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Picasso y Giacometti, los mejores enemigos

Una exposición en París redescubre la relación de amistad entre los dos titanes del arte moderno, que osciló entre la emulación y la rivalidad

Autorretrato de Giacometti de 1921.
Autorretrato de Giacometti de 1921.

Los dos fueron hijos de artistas y se caracterizaron por su extraordinaria precocidad. Ambos se exiliaron en el París de las vanguardias, capital del arte durante el tiempo que les tocó vivir. Pese a llevarse 20 años, se pelearon de maneras parecidas con la figuración, que no lograba satisfacer sus ambiciosas aspiraciones estéticas. Y se profesaron una admiración mutua que después se transformó en algo muy parecido a la rivalidad. La peculiar amistad entre Pablo Picasso y Alberto Giacometti es redescubierta ahora por una apasionante exposición en París, que hasta el 5 de febrero analiza parecidos y diferencias a través de 200 obras de los dos titanes del arte moderno. La exposición tiene lugar en el Museo Picasso de la capital francesa, poseedor de una colección de 5.000 cuadros, esculturas, dibujos y documentos legados por la familia del pintor español tras su muerte en 1973.

La comparación corre a cargo de Catherine Grenier, gran conservadora e historiadora del arte francesa, que en 2014 fue nombrada directora de la Fundación Giacometti, propietaria de la mayor colección de obras del escultor suizo, después de media vida trabajando en el Centro Pompidou. “Al asumir el cargo me encerré en los archivos para especializarme en su obra. Me sorprendió descubrir que el nombre de Picasso no dejaba de aparecer por todas partes. He querido dar fe de una relación amical y artística que ha caído en el olvido”, relata desde una de las salas de la muestra, donde distintos documentos dan fe de la devoción del joven Giacometti por su maestro.

Autorretrato de Picasso de 1901.
Autorretrato de Picasso de 1901.

Ya en 1924, tras su llegada a París, el escultor le escribe una carta a su padre. “Hace poco fui a ver una exposición de Picasso que me gustó mucho. El suyo es un arte que no cuenta historias”, le relata. En 1931, convertido en prometedor artista que roza la treintena, Giacometti se sienta en la terraza de La Coupole, cerca de su estudio en Montparnasse, para mandarle otra misiva: “Mañana, después de comer, iré a casa de Picasso con Miró. Me alegra conocerle y ver lo que hacer”. Un año después, el malagueño acude a la primera muestra en solitario de Giacometti, que se enorgullecerá de ello en otra carta para sus padres: “Llegó el primero y dijo: c’est joli”. A partir de ese momento, el contacto no se interrumpió. A principios de los años 40 se verán casi a diario, dándose cita en bares frecuentados por la intelectualidad local, como el Café de Flore o Les Deux Magots.

Giacometti dibujará obras de Picasso en sus cuadernos y llegará a esbozar un retrato escultórico del malagueño, que nunca terminará. Por su parte, Picasso admirará algunas de sus esculturas y aceptará mantener con él una relación de igual a igual. “Siempre fue importante para Picasso descubrir que dejaba de estar solo. Giacometti catalizó ciertas ideas plásticas que había extraído de Picasso”, afirmará el biógrafo y amigo de este último, Pierre Daix, añadiendo que el malagueño reconocía en la obra del suizo “la misma brutalidad sexual y la misma violencia plástica” que caracterizaba la suya.

'Mujer lanzando una piedra', de Picasso (1931). ampliar foto
'Mujer lanzando una piedra', de Picasso (1931).

La exposición demuestra que, incluso cuando sus obras no se parecen en nada, suelen estar atravesadas por las mismas preocupaciones de forma y de fondo. Para empezar, ambos buscarán una tercera vía entre figuración y abstracción. “Los dos llegan hasta la frontera con el lenguaje abstracto, pero no pasan al otro lado. Son dos personajes con una relación compulsiva a la creación, que necesitan crear sin parar, ponerse en duda a sí mismos y buscar nuevas maneras de expresarse”, afirma Grenier. En sus respectivas fases surrealistas, se verán seducidos por el arte primitivo y las civilizaciones no occidentales, como demuestra una de las salas de la muestra, donde las máscaras de Picasso dialogan con la Mujer-cuchara de Giacometti, inspirada en la escultura africana. Los dos utilizarán a sus esposas y amantes como modelos, borrando la frontera entre vida y obra. Y alternarán vanguardia y tradición, buscando nuevos lenguajes a partir de géneros clásicos, como el retrato, el bodegón, el paisaje y el vanitas. Aunque no todo serán parecidos: si la obra de Giacometti acabará cobrando rasgos melancólicos, la de Picasso seguirá siendo “mucho más eruptiva”, como apunta la comisaria.

La amistad se romperá con la misma facilidad con la que se forjó. El catálogo de la muestra recoge la versión de François Gilot, pintora y madre de dos de los hijos de Picasso, Claude y Paloma. A los 94 años, Gilot todavía no se ha olvidado de una violenta disputa entre ambos, al descubrir Giacometti que Picasso intercedió para que no fuera fichado por su galería, que dirigía Louise Leiris. La emulación derivó así en el antagonismo. En 1957, el apego mutuo ya era cosa del pasado. En un vídeo recogido en la muestra, que muestra a Giacometti pintando un retrato de Stravinsky, el suizo define a Picasso como “un monstruo”. Ha devorado a la última de sus víctimas, antes de ir a por la siguiente. Aunque a Giacometti tampoco le salió del todo mal la jugada: no llegó a matar a ese monstruo, pero por lo menos aprendió de él.

Otra de las obras de Giacometti en la exposición. ampliar foto
Otra de las obras de Giacometti en la exposición.