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Nocturno suizo

Suiza acaba de celebrar el primer festival dedicado al que quizá sea, o debería ser, el mayor compositor suizo: Othmar Schoeck

Othmar Schoeck dirige a la Orquesta de La Scala en el Festival de Lucerna en 1941.
Othmar Schoeck dirige a la Orquesta de La Scala en el Festival de Lucerna en 1941.

Exactamente al mismo tiempo que Lucerna ponía fin, con el fasto acostumbrado, a su festival de verano, otra localidad situada también a la orilla del Lago de los Cuatro Cantones recordaba, de manera mucho más humilde, pero también más íntima y humana, al que quizá sea —o debería ser— el mayor compositor suizo: Othmar Schoeck. Brunnen, enclavado en el cantón de Schwyz, es el pequeño paraíso en que nació el músico en 1886, en un paraje alpino de una belleza casi inabarcable para la vista.

Suiza —tradicionalmente poco generosa con los suyos— no es país para genios y la historia tampoco ha sido justa con Schoeck, debido sobre todo al sambenito con que hubo de cargar en el último tramo de su vida y que apenas se ha revisado tras su muerte: el de simpatizante del régimen nazi. El músico jamás fue tal y ni una sola nota de sus obras apunta en esa dirección, pero sí que cometió graves errores, como aceptar en 1937 el premio Erwin von Steinbach, que el Tercer Reich solo concedía a artistas y creadores adeptos, y, lo que es peor, acceder a que su última ópera, El castillo Dürande, se estrenara en 1943 en el Berlín bombardeado por los aliados. Para más inri, su libreto, de una ínfima calidad literaria, había sido escrito por Hermann Burte, un reconocido y fervoroso paladín nacionalsocialista. Da igual que las representaciones fueran suspendidas casi de inmediato por el mismísimo Hermann Göring, porque el daño ya estaba hecho: Schoeck, que midió muy mal sus pasos en busca del reconocimiento internacional de su talento que siempre anheló, jamás se recuperaría del golpe. El título de una de sus mejores obras, Enterrado vivo, pasó a ser casi una premonición de su propio sino y la reputación post mórtem de su mejor música se ha resentido también injustamente. Casi 60 años después de su muerte, las heridas siguen abiertas.

Así las cosas, Brunnen acaba de celebrar por fin el primer festival dedicado a su hijo más ilustre, integrado no solo por conciertos, sino también por un concurso de interpretación de Lied (el género en el que nos ha dejado decenas de incontestables obras maestras) y un congreso donde musicólogos de varios países han debatido justamente las circunstancias en que nació y se estrenó esa fatídica última ópera de Schoeck. El interés de este último ha trascendido con mucho el que suelen tener este tipo de encuentros académicos, con intervenciones esclarecedoras de, entre otros, Anselm Gerhard, Erik Levi, Beat Föllmi, Simeon Thompson, Robert Vilain y Chris Walton, el biógrafo del compositor, que trazó un paralelismo más que pertinente entre la Alemania nazi y la Sudáfrica del régimen del apartheid. La interacción de música e ideología es un tema con infinitas ramificaciones.

El festival se cerró el pasado domingo con un concierto orquestal de la Camerata Schweiz dirigida por Graziella Contratto, que ratifica que 2016 ha sido sin duda el año de la eclosión internacional de las directoras de orquesta. Si los Lieder de Schoeck resisten perfectamente la escucha junto a los de, por ejemplo, Hugo Wolf, aquí el suizo iluminó y se vio iluminado por la compañía de las magistrales Metamorfosis de su coetáneo Richard Strauss, que retratan el desmoronamiento de ese “mundo de ayer” en el que nació Schoeck y que acabaría por engullirlo. Poder escuchar su infrecuente ciclo de canciones Befreite Sehnsucht (Nostalgia liberada) fue una gratísima sorpresa, así como conocer una versión orquestal de su original —y modernista— Sonata para clarinete bajo. Pero la obra más genial de Schoeck, su Nocturno para barítono y cuarteto de cuerda, se interpretó el día anterior en el marco esplendoroso del Grand Palais de Brunnen. La versión fue mejorable —sobre todo por la muy deficiente prestación del barítono Christian Hilz—, pero este fruto de la depresión de su autor, un encomio del gran amor pasado y una áspera descripción del fallido amor presente de la mano de versos de Nikolaus Lenau y Gottfried Keller, tiene siempre el poder de turbar intensamente a quien lo escucha: su chacona final debe formar parte de cualquier antología de la música más emocionante y hondamente poética del siglo XX. Todo viaje que tenga como destino final la escucha del Nocturno de Schoeck es un viaje que, siempre y en todo lugar, habrá merecido la pena.