Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

La voladura incontrolada de David Carr

El periodista relató en sus memorias, que ahora se publican en español, cómo salió de las drogas y llegó a investigarse a sí mismo para alcanzar la cima del periodismo

El periodista David Carr, retratado en julio de 2008.
El periodista David Carr, retratado en julio de 2008. afp

En el año 2004, David Carr, periodista del diario The New York Times, inició una investigación que se prolongó tres años. Realizó sesenta entrevistas y almacenó cientos de expedientes médicos, documentos legales e informaciones publicadas; contrató reporteros para que buscasen en el fondo de los archivos el último rastro del hombre sobre el que quería escribir.

Ese hombre era él mismo: reportero y columnista de prestigio, casado y con tres hijos, que llevaba una vida acomodada y viajaba por el mundo dando conferencias. Pero necesitaba ayuda (“Todos recordamos las partes del pasado que nos permiten afrontar el futuro”, decía) porque su pasado no conectaba con su presente. Su primera mujer, a la que pegó en varias ocasiones, rompió aguas mientras los dos fumaban crack, vivieron en una casa en las que se sucedían tales fiestas de vodka y cocaína que los invitados se iban incómodos al ver a bebés en medio, había vendido drogas y su mejor amigo acabó apuntándole con una pistola. ¿O quizás fue él el que apuntaba? Su relato de 500 páginas es sobre quién tenía esa pistola. Sobre lo que él recuerda, lo que le contaron y la distancia de ambas cosas a lo que realmente sucedió.

La noche de la pistola (Libros del KO, traducción del inglés al español de María Luisa Rodríguez Tapia) es el libro que el hermano de David Carr pensó que nunca iba a leer porque “nadie va a creer que esto le pasó a una sola persona”. Para un periodista tan obsesivo con los hechos, escribir su vida era el mayor reto (“La historia parece bastante fantástica e irreal”, reconoce él mismo). Hay en ella tal rosario de adicciones, mudanzas, novias, empleos, periódicos, amigos, peleas, detenciones y recaídas (la última ya inmerso en el libro) que convertirlo en un relato veraz necesitó no sólo de una profunda desconfianza hacia su memoria averiada por las drogas, sino de la necesidad de aferrarse a un lúcido mecanismo según el cual, obviando a Dostoievski (“El hombre está obligado a mentirse sobre sí mismo”), tenía que revivir un relato resistiendo la tentación de construirlo para poder comprenderlo. 

Inteligente y soberbio

Pero aquí está Carr, al fin. El incómodo periodista del NYT que escribía de medios de comunicación con la tradicional inteligencia y soberbia de un timesman viajó durante dos años al pasado para que los demás, aquellos con los que compartió vida, redacciones y cocaína, le contasen qué había ocurrido. De esta forma, descubre que uno de los mayores traficantes de la ciudad, Minneapolis, vivía sinceramente preocupado por su estilo de vida (“El bienestar de las niñas, aquella casa era un infierno”), y que su amigo Ralph, un obrero que manejaba un enorme camión con asfalto ardiente que había que repartir a paladas, estaba más sensibilizado por el trabajo de Carr que Carr por el suyo: “Venías por la mañana para tomarte un café, que te hacía muchísima falta, tenías mierda en la corbata, en la camisa, el aliento te olía a vómito de tal forma que era difícil hablar contigo desde el otro extremo de la habitación. Te decía: 'Joder, David, ¿no te vas a limpiar?'. Y tú contestabas: “No, tengo que irme, tengo que irme”. Ese Ralph aporta algo que Carr de alguna forma sabía pero nunca había podido explicar: “Cuando vi a mi hija me convertí en las demás personas de mi vida. Me convertí en mis exesposas. Desde dentro de ellas pensé: ‘Es horrible estar casada con un drogadicto”.

Carr se rehabilitó, su carrera despegó y en 2011 su fama fue global gracias a un documental, Page One, que retrata un año en la vida de The New York Times. Allí se exhibe como la estrella que era, un columnista de tradición anglosajona que daba exclusivas en sus piezas y perseguía la información en un mundo, el de los medios y la revolución digital, cuyos sobresaltos debía de recordarle de alguna manera su pasado, cuando no había un día igual a otro. “Tenía”, escribió el periodista Marc Bassets en EL PAÍS, “la voz ronca de un pirata, los andares desgarbados de un Quijote y la mirada inquisitiva de Sherlock Holmes”. Una definición que hizo para su obituario: Carr murió fulminado en la redacción de su periódico en 2015. Lo hizo un jueves por la noche, en pleno invierno, a los 58 años. Había sobrevivido al cáncer, a la cocaína y trataba de rehabilitarse de su adicción al alcohol; había vuelto de moderar un debate sobre Citizenfour, el documental sobre Edward Snowden (a quien entrevistó), y en la sala de prensa del Times, de regreso, se desplomó. Fue encontrado allí antes de las nueve de la noche. 

El apoyo de sus hijas

Había llegado a la cima de su profesión tras tumbar a todos sus diablos, labor para la que contó con la colaboración de sus gemelas, las niñas nacidas de su relación con Anna, la traficante que abastecía a las élites de Minneapolis gracias a su conexión con los colombianos y que terminó, tras conocer a Carr, más enganchada que él y sin la custodia (“Mucha gente me pregunta cómo me las arreglé siendo padre soltero. No me las arreglé”). Sin el lastre de la droga, Carr explora su talento. “Asaltaste la profesión”, le dijo años después un colega de periódico. “Fue un ataque en toda regla. No hay otra forma de calificarlo. Tu ambición, tu energía y todos tus pasos estaban calibrados con sumo cuidado. No lo pareces, pero eres muy ambicioso”. “Hubo muchas situaciones profesionales incómodas al principio, cuando intentaba recuperar mi fama después de una caída muy pública”, reconoce Carr.

“La gente normal, los que no son borrachos o drogadictos...”

Además de ser un ejercicio periodístico marca de la casa, las memorias de Carr están llenas de reflexiones sobre la adicción y su desplazamiento al lado oscuro desde una óptica privilegiada, la del analista agudo sin compasión que utilizaba las herramientas de su columna en The New York Times, Media Equation, en su propia vida.

“La gente normal”, escribe, “los que no son borrachos ni drogadictos, cuando beben demasiado tienen una resaca espantosa y deciden no volver a hacerlo. Y no lo hacen. Un adicto decide que ha habido algún problema con su técnica o las proporciones. ‘Demasiada coca, o demasiado poca. Fue la ginebra, a partir de ahora solo alcohol pardo. Y agua, me olvidé de beber agua. O quizá fue la falta de comida. La próxima vez que quiera tomarme unos chupitos con el estómago vacío a las tres de la tarde, me pediré un sándwich de queso a la plancha, eso lo cambiará todo”.

El libro La noche de la pistola ha sido uno de los más demandados en la caseta de Libros de KO de la Feria del Libro, que concluyó ayer, pero no estará distribuido en librerías españolas hasta la próxima semana.

“En aquellos primeros años de mi vuelta al periodismo me dediqué a informar sobre los medios de comunicación y otras cuestiones. Mis historias políticas eran salvajes y malhumoradas”, escribe en La noche de la pistola, publicado en inglés en 2008, un libro que no se entiende precisamente sin su ambición y que saldrá en su edición en español el próximo 19 de junio: hacer de unas confesiones turbadoras, que lastiman la reputación de su autor a veces de forma irremediable, un best seller. “Le di las gracias y me fui” es la frase final del libro, casi un obituario de sí mismo.