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Impresentable homenaje a un clásico

Ni rastro de la sutileza de Ozu ni de su depuración estilística ni de sus ejercicios elípticos ni de su humanismo

Fotograma de la película.

MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO

Dirección: Yôji Yamada.

Intérpretes: Satoshi Tsumabaki, Yû Aoi, Yui Natsukawa, Kazuo Yoshiyuki.

Género: comedia. Japón, 2016.

Duración: 108 minutos.

El título, la ambientación, la filiación de los personajes y los grandes temas de Maravillosa familia de Tokio, nueva película del veterano director japonés Yoji Yamada, remiten directamente a la obra de un extraordinario cineasta clásico. Pero el tratamiento es tan pedestre que, durante buena parte de la película, vislumbrando qué decir en una crítica ante semejante dislate, el que esto escribe se había propuesto algo así como no pronunciar el nombre de dios en vano: no cometer el sacrilegio de hablar de un artista tan enorme en un texto de una película tan ínfima.

Sin embargo, en los últimos diez minutos de película, el homenaje, la referencia o lo que sea que ha intentado Yamada se hace explícito. Por si aún no había quedado claro, a pesar de la distancia en calidad, el abuelo protagonista se pone a ver en la televisión Cuentos de Tokio. Blanco y en botella. Así que no hay más remedio: el director al que Yamada (mal) imita, homenajea o vaya usted a saber es Yasujiro Ozu. Ahí están los grandes temas y subtextos de su cine: el análisis de la destrucción del núcleo familiar, el paso del tiempo, que debilita las pasiones, la modificación de las condiciones de vida, la conciencia de un mundo tradicional que se desvanece. Eso sí, ni rastro de su sutileza ni de su depuración estilística ni de sus ejercicios elípticos ni de su humanismo.

Yamada, de 85 años, y con 85 películas en su larga trayectoria, cuyo cine ha llegado a España con cuentagotas y solo en su etapa final, ya homenajeó con mejor fortuna a Akira Kurosawa en El ocaso del samurái (2002) y en La espada oculta (2004). Incluso al propio Ozu, en la algo más lograda Una familia de Tokio (2013), cuyos personajes recupera ahora. Sin embargo, como en su Amar en tiempos revueltos japonés, la también decepcionante La casa del tejado rojo (2014), Yamada muestra una vez más una puesta en escena de añeja comedia de situación televisiva, con música y montaje enfatizados hasta lo risible, y un desarrollo temático enervante.

¿Una familia de Tokio maravillosa? No, sobre todo si la mayoría de sus personajes son tan insoportables. No imperfectos, humanos o ambiguos, sino indefendibles. Comenzando por su anciano patriarca, un machista rancio al que finalmente Yamada indulta con un desenlace penoso. ¿Ozu? Más bien un destilado barato. Para comparar Cuentos de Tokio con esto, mejor sería hacerlo con La ciudad no es para mí, de Pedro Lazaga, con Paco Martínez Soria, que al fin y al cabo también trataba los mismos temas.

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