andar hasta el estudio porque está muy viejo. Una amiga con posibles le ha regalado un papa-móvil para que lo pueda llevar, pero oye, no hay manera, lo subes y se tira en marcha. Lo echo de menos. Mira, la instalación que hice en la torre árabe en el barrio del Carmen era porque pasaba con mi Tonet andando todos los días. Fue cuando me dieron el Nacional. Colgué de la torre una pancarta enorme con un armario que me costeé con el premio. Ahí está. En Valencia no le hicieron mucho caso.

-No sabemos tener un patrimonio. Dime tú qué hace España si no fomenta la cultura. En Valencia hemos destrozado la huerta, la artesanía, la seda, la cerámica. Estamos expoliados. Que aquellos personajes vayan a la cárcel para estar con más privilegio que uno que ha robado en una mobylette de qué sirve, ¡que devuelvan el dinero!

-Algo ha cambiado ahora, aunque algunos no lo vean. Nos dejaron la ciudad sin dinero, ya no te digo los museos. Soy hija de pobres emigrantes que fueron a Valencia porque allí se podía comer. Es un crimen que se haya perdido la agricultura y la artesanía. Es muy difícil salir de la ruina en la que nos dejaron.

-Cuando viajo porque expongo fuera, les digo a mis objetos, no os mováis, que ya mismo vuelvo. Interrumpo la rutina y luego tengo que luchar por recuperarla. Pero me gusta volver. Soy feliz en mi estudio. Viendo cómo muchos grandes hicieron su obra en una pocilga yo me siento una privilegiada.

-Cuando a diario echo el cierre de la paraeta siento que todos mis objetos se ponen a vivir. Percibes el rumor al otro lado de la puerta.

-Vengo de la época en que las niñas teníamos que ser correctas, no decir, no hacer, el perdón por delante, la sumisión. Pues a la mierda. Ahora digo, oye, todos al mismo nivel, ¡eh! Por debajo de los señores porque sí, no. Ay, con la edad me he dado cuenta de que la amabilidad la tienes que tener con los que se portan bien, pero ser amable de entrada para que te digan, “mira qué simpática”: ¡Error!

La veo marchar con su maleta camino de vuelta a su estudio valenciano. Moderna, sí, teatrera, también. Artista de los pies a la cabeza. Su cuerpo entero lo va diciendo.

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