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Reconciliación familiar con el hacha y el verso

El extraño espectáculo de los Larretxea recorre España

Durante el recital, el hijo interpreta sus poesías mientras sus padres talan troncos

Hasier Larretxea (izquierda) recita un poema mientras sus padres, Patxi y Rosario, sierran un tronco, el 13 de noviembre en Barcelona. Ampliar foto
Hasier Larretxea (izquierda) recita un poema mientras sus padres, Patxi y Rosario, sierran un tronco, el 13 de noviembre en Barcelona.

Que las costuras de la intimidad han reventado lo sabemos hace tiempo y lo tienen muy claro los espectadores de Black Mirror y de otras distopías que alertan de la llegada de los lobos tecnológicos. Lo que era más difícil de predecir es que esa intimidad expuesta (extimidad, dicen algunos) vendría de lo más profundo de los valles del Pirineo, de caseríos cerrados a la lluvia y a internet, de habitantes de mundos de muy ayer. Las heridas, conflictos y afectos de una familia protagonizan un extraño recital que recorre las ciudades de España como dando la razón a quienes sostienen que se rompieron las fronteras entre lo público y lo privado. Si se han roto de verdad, la familia Larretxea ha talado a golpe de hacha el último tronco que quedaba en pie en la muga.

A Hasier Larretxea (Arráyoz, Navarra, 1982) le decían en el instituto que le iban a echar de casa y del pueblo. En clase de literatura escribía poemas donde quedaba de manifiesto su homosexualidad, en unos valles y en unos pueblos donde nadie estaba acostumbrado a que un chaval se expresara así. Años después, no solo regresa a su valle del Baztán, cuyo paisaje se dibuja en todos sus versos, sino que lleva al valle de viaje por toda España. O, al menos, a su aita y a su ama, Patxi y Rosario, que protagonizan un espectáculo que emociona y extraña a todos los que se lo encuentran. Hasier, el hijo poeta, recita su obra, en castellano y en euskera, publicada en libros como Niebla fronteriza (El Gaviero) o De un nuevo paisaje (Stendhalbooks). Son versos que hablan de la reconciliación, de la distancia y el cariño y del reencuentro con la casa. Mientras, los aludidos (especialmente, el aludido, Patxi), sierran madera y talan troncos con hachazos rítmicos que hacen la percusión a las palabras de Hasier.

Patxi Larretxea, 61 años, campeón nacional de deportes de la madera en 2005, un atleta rural, una leyenda entre los aizkolaris (“el único aizkolari con barba”, recuerda su hijo), viene de un mundo de músculo y destreza. Quería que su hijo siguiera sus pasos, porque le veía hechuras de leñador y podía fundar con él una dinastía de deportistas vascos, pero el heredero andaba perdido de ciudad en ciudad, lejos del valle y de la vida de los aizkolaris, buscando en sus versos una forma de volver a casa y de lograr que su padre aceptase quién era, hasta que acabó en Madrid, donde pudo vivir su homosexualidad sin eufemismos y casarse con Zuri, a quien dedica sus libros. “Mi padre no venía a verme ni asistía a mis recitales poéticos —cuenta Hasier—, hasta que los amigos de la librería Garoa de San Sebastián me dijeron: ‘Yo creo que si le ponemos un tronco aquí en la puerta, se anima y viene’. Qué va, le dije yo, pero accedí, sin estar convencido. La sorpresa fue que mi padre vino y taló el tronco mientras yo recitaba”.

La combinación fue catártica. El público recogía las astillas y pedía al leñador que las firmase. En vez de llevarse los poemarios dedicados, se llevaban trozos de madera. “No iba a estas cosas porque, ¿qué iba a hacer yo allí? Necesito hacer algo”, dice Patxi. “Mi padre hizo un esfuerzo enorme —cuenta el hijo—, se expresó como sabía expresarse, y en este tiempo se ha abierto a un mundo, expresa emociones que no creí que fuera a expresar, está feliz”. Aquello fue en 2013. Desde entonces, han llevado su reencuentro por una docena de ciudades, entre otras, Madrid, Pamplona, Barcelona o Zaragoza, y Hasier se han convertido en el símbolo de un cambio de actitud en la cultura y la sociedad euskaldunas, con caminos cruzados de idas y vueltas y prejuicios astillados.

Rosario, la ama, ayuda a Patxi. Le saca las hachas del estuche como un caddie elige los palos del golfista, le señala dónde ha de asestar el golpe y sostiene el otro extremo de la sierra gigante. Rodeado de hípsters con pintas de leñador (pero sin hechuras) en el patio de l’Antic Teatre de Barcelona, en una performance organizada por la librería Calders, Hasier lee recuerdos de su padre, de su vida de aizkolari de torneo en torneo por los pueblos del País Vasco y Navarra, y destaca en un texto de Niebla fronteriza que su padre (pantalones blancos en la competición, chándal en los entrenamientos) llevó una vez para entrenar una camiseta de la selección española que escandalizó en aquel ambiente euskaldun y nacionalista. Patxi, con el filo del hacha a sus pies, en reposo, se ríe de la anécdota, y su risa domina toda la escena, porque la caja de resonancia es un pecho de piedra. Patxi es todo robusto, un cuerpo épico sin blanduras ni huecos, pero se ríe como un personaje de Pío Baroja y mira a su hijo con un orgullo antiguo, como si aquellos versos que lee fueran en realidad los hachazos que no quiso dar al negarse a seguir su estirpe deportiva.

En estos espectáculos poéticos no sólo queda expuesta la intimidad de caserío y niebla de una familia euskalduna (“mi abuelo era un contrabandista que no sabía hablar castellano”, dice Hasier), sino los silencios de todo un pueblo. Lo de la familia Larretxea puede leerse como metáfora de una cultura que ha vivido demasiado tiempo encerrada. Parte de su éxito se debe, además de a la fuerza emocional y a las lágrimas que se enjuagan los asistentes mientras aplauden, a que puede leerse así, a que no se trata sólo de la reconciliación de un padre y un hijo, sino una especie de reconciliación colectiva.

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