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OPINIÓN

Había una vez un circo

El paternalismo de Madrid se adhiere a otras ciudades españolas en la prohibición de animales

Actuación del circo Ringling en 2010 en Nueva York, EE UU.
Actuación del circo Ringling en 2010 en Nueva York, EE UU. AFP

El progreso o el retroceso, no está claro, ha predispuesto una epidemia de oficios de riesgo, profesiones extinguidas o en vías de extinción. Torero en Cataluña. Maratoniano en Perejil. Tesorero en el PP. Periodista en Siria. Comadrona en Babia. Y domador de fieras en un circo.

Acaba de "proscribirlos" el Ayuntamiento de Madrid, como ya sucedió en Barcelona, en Málaga, en Lleida, en Cádiz. Y no sólo por el paternalismo prohibicionista de Manuela Carmena, sino con la aquiescencia de Ciudadanos en la deificación de Walt Disney, redundando en el escarmiento planetario que supuso el pasado mes de diciembre la clausura del circo Ringling y Barnum.

La marca suprema del entertainment circense se vio constreñida a capitular, un siglo después de haberse hermanado ambas franquicias. Y de haberse comprometido a proporcionar a los espectadores "el mayor espectáculo del mundo".

La disolución del ciclo estadounidense proviene de muchas razones, que si los hábitos culturales, que si Internet, que si las alternativas de ocio, que si la competencia ubicua de Donald Trump vomitando fuego, pero una de las más evidentes consiste en haber suprimido el número de los elefantes y de las otras bestias. Por las presiones de los movimientos animalistas.

Les parecía vejatorio, como ocurre en el consistorio madrileño, emplearlos en espectáculos circenses. Un anacronismo, objetaban. Un maltrato intolerable a los paquidermos. Y a otros animales, pues se van extinguiendo los circos, desprovistos de su su fiereza. O se tratan de reciclar sin la proeza de un domador metiendo su cabeza entre las fauces de un tigre. O sin la acrobacia de unos leones atravesando anillos de fuego.

El circo sin circo no es el circo, más allá de que haya circos, como el del Sol, que se han reinventado en la poesía y el teatro, del mismo modo que las corridas de toros no serán corridas de toros si desaparece la sangre y la muerte. Porque es la sangre y la muerte su razón de ser, en cuanto contraste de la creatividad. Eros y Tánatos, para entendernos.

Se hacen nuestras sociedades asépticas. Inodoras, incoloras e insípidas. E hipócritas, pues esta concepción franciscana hacia el hermano elefante y la hermana tigresa no contradice que los animales se hacinen y sacrifiquen industrialmente. Más que nunca, pero más lejos que nunca también del ángulo visual del ciudadano ejemplar.

Cada vez queda menos para que se suprima la eucaristía de la misa. Y para que el hombre termine más domesticado que un elefante del circo Ringling, suprimiendo de la memoria y de la conciencia aquella canción, aquella careta musical, que familiarizó a tantos niños españoles con el pan, el circo —panem et circenses— y el chocolate: "Había una vez un circo" no era un himno infantil, sino una premonición, un presagio, un epitafio preventivo a la gloria de aquel domador que susurraba a los leones.

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