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La manipulación de la naturaleza

Nacida como documental sobre las águilas en Los Alpes, fue convertida más tarde en ficción, con el añadido de una historia tan sencilla que solo resulta simple

Manuel Camacho, en 'Hermanos del viento'.

HERMANOS DEL VIENTO

Dirección: Gerardo Olivares, Otmar Penker.

Intérpretes: Jean Reno, Manuel Camacho, Tobias Moretti, Eva Kuen.

Género: drama. Austria, 2015.

Duración: 96 minutos.

En los documentales de naturaleza, la utilización en los instantes cumbre del lenguaje cinematográfico, del montaje y de los planos de apoyo, suele enturbiar el franco devenir del plano en continuidad, la emoción del instante, la verdad de la vida y de la muerte capturadas en directo. Es entonces cuando el espectador elucubra sobre la posibilidad de que le estén dando gato por liebre, de que las tomas y las situaciones estén provocadas por los responsables de la película, de la manipulación del espacio y del tiempo.

Por todo esto quizá sea más sincero, aunque no por ello más brillante, lo que han compuesto el austriaco Otmar Penker y el español Gerardo Olivares en Hermanos del viento, fusión entre documental de naturaleza y fábula de ficción, alrededor de la lucha por la vida, que nunca intenta eludir su composición artificial, aunque esté asentada en tomas aparentemente genuinas de acoso y derribo entre especies en el entorno de las montañas. Pero no es así: se trata de animales amaestrados, acostumbrados incluso a las cámaras de cine.

Nacida como documental sobre las águilas en Los Alpes, y convertida más tarde en ficción, con el añadido de una historia tan sencilla que solo resulta simple, apoyada en el mito de Caín y Abel, la relación de un padre hosco y severo con su hijo, y la de ambos con un guardabosques, la película entra de lleno en el estilo de Olivares, documentalista antes que director de ficción que, sin embargo, nunca ha dejado de reunir en sus historias los valores centrados en la naturaleza y la filmación de sus latidos congénitos. Con Hermanos del viento, eso sí, acaba notándose demasiado que el relato es un postizo sin fuerza dramática ni interés humano. Un cóctel preciosista y melifluo, de muy esporádicas tomas de innegable belleza, demasiado empeñado en agradar a toda la familia.

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