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Crítica | LOS WAGOGO

Bailo lo que digo

Los wagogo, tribu del centro de Tanzania, nos devuelven a la Edad de Oro de la integración de las artes escénicas, durante una actuación memorable

He aquí vivo, en el corazón de África, el coro de la tragedia griega.
He aquí vivo, en el corazón de África, el coro de la tragedia griega.

LOS WAGOGO (Gupo Nyati)

Burgos: Fundación Caja de Burgos, 11 de noviembre.
Burlada (Navarra): Casa de Cultura, 12.
Almería: Auditorio Maestro Padilla, 16.
Madrid: Círculo de Bellas Artes, 19.
El 18 de noviembre, el programa Estudio 206, de Radio Clásica, emitirá una actuación en streaming.

Desengañémonos: el teatro no nació en Atenas, ni Esquilo es su padre, sino un nieto aventajado que dio forma literaria a algo prefigurado en la tradición oral de culturas arcaicas. Es imposible datar el origen de los fantásticos rituales que nos trae el clan Nyati, del poblado Nzali de los wagogo, pero estos nos trasladan de sopetón al momento inmediatamente anterior al nacimiento de la tragedia griega: sus canciones se ven, sus danzas se escuchan, sus relatos se bailan.

Los wagogo no han hecho el camino hacia la parcelación de las artes escénicas, que en Occidente intentamos desandar hoy: ni siquiera se consideran a sí mismos artistas. Son agricultores y ganaderos, que tan pronto como aprenden a hablar aprenden también a contar con ritmo y melodía un vastísimo repertorio de historias inmemoriales y de hoy. Son dueños de un arte polifónico bellísimo y complejo: cada uno de ellos resuena como un tubo más del gran órgano colectivo que componen cuando se juntan. Pueden comprobarlo ustedes durante su gira europea, que en estos días tiene escalas en Burgos, Burlada (Navarra), Almería y Madrid.

Su menú degustación incluye, entre otros, rituales de bienvenida (nyindo), para atraer la lluvia (msunyhuno) y de fertilidad (muheme), en el cual las jóvenes escogen varón mientras percuten grandes tambores, saltan con ellos entre sus piernas y las pieles de mono tremolan sobre sus hombros, como estandartes batidos por una femineidad abrumadora. Si estas seis chicas transmiten tal fuerza telúrica en cuestión de minutos, ¿qué no conseguirá todo el poblado durante la noche entera que dura el rito en su Tanzania natal? Viéndolas, atisbamos en su pulsión y elocuencia el coro de Euménides o el de Suplicantes, protagonistas de sendas tragedias esquíleas, o el bienhumorado de Las aves, de Aristófanes.

Cantan los wagogo sin amplificación en el enorme auditorio de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y se les oye perfectamente. No se dejen engañar por la publicidad, que anuncia sus actuaciones como "conciertos". La música es para ellos vehículo de la palabra: tienen mucho que contar, aunque no les entendamos.

Durante las pausas, Polo Vallejo, etnomusicólogo consagrado a su estudio, contextualiza cuanto vemos. Sus explicaciones, pertinentes, llanas y objetivas, son pértiga con la que salvar la barrera idiomática. Nos informa, por ejemplo, de que la dramatización próxima alude al rito de tránsito a la edad adulta, que se extiende por periodo de un mes, durante el cual sus mayores se dirigen a los niños solo a través de la música. Todo lo cantan los wagogo: incluso en el autobús que los traslada del concierto al hotel, interpretan sin pausa polifonías a las que los blancos intentamos sumarnos pudorosamente, para no desentonar con nuestro silencio.

En cada representación wagoga hay coro y corifeo, cuyo papel desempeña a veces Mchoya Malogo, de 74 años, que viene a ser una mezcla entre memorión y comediógrafo del Siglo de Oro: posee un repertorio inagotable, al que no deja de sumar nuevos relatos. Pero corifeo es también cualquier miembro del coro que decida tomar la palabra: pueden hacerlo con total libertad. Tanta, que el repertorio varía por completo de una actuación a otra. En esta, el público todo se puso en pie, de corazón.

Acaba cuando llego, libro espléndido recién editado por Swanubooks, con una selección de las observaciones recogidas por Vallejo en sus cuadernos de campo tanzanos (entre 1995 y 2015), ilustradas con elocuentes etnofotografías de Carmen Ballvé, satisface con concisión poética mucha de la curiosidad inmensa que despiertan esta etnia y su arte.