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Érase una vez un circo sin elefantes

El cierre del circo Ringling refleja un cambio en nuestra relación con los animales

Actuación con elefantes en el circo Ringling, el 30 de abril.
Actuación con elefantes en el circo Ringling, el 30 de abril. REUTERS

En 1931, Tod Browning dirigió una de las películas más extrañas y pertubadoras de la historia del cine: Freaks, la parada de los monstruos. El filme, un mediometraje rodado con actores no profesionales, mostraba a una serie de personajes deformes, que formaban parte de la troupe de un circo. Más allá de la moraleja del filme —al final los auténticos monstruos son los seres normales del circo, la trapecista y el forzudo, que se comportan de forma malvada y espeluznante, mientras que los freaks son nobles y solidarios—, un espectáculo como el que describe Browning en su obra maestra es sencillamente implanteable en la actualidad. Los tiempos cambian, las sensibilidades evolucionan y lo que durante décadas era tolerable se convierte en intolerable: lo que era normal en un cuadro de Velázquez, ahora es imposible. Afortunadamente.

En mayo de año pasado, el circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey, uno de los más antiguos del mundo, dejó de utilizar animales en sus espectáculos, sobre todo elefantes. La semana pasada sus responsables informaron de que el próximo 4 de mayo se acabarán sus representaciones porque ya no son rentables. Los elefantes amaestrados eran uno de los puntos fuertes del circo pero son incompatibles con los nuevos conocimientos sobre este gigantesco mamífero. Además, sus poblaciones en libertad se encuentran en un creciente peligro por el tráfico de marfil. La nueva sensibilidad hacia los otros animales con los que compartimos el planeta, pero también los progresos científicos en la percepción de su inteligencia a través del trabajo de investigadores como Carl Safina o Frans de Waal, han sido uno de los grandes avances del siglo XXI y es algo a lo que no se puede dar la espalda.

El circo es un espectáculo que forma parte de nuestros sueños —también de nuestras pesadillas—, de nuestra estética y hasta de nuestro lenguaje. Este cierre no es una buena noticia, no sólo por la pérdida de puestos de trabajo, sino por todo lo que significa la desaparición de un espectáculo que tenía más de un siglo de historia: el circo anunciaba su entrada en Nueva York con un desfile de elefantes que llegó a cruzar el puente de Brooklyn poco después de su inauguración. Se me ocurren pocas imágenes más impresionantes.

Sin embargo, su desaparición es inevitable. Al igual que tarde o temprano ocurrirá con los espectáculos con orcas o con delfines que ofrecen zoológicos y acuarios de medio mundo. Son animales demasiado inteligentes para pasar su existencia en cautividad y para servir de entretenimiento. Cabría preguntarse si las corridas de toros correrán la misma suerte en un plazo más o menos corto (aunque es un problema totalmente diferente por el arraigo en la historia y la cultura de España, un parte de América y el sur de Francia). Los tiempos están cambiando, como canta el último Premio Nobel de Literatura. El circo necesita un futuro, porque su desaparición sería una tragedia cultural, pero sin desfiles de elefantes, ni leones amaestrados.

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