La Bienal de Venecia entona una oda al poder transformador del arte

La cita ofrece una cara más esperanzada y menos política que en anteriores ediciones

'Stand Quiet and Look Out Over the Mediterranean Sea', instalación del artista austriaco Erwin Wurm en la Bienal de Venecia.
'Stand Quiet and Look Out Over the Mediterranean Sea', instalación del artista austriaco Erwin Wurm en la Bienal de Venecia.VINCENZO PINTO / AFP

“En este mundo nuestro, tan lleno de conflictos, el arte sirve de testigo de aquello que nos hace humanos. Es el lugar definitivo para la reflexión, la expresión individual, la libertad y la formulación de las preguntas fundamentales”. ¿Suena un tanto naíf? Es el texto que recibe a los visitantes de Viva Arte Viva,la exposición general de la 57ª Bienal de Venecia, que se reparte entre el pabellón central de I Giardini y el antiguo Arsenal de la ciudad.

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Lo ha escrito su comisaria, la francesa Christine Macel. Conservadora del Pompidou, ha escogido a 120 artistas de, literalmente, todas partes del mundo y los ha dividido en nueve pabellones transnacionales para distinguirlos de los espacios que gestionan los países como verdaderas embajadas artísticas en dura competencia por ofrecer la mejor imagen posible y, de paso, llevarse alguno de los premios.

Viva Arte Viva se divide así en el pabellón de los libros y los artistas, en el de los chamanes, el del tiempo y el infinito, los dolores y los gozos, el de los colores, el de las tradiciones y hasta el de la tierra. Macel ha pretendido una celebración del papel de los creadores en la sociedad y le ha salido una defensa sin complejos de lo que algunos llamarían buenismo y otros, pensamiento positivo, que buena falta nos hace.

Hay en su propuesta mucho de sentido comunitario, de elevación del tricotado a una de las bellas artes y de defensa de las manualidades, de lo provisional y lo nómada. Y poco, aparentemente, de la dictadura del comisario como figura central del arte de las últimas décadas. Aunque luego no sea tan así. Macel ha intervenido en la selección con mano dura y sin demasiadas concesiones: la mayor parte de los convocados son autores jóvenes, de fuera del circuito establecido.

Hay polacos, sirios, chilenos, noruegos, argentinos, españoles, japoneses, eslovenos e incluso inuit. Hay vivos y muertos, mucho trabajo en equipo y abundantes descubrimientos. Y también alguna que otra estrella, como Philippe Parreno, Franz West u Olafur Eliasson, que ayer supervisaba a un grupo de “solicitantes de asilo, refugiados y miembros del público” en el proyecto Green Light, en que los participantes fabrican lámparas de luz verde mientras reciben consejo legal o clases de idiomas.

Si es cierto que el trabajo de un comisario en la bienal debe consistir en ofrecer una foto fija del arte en el tiempo preciso (los años impares) en que se celebra, entonces Macel lee un presente mucho más esperanzado y menos político que su predecesor, Okwui Enwezor, que echó mano en 2015 de la dialéctica marxista con resultados algo sombríos.

De España al reino de los nómadas

El comisario Manuel Segade y el artista Jordi Colomer, representantes de España en la Bienal de Venecia, atendían ayer a los visitantes a las puertas del pabellón nacional, cuya estructura han parcelado para la ocasión. Una bandera apátrida y un montón de modelos de hojalata de bloques de pisos tomados de la realidad desarrollista, "modernidad vernacular española", según Segade, sirven de preludio a la instalación, titulada ¡Únete! Join Us!

La pieza consiste en una sucesión de vídeos de ficción colocados a lo largo de los espacios con escenografía teatral y rodados en Atenas, Nashville, Barcelona, Sitges y un cementerio de autocaravanas en el Ampurdán. Han contado para ello con la participación de tres mujeres: la actriz Laura Weissmahr, la compositora y cantante Lydia Lunch y la bailarina Anita Deb. Estas, entre el dadaísmo y el comportamiento gregario, van sirviendo reflexiones sobre los espacios públicos y “el nomadismo como acción colectiva” y síntoma inevitable de un presente de refugiados y desplazados.

Y tal vez tenga la comisaria razones para el optimismo. En un primer paseo por la bienal, que abrió ayer sus puertas por adelantado a un madrugador grupo de periodistas, críticos, directores de museos, artistas y galeristas antes de permitir el sábado la entrada el público (hasta el 26 de noviembre), se pudo comprobar que en algunos temas coinciden la exposición general y un programa de los pabellones nacionales en el que, como es lógico, hay de todo. Y eso incluye la propuesta del austriaco, en el que Erwin Wurm ha puesto un camión de ocho ruedas de pie y pide al público que haga de estatua un minuto; la del estadounidense, al que se llega tras franquear una entrada rodeada por la basura a la obra de Mark Bradford, pintor negro que dibuja una América fea y asfixiante; o la del japonés, donde uno puede asomar la cabeza en mitad de un “bosque invertido”.

Se da en esta edición una curiosa casualidad. Una sucesión de pabellones reflexionan con brillantez sobre la misma idea del pabellón nacional, al fondo a la derecha de I Giardini, donde están los espacios fijos de los 30 países que se apuntaron a la bienal en los años treinta y cuarenta (los demás se reparten como pueden por el resto de la ciudad). En ellos, se pone en cuestión tanto el sentido mismo del sistema de representación nacional como sus implicaciones en un plano bastante más explícito.

El de Canadá, por ejemplo, es una ruina a la que, mientras espera ser remodelada antes de 2018, le ha salido una fuga de agua con forma de géiser con la firma del artista Geoffrey Farmer. En el de Alemania, la joven Anne Imhof eleva el suelo del edificio, igual que sucede en el de Brasil, para albergar sus performances. Y si el suizo fantasea con la eterna renuncia de Giacometti a representar a su país en estas olimpiadas del arte, Francia ha convertido el suyo en un estudio de grabación obra de Xabier Veilhan por el que desfilará una impresionante lista de músicos experimentales escogidos por el artista Christian Marclay (León de Oro en la bienal de 2013 por su obra The Clock). “Todo el material que se genere será para que dispongan de él como deseen los intérpretes”, explicaba Marclay ayer con aire de paseante despistado.

Por lo demás, Venecia luce estos días como acostumbra en tales ocasiones: tomada por los turistas, con yates multimillonarios atracados frente a las exposiciones, la inabarcable cantidad de actos paralelos a la bienal que se celebran en palazzos y fundaciones y su ración de famosos en busca, tal vez, de todo eso que decíamos que la comisaria Macel espera del arte.

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