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Potencialidad de la tragedia

Del Arco aborda un trabajo que, tras una ejemplar presentación de conflictos y personajes, discurre hibridando trazos cómicos y dramáticos para desembocar en un clímax kamikaze

En su camerino, tras una representación, un veterano actor le cuenta a su nieta el significado de la figura mitológica de las Furias: “Cuando alguien hace algo contra la familia, se introducen en su mente como un veneno. Por eso hay que tener mucho cuidado con lo que uno hace con los suyos. Nunca sale gratis”. Sus palabras tienen un lacerante signo de puntuación en la mirada, como un puñal afilado, que el personaje dirige a su esposa y que remite al ensordecedor mar de fondo que, con el tiempo, colocará a la familia protagonista del primer largometraje de Miguel del Arco ante la potencialidad de la tragedia.

LAS FURIAS

Dirección: Miguel Del Arco.

Intérpretes: José Sacristán, Mercedes Sampietro, Carmen Machi, Emma Suárez, Bárbara Lennie, Gonzalo de Castro, Alberto San Juan.

Género: drama. España, 2017

Duración: 125 minutos.

Los apellidos –Ponte Alegre- cubren bajo el paraguas de la ironía los destinos de tres hijos que, por puro amor al teatro, recibieron los nombres de Casandra, Héctor y Aquiles. Tres hermanos que maduraron como declinaciones malogradas de un matrimonio divino, cuyos miembros, en el presente de la acción, cobran la forma de una autoridad sin memoria –resulta sobrecogedora la capacidad de José Sacristán para vaciar por completo su rostro- y de una madre –una Mercedes Sampietro que le sentaría muy bien al Almodóvar más sobrio- que, por primera vez, se descubre como sujeto afectivo. Aunque su deseo tenga el poder de destruir un microcosmos familiar en preocupante proceso de demolición.

Resulta significativo que lo que propicie el reencuentro de los Ponte Alegre en su viejo caserón familiar sea un malentendido –una falsa intención de venta formulada para ocultar una relación-, decisión narrativa que refuerza la fragilidad esencial que define aquí los lazos familiares, confrontada con la seguridad con que el cineasta maneja las complejidades de su relato, la sinfónica armonía de su reparto y los arriesgados cambios de tono del conjunto.

Entre los tóxicos universos familiares de Arnaud Desplechin y los padres asfixiantes de Wes Anderson, Del Arco aborda un trabajo que, tras una ejemplar presentación de conflictos y personajes, discurre hibridando trazos cómicos y dramáticos para desembocar en un clímax que hace honor al nombre de su propia compañía teatral: Kamikaze. O lo que es lo mismo: valiente, único, inolvidable.

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