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OPINIÓN

La Argentina que podremos ser

Gran parte de los argentinos que hoy tienen cincuenta años podrán contar que sus padres los llevaron de la mano al teatro a reir con Les Luthiers

Les Luthiers en Madrid en septiembre de 2012.
Les Luthiers en Madrid en septiembre de 2012.

Hubo un tiempo en que en la Argentina se podían leer los libros prohibidos en España. En esos años, en Buenos Aires, vivían muchos exiliados españoles, antes que los argentinos llegaran a Madrid y Barcelona, huyendo de sus propios dictadores. Por entonces, en Buenos Aires había hippies, y comunistas, y divorciados y anticonceptivos y, mucho, muchísimo psicoanálisis, un debate político altisonante y cultísimo, un cine que estaba a punto de destacarse en el escenario mundial, se escribía la mejor literatura, y todo eso era una gran novedad. Ese torbellino tenía relación con el surgimiento de una nueva clase media urbana, neurótica, potente, incorfomista, cada vez más desprejuiciada y un tanto presumida, integrada por los hijos de los inmigrantes, muchos de ellos ya profesionales universitarios. De esos polvos surgieron experiencias fantásicas, algunas de las cuales trascendieron el tiempo y el espacio: actores como Hector Alterio, personajes de historieta como Mafalda y, naturalmente, esa maravilla llamada Les Luthiers.

Gran parte de los argentinos que hoy tienen cincuenta años podrán contar que sus padres los llevaron de la mano al teatro a reir con Les Luthiers, y luego llevaron de la mano a sus hijos. Es que son insoportablemente graciosos. Y guionistas, clowns, actores, bailarines, músicos, cantantes, directores, todo junto al mejor de los niveles.

Pero tal vez haya algo más.

En los cincuenta años de existencia de Les Luthiers, la Argentina atravesó una dictadura atroz, una guerra loca, se degradó socialmente, dejó de ser el país de la esperanza para tropezar una y otra vez con sus propios fantasmas, y, finalmente, ha sido dominada por dueños de la verdad. En el medio de todo esto, Les Luthiers representa otra cosa: un lenguaje sutil, sofisticado, la sencilla idea de que el humor --reirnos de nosotros mismos-- nos puede salvar, la suavidad, el trabajo en equipo, el cariño por los tropezones que casi nunca son caída. En un país agitado por vendavales, se mantuvieron en pie sin perder, nunca, el estilo, ni el talento.

Tal vez no lo sepan, pero si hubiera dos Argentinas, ellos son parte de la que quisiéramos ser, o de la que no pudimos ser. O de la Argentina que podremos ser algún día.

Quién dice.

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