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El ojo observado

La película muestra a un cineasta entregado a la agotadora labor de desplegar todas sus capacidades

Georg Friedrich, en 'Aloys'.
Georg Friedrich, en 'Aloys'.

Aloys Adorn, un detective privado que acaba de perder a su padre, con quien compartía una modesta agencia consagrada al seguimiento de infidelidades, es, ante todo, un soledad que mira: una identidad incapacitada para la empatía y la interacción social que filtra el mundo a través de su videocámara. En los compases iniciales de su primer largometraje, el suizo Tobias Nölle encierra a su protagonista en el interior de planos cuidadosamente diseñados para subrayar esa idea de casi irreparable aislamiento: unas imágenes que evocan una viñeta de Chris Ware o una fotografía de Gregory Crewdson. Encarnado por Georg Friedrich como un Woody Harrelson aprisionado en el cuerpo de un funcionario de la Stasi, Aloys Adorn asistirá al desmoronamiento de su patológico universo privado cuando pase de ser un ojo que mira al objeto de una esquiva mirada enigmática.

ALOYS

Dirección: Tobias Nölle.

Intérpretes: Georg Friedrich, Tilde von Overbeck, Kamil Krejcí, Yufei Li.

Género: drama. Suiza, 2016

Duración: 91 minutos.

Aloys muestra a un cineasta entregado a la agotadora labor de desplegar todas sus capacidades en la composición del plano, la disolución de las fronteras entre lo objetivo y lo subjetivo y los elaborados contrastes entre imagen y banda sonora. La película está tan sobrecargada de un cierto exhibicionismo formal que levanta una densa cortina de humo para camuflar su debilidad medular. Es evidente que aquí hay un cineasta con ambición, pero uno no puede evitar preguntarse por qué su virtuosismo, muy forzado en su ejecución, se pone al servicio de una historia tantas veces contada que ya reclama su condición de cliché: la del solitario que se abre a la vida.