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Crítica | Rings

La película que mata

Un guion errático reprime el vuelo del director

RINGS

Dirección: F. Javier Gutiérrez.

Intérpretes: Matilda Anna Ingrid Lutz, Alex Roe, Johnny Galecki, Vincent D’Onofrio.

Género: terror.

Estados Unidos, 2017

Duración: 107 minutos.

En The Ring (1998) de Hideo Nakata, libre adaptación de una novela de Koji Suzuki que fundaría una larga saga literaria, una cinta de vídeo se convertía en equivalente contemporáneo de esas ominosas cadenas postales que prometían infortunios a quien las interrumpiera. El crítico Kim Newman definió las imágenes de esa cinta —una interferencia de cine experimental en el seno de una contenida película de terror japonés— como “un anuncio de champú dirigido por Guy Maddin o David Lynch”. La idea de una película con el potencial de matar —ya explotada por el terror italiano en una rareza como Circuito Chiuso (1978) de Giuliano Montaldo y más tarde hiperbolizada por John Carpenter en El fin del mundo en 35 mm. (2005)— podría ser el hipotético norte de todo cineasta del género. Nakata entendió que el terror es una cuestión formal: su película le devolvió al género un concienzudo sentido de la puesta en escena, alentando una oleada de nuevo terror oriental, alusivo y atmosférico, que dejaría sus huellas en otras cinematografías, como la coreana y la norteamericana (ambas con sus respectivas versiones del imaginario de Suzuki).

Da la impresión de que el español F. Javier Gutiérrez, que debutó con la muy notable y felizmente extraña Tres días (2008) —una historia apocalíptica cruzada con un psychothriller—, ha tenido poco margen de maniobra en este Rings que resucita la franquicia para el mercado americano, tras las aportaciones de Gore Verbinski y del propio Nakata. Mientras la película original japonesa pudo permitirse el lujo de ser una pesadilla pura, las tres lecturas americanas parecen fruto de un combate entre la irracionalidad de la forma y la pesada vocación de racionalidad de un guión obsesionado en contextualizar y justificar narrativamente la amenaza. O un combate entre el talento creativo de los cineastas y las exigencias del estudio. De vez en cuando, Gutiérrez respira -—el plano del profesor contemplando la lluvia invertida; el travelling circular que, al modo Vértigo (1958), abole el tiempo en la cabaña de Samara—, pero el conjunto se ve condicionado por un guion errático que reprime el vuelo estilístico del director.

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