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CRÍTICA | EL PERRO DEL HORTELANO

Humor y artificio

Una comedia ágil y divertida, montada a la manera de Strehler, pero sin la causticidad inherente al texto de Lope

Rafa Castejón y Marta Poveda, en 'El perro del hortelano'.
Rafa Castejón y Marta Poveda, en 'El perro del hortelano'.

EL PERRO DEL HORTELANO

Autor: Lope de Vega.

Versión: Álvaro Tato.

Intérpretes: Joaquín Notario, Marta Poveda, Rafa Castejón, Natalia Huarte, Fernando Conde, Álvaro de Juan, Óscar Zafra,, Alberto Ferrero, Alfredo Noval, Pedro Almagro, Alba Enríquez, Paco Rojas, Egoitz Sánchez, Nuria Gallardo y Paula Iwasaki.

Coreografía: Nuria Castejón. Música: Ignacio García. Luz: Juan Gómez Cornejo. Vestuario: Pedro Moreno y Rafa Garrigós. Escengorafía: Ricardo Sánchez Cuerda.

Directora: Helena Pimenta.

Madrid. Teatro de la Comedia, hasta el 22 de diciembre.

¿Desentrañar el asunto de una comedia o envolverla para regalo, con una bonita idea de montaje? El perro del hortelano, una de las obras mayores de Lope de Vega, habla del amor entre personas de estamentos diferentes, de la falta de escrúpulos de la aristocracia, de cómo la inteligencia florece entre los más humildes y de que pocos ocupan el lugar que por sus capacidades les corresponde. Todo ello, sin que su autor afloje ni por un instante el tempo humorístico, pero sin que desista tampoco de atravesar la pieza entera con una veta irónica.

A través de Teodoro, su coprotagonista, Lope refleja experiencias propias: también él fue secretario de un noble y se vio desterrado, por amar a quien le vino en gana. En este hermoso, agilísimo y divertido montaje de Helena Pimenta, poco aflora de la causticidad inherente al texto de Lope. La directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y su equipo han vestido el Nápoles del Duque de Osuna de manera que más parece la Venecia goldoniana de La baruffe chiozzotte, vista por Giorgio Strehler: los altos muros de la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, las pelucas blancas que gastan los pretendientes de la condesa Diana y la que esta se pone para recibirles, casan más con la era de los primeros Borbones que con la de los Austrias.

La lluvia de pétalos que ilustra el segundo soneto de Marcela, evoca la de El jardín de los cerezos, en otro montaje histórico del director del Piccolo de Milán. Natalia Huarte le imprime a tal personaje una frescura, alegría y vigor juveniles que la dirección debería de haber entreverado de pesadumbre, puesto que recibe mil desaires de Teodoro y tiene que acabar contentándose con marido menos de su gusto: recuérdese al respecto como lo abordaba Lidia Otón, dirigida por Laurence Boswell.

A Rafa Castejón, genial actor, el papel de Teodoro no le calza del todo: es un galán cómico imbatible (recuérdese su Capó en La del manojo de rosas), pero no el brazo de mar del que aquí se habla. El espectáculo funciona francamente bien de cara al público general, porque tiran de él dos locomotoras: Joaquín Notario y Marta Poveda, cuya Diana, poco aristocrática pero muy mujer, a veces es torbellino de celos, otras, un arrasador corazón al ataque. Notario, Tristán graciosísimo, noblote e inteligente, pone un contrapunto feliz a la condesa egocéntrica.