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Edith Wharton: de viaje con una escritora que contó la Gran Guerra

Un libro de la primera autora que ganó un Premio Pulitzer recoge las ‘Travesías

por España, Francia Italia y el Mediterráneo’ y los milagros cotidianos del mundo

Una imagen de Argel en 1899 que aparece en el libro 'Del viaje como arte...'
Una imagen de Argel en 1899 que aparece en el libro 'Del viaje como arte...'

Ser la primera en algo siempre ha tenido sus fortunas y sus condenas. Lo supo bien Edith Wharton (Nueva York, 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt, 1937), la primera escritora que ganó el Premio Pulitzer, un doctorado Honoris Causa en la Universidad de Yale, una de las primeras mujeres en obtener la separación de su marido —Edward Wharton, un bostoniano de buena familia— y una de las primeras reporteras de guerra que utilizó sus influencias de joven aristócrata para contar la Primera Guerra Mundial. A todo esto hay que añadir otra experiencia nada desdeñable: tener coche propio, algo inusual en la época. No conducía, siempre iba con chófer, pero de esa poética de la carretera da buena cuenta el volumen de crónicas Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo, que acaba de publicar La línea del horizonte, con edición de Teresa Gómez Reus. Se trata de una faceta menos conocida de la autora de La edad de la inocencia (1920) que, sin embargo, marcó profundamente su vida.

El viaje como proceso artístico estuvo presente desde sus primeros años, asociado también a algunos de los hombres más importantes de su existencia: “Wharton estuvo interesada en la historia del arte y la arquitectura desde muy joven. Su padre tenía una buena biblioteca, donde ella se refugiaba de niña y adolescente. Recién casada leyó mucho sobre el tema”, cuenta Gómez Reus, experta en la autora neoyorquina. Los ensayos de arquitectura de James Fergusson fueron también un “despertador” —en palabras de la propia escritora— para su “confuso pero persistente aprecio por la belleza de los edificios antiguos”, tal y como narra en su autobiografía. Por último, la amistad que trabó en Harvard con el profesor de arte Charles Eliot Norton y con el coleccionista Egerton Winthrop fueron igualmente esenciales en su formación. “Europa le brindaba esos tesoros artísticos y arquitectónicos que no encontraba en su país natal. Viajar por Europa era una forma de casar dos de sus grandes pasiones: el viaje y la contemplación de obras de arte”, sostiene Gómez Reus.

Engorro del ferrocarril

Las crónicas de Wharton se revelan ahora rabiosamente actuales pues anticipan, de algún modo, la poética de la carretera que se afianzaría durante el siglo posterior: “El automóvil ha restablecido el encanto de viajar. Al liberarnos de las servidumbres y los engorros del ferrocarril (...), de la obligación de acercarse a cada ciudad por esas zonas de fealdad y desolación que el propio tren crea, el coche nos ha devuelto el asombro”, escribe la autora al comienzo del tercer capítulo dedicado a sus viajes por Francia.

Wharton sabía qué mirar. Del libro se desprende que su modo de viajar tenía algo de remota artesanía, como si al observar inaugurara ciertos lugares. De entre los muchos viajes que emprendió quizás el crucero a bordo del Vanadis en 1888, provista de abundantes libros de arte y hollando con su marido rutas poco transitadas de las islas del Egeo, Malta, Sicilia y el norte de África, fue el más decisivo de su vida. “En el crucero del Vanadis eran jóvenes, era una escapada preciosa y quizá las contradicciones conyugales se aparcaron durante esas semanas. De todas formas, viajaban siempre con amigos y ella rodeada de libros. No había espacio para mucha intimidad”, explica Gómez Reus.

Sus rutas por España entre 1925 y 1930 abrochan este conjunto de crónicas. Aragón, Jaca o Compostela fueron tres de las ciudades que la subyugaron, con sus “iglesias susurrantes como bosques” o “encastradas en el acantilado sobre el río”.

A España viajó en reiteradas ocasiones —en familia, con amigos y amores— y siempre le chocó el contraste entre sus glorias artísticas y arquitectónicas y el descuido de muchas poblaciones. “España le fascinaba porque tenía algo romántico que las más ordenadas Francia e Italia no tenían”, concluye Gómez Reus, profunda conocedora de una autora que dejó escrito una suerte de credo para cualquier ser humano: “El mundo visible es un milagro cotidiano para quienes tienen ojos y oídos”.

En busca de experiencias trascendentes

Un retrato de Edith Wharton en 1905.
Un retrato de Edith Wharton en 1905.

El viaje cultural es una de las modalidades más frecuentes en la actualidad: rutas literarias, fotográficas, pictóricas o musicales son emprendidas con entusiasmo por los viajeros de todas las partes del mundo. “El viaje necesita adiestramiento previo y debe alimentarse previamente con lecturas. El viaje es un acto trascendente y no una mera huida de la rutina”, afirma el filósofo suizo Alain de Botton en El arte de viajar, una de las obras contemporáneas que ahondan en la idea del viaje de autor.

Edith Wharton ya preconizaba el viaje como fuente de belleza, de elevación, de pura curiosidad. Un espacio que le abrió el automóvil, como ella reconocía.

La autora de La casa de la alegría (1905) o Santuario (1903) tenía un coche al que llamaba cariñosamente George, homenajeando a otra escritora: George Sand.