La radicalidad del cuento

Arrieta, perro verde del underground y de la experimentación audiovisual, aunque con una obra muy corta, ha compuesto una visión que aúna la cotidianidad y la fantasía

Que en estos tiempos de grandilocuente retorno cinematográfico al cuento clásico, de exagerado y un tanto hortera barroquismo formal y hasta publicitario, un septuagenario como Adolfo Arrieta haga una película tan radical como Bella durmiente parece una exquisita provocación. Pero, más allá de eso, el acercamiento del veterano artista español afincado en Francia al universo de la fábula, llevándola en cierto sentido a la actualidad, está más cerca de la añeja vanguardia, valga el oxímoron, que de la verdadera aportación artística contemporánea.

Arrieta, perro verde del underground y de la experimentación audiovisual desde hace más de 50 años, aunque con una obra muy corta, y al que diversas instituciones culturales españolas y francesas han dedicado elogios, proyectos y ciclos, ha compuesto una visión del cuento de La bella durmiente que aúna la cotidianidad y la fantasía, bifurcando su película en dos segmentos en paralelo. Eso sí, una cotidianidad pasada por el tamiz de la extrema conciencia de la representación, con los intérpretes poniendo caras de distanciamiento emocional bressoniano, y una fantasía que se pretende más poética que narrativa.

El resultado es una película inclasificable y desde luego insobornable, con ciertos aspectos de poderosa comicidad crítica (esos príncipes contemporáneos con polos pijos de Ralph Lauren y adictos al smartphone), aunque con una puesta en escena (esos espantosos planos frontales en las conversaciones), y un tratamiento de luz y de color (fotografía levemente quemada y velada por las esquinas), que puede que algunos califiquen de sencillos y delicados, pero que en realidad solo resultan pedestres. Y aunque a lo largo de su carrera se le haya comparado no pocas veces con Jean Cocteau, lo que volverá a repetirse con esta Bella durmiente, Arrieta nunca se acerca en su nuevo salto mortal a la imaginería visual del autor de La bella y la bestia (1946).

Así que no es difícil ver en la imagen que abre la película una cierta metáfora de todo el conjunto. En ella, el príncipe protagonista, empeñado en convertirse en estrella del rock, toca una batería con gesto de tipo interesante y guiños de expresiva genialidad. Pero toca fatal, no hay ritmo ni técnica ni brillantez. Sólo aspavientos pomposos de estar haciendo algo grande.

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