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Hidra: la guitarra ganó a la Olivetti

La isla le dio al artista calma a sus anhelos místicos y un gran amor

Leonard Cohen y Marianne Ihlen, en Hidra en 1960. Ampliar foto
Leonard Cohen y Marianne Ihlen, en Hidra en 1960. Time

Situada a dos horas del Pireo, en el Egeo, lo más característico de la isla de Hidra, además de la áspera belleza de su orografía, es que están totalmente prohibidos los vehículos, incluidas las bicicletas. Para desplazarse de un lugar a otro es preciso hacerlo en burro o en los veloces botes rojiblancos, que unen el puerto con enclaves situados junto al mar, como Kamini, Vlychos, o Mandraki, donde hay un hotel abandonado, junto al que suelen atracar los hidroaviones. La vida visible se concentra en el puerto, en el que fondean yates de lujo venidos de todo el mundo. Para recibirlos, en la primera línea de la zona portuaria hay tiendas de lujo que satisfacen los caprichos de los ricos. Por el dédalo de calles que es el pueblo hay una extraña mezcolanza de pensiones modestas y hoteles exclusivos, discretamente ocultos.

Otro tanto sucede con las casas, muchas propiedad de los lugareños, otras palacetes venecianos dieciochescos o residencias ultramodernas donde se refugian artistas y personalidades que desean pasar inadvertidas, aunque por las noches acuden elegantemente vestidos a los bares, tabernas y restaurantes distribuidos por todo el pueblo, en especial el puerto. Siempre ha sido así, desde hace décadas. En algunos locales se exhiben discretamente fotos de personalidades que vinieron aquí en busca de solaz, como Allen Ginsberg, Mick Jagger, Jacqueline Kennedy, Sofia Loren o el pintor Brice Marden. La marca del lugar, no obstante, es el sigilo; así, lo interesante de las veladas musicales o literarias es que sus protagonistas son anónimos. En las noches de verano, excéntricos autores ingleses leen en voz alta fragmentos de novelas protagonizadas por vampiros, gigolós o asesinos que huyen de Londres buscando refugio en las islas griegas.

El viernes pasado, al conocerse la noticia de la muerte de Leonard Cohen, algunos que lo recordaban bien se acercaron a la puerta de su casa para dejar una nota o unas flores. Cohen llegó a Hidra a principios de la década de los sesenta, cuando todavía no sabía si su destino sería la música o la literatura (“En una mano llevaba una guitarra, en la otra una máquina de escribir Olivetti”). Hidra le proporcionó a Cohen, que andando el tiempo se encastilló en la soledad de un monasterio zen, una forma de apaciguar sus anhelos místicos, aunque la existencia que llevó aquí no fue exactamente monástica, debido a que en su camino se cruzó Marianne Ihlen, con quien viviría una tormentosa historia de amor, de la que dejó constancia en una de las canciones más conmovedoras de su carrera So Long, Marianne. La joven noruega, de una belleza que el cantante describió como “perfecta”, llevaba tres años en la isla, donde vivía con su marido el escritor noruego Alex Jensen y el hijo de la pareja. La aparición de Cohen precipitó su ruptura. Cohen alquiló una casa por 14 dólares al mes en la que vivió ocho años. “Vivíamos bajo el sol, descalzos. Éramos pobres, pero felices. No había agua corriente, ni coches, solo burros y tardamos en tener electricidad”, declaró en una entrevista concedida en 1988 a la BBC en su casa, a la que se refirió como “el laboratorio de su juventud”. De este modo, Hidra se convirtió en su centro de gravedad artística y vital durante una época crucial. Allí escribió el poemario Flores para Hitler y las novelas El juego favorito y Hermosos perdedores, en la que explora la confluencia entre sus dos mayores obsesiones, la religión y la sexualidad. Al final la guitarra le ganó la batalla a la Olivetti, aunque habría que matizar que como en el caso de Dylan o Tom Waits, hay misterio y grandeza literaria gracias a la existencia de una dimensión musical. De su paso por la isla, ahora que no está, quizá lo que más pese sea el eco de las canciones que compuso allí, como Bird on Wire, profunda meditación sobre el enigma de la existencia, inspirado por la visión de un pájaro posado en un cable eléctrico que veía desde la ventana de su casa y, más aún, el sereno lamento sobre el destino trágico del amor que es So Long, Marianne, su despedida de la musa que conoció en Hidra.