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PATIO DE COLUMNAS

Gentilicios

Los gentilicios son como esos carteles con una cifra bajo el nombre de la ciudad, una apostilla científica que lo precisa

Manhattan visto desde Brooklyn.
Manhattan visto desde Brooklyn. Reuters

Los gentilicios son como esos carteles con una cifra bajo el nombre de la ciudad, una apostilla científica que lo precisa: Pueblo de San Tal, población: tanta. A veces la cifra no sólo enuncia cientos o decenas si no incluye unidades, digamos 256, 584. Son cálidos esos últimos dígitos, casi parecen referirse a una persona en particular (¿quiénes son esos últimos cuatro en ser contados? ¿los contaron saliendo de un bar? ¿puede uno poner el dígito que le corresponde en una tarjeta de presentación? “Fulano, profesor y número doscientos cincuenta y seis mil quinientos ochenta y cuatro, a mucha honra”). Sobre todo, los carteles crean una ilusión de permanencia: estos somos, ni más ni menos. La cifra y el gentilicio congelan una identidad en el tiempo. Pero los censos y los nombres de las gentes son incapaces de dar cuenta de que la identidad es menos una fotografía que una travesía.

Las ciudades hoy son constantemente alteradas por masas de personas camino de otro lugar, frecuentemente sin saber cuál es ese otro lugar al que se dirigen, a veces por decisión propia y otras huyendo del horror: porque sus lugares han desaparecido, o porque los que ellos eran en ese lugar han desaparecido. Y así cada ciudad por la que pasan se transforma aunque los que habían sido contados en el censo no reparen inmediatamente en ello.

Ya no somos de un solo lugar, aún si somos los que nos quedamos en él. Porque los lugares los hace la gente, y las ciudades además de ser una residencia, son también estación de paso, refugio, escondite, punto de encuentro. Siempre lo han sido, pero hoy de manera más visible que nunca. Los conservadores y los xenófobos quisieran que las ciudades fueran no-lugares para los que “no son de aquí”, pero ese “ser de aquí” ya no es tan transparente. Nuestro nombre está en el lugar donde nacimos, tanto como en los lugares que cruzamos, como en la manera en que tratamos a los visitantes.

Soy de tal lugar, de tales trayectos, de tales hospitalidades. Esos también son nuestros nombres. Soy atlantiquí, soy deserteño, soy aeroportuense, soy itinerante. Soy como me nombraron y también soy ese que pronto será nombrado por un desconocido.