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La suerte del violinista

El Estado natal de Zimmermann recupera para el artista alemán el Stradivarius que hace dos años le arrebató un banco

Frank Peter Zimmermann con un Stradivarius, en el concierto que ofreció el 25 de febrero en el Auditorio Nacional de Madrid.
Frank Peter Zimmermann con un Stradivarius, en el concierto que ofreció el 25 de febrero en el Auditorio Nacional de Madrid.

Frank Peter Zimmermann todavía recuerda el dolor que sintió justo hace dos años. “Fue como si me quitaran la voz”, relata el violinista en su camerino del Auditorio Nacional con la cara todavía congestionada tras su concierto. No es un asunto del que le guste hablar al solista alemán. Vive con ese gran pesar desde que se separó de su Lady Inchiquin,el Stradivarius de 1711 con el que llevaba tocando más de una década.

El West LB, la misma caja de ahorros alemana que lo compró para prestárselo, se lo reclamó de vuelta cuando la crisis hundió la entidad. El violinista trató de llegar a un acuerdo de compra pero las negociaciones terminaron sin él. Lo que quedaba del West LB, en sus días gloriosos el tercer banco más grande del país, se iba a vender al mejor postor (colección de arte y Stradivarius incluido). La voz de Zimmermann se apagó a la espera de protagonizar una gran subasta en Nueva York.

En esa ciudad precisamente empezó la pesadilla del violinista. Allí aterrizó en febrero de 2015 sin su Lady Inchiquin. Tuvieron que prestarle un instrumento con el que tocar el concierto para violín de Jean Sibelius, una obra que durante muchos años estuvo guardada en un cajón por deseo expreso de su compositor. El destino había encerrado esta vez al Stradivarius del solista en la cámara acorazada de un banco.

En Estados Unidos estaba también parte de la causa de la separación; allí se generaron todas esas hipotecas basura con las que se habían atiborrado los bancos alemanes. Un episodio que retrata muy bien el libro La gran apuesta, de Michael Lewis (Debate):

—“¿Quién es el idiota que compra esto?”, pregunta uno de los personajes.

—“Unos estúpidos alemanes en Düsseldorf” es la respuesta que siempre recibe.

El West LB estaba radicado en esa ciudad y tuvo además el honor de ser la primera entidad alemana para la que se creó un “banco malo” que lo ayudara a reponerse de la toxicidad de su balance. La caja, controlada por el Estado de Renania del Norte-Westfalia, recibió un rescate de 3.000 millones de euros, pero no fue suficiente. La Comisión Europea obligó a Alemania a liquidar ese “enfermo crónico”.

Fue toda esta concatenación de catastróficas desdichas la que mandó de peregrinaje a Zimmermann en busca de una nueva voz. Durante meses probó varios violines pero ninguno le convencía. Hasta que un día, en una gira por Asia, se le acercó un hombre chino. En perfecto alemán le dijo: “Tengo un violín que me gustaría que probara”. Faltaban 10 minutos para el ensayo general, pero el misterioso señor insistió tanto que le convenció. Solo cinco notas le bastaron al solista para reconocerlo. Era el General Dupont, el Stradivarius del violinista belga Arthur Grumiaux. Zimmermann había crecido escuchando sus grabaciones de Bach y Mozart. Esa noche salió al escenario de Shanghái a tocar Brahms con el que sería a partir de ese momento su nuevo Stradivarius prestado.

Pero el destino siguió maquinando a su favor. En Alemania un sector de la población comenzó a criticar la subasta de las obras de arte de las cajas de ahorro quebradas para hacer frente a sus deudas. Muchos de los cuadros que se podían ver en los museos regionales desaparecerían para lucir en las paredes de las mansiones de multimillonarios. La venta de la colección del West LB, incluido el violín, se paralizó y en verano de 2016 el Estado de Renania del Norte-Westfalia anunció la adquisición de todo el lote por 30 millones de euros con la intención de que Lady Inchiquin volviera a las manos del ilustre solista de este land.

Han pasado ya meses y el esperado reencuentro todavía no ha sido posible. “Es cuestión de semanas”, aclara Zimmermann, “pero ya está solucionado”. Las cuatro cuerdas con las que acaba de interpretar a Bach y Prokofiev en Madrid puede que no sean las de su verdadera voz. Pero los grandes virtuosos son capaces de conmover hasta tocando con otro Stradivarius.