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CRÍTICA | CERVANTES EJEMPLAR

De hiedra y vidrio

La compañía Micomicón le da una impronta orsonwelliana a ‘El celoso extremeño’ y hace del licenciado Vidriera un santón

Representación de la obra 'Cervantes ejemplar' en el festival de Almagro.
Representación de la obra 'Cervantes ejemplar' en el festival de Almagro.

Este cuarto centenario de la muerte de Cervantes debiera de servir para explorar las posibilidades de montaje de sus Ocho comedias, la mayoría de las cuales tuvieron escasa fortuna en su época, eclipsadas por el teatro de Lope. Pero no hay quien se atreva a hincarles el diente, salvo a un par, porque demandan un tipo de puesta en escena lejos de los estándares en los que se ha instalado el teatro español. A falta de tal proyecto, bueno es Teatros Ejemplares, de la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo, que encomendó reescribir las novelas cervantinas con libertad a docena y media de dramaturgos argentinos, españoles y uruguayos, más un chileno, a razón de una por barba. Cervantes ejemplar, sugestivo espectáculo de la compañía madrileña Micomicón, reúne sendas versiones de El celoso extremeño y El licenciado vidriera, tan fieles al espíritu de los textos originales como soberanas en lo que se refiere a la letra.

Cervantes ejemplar

Autores: Mariano Llorente y Laila Ripoll, a partir de dos Novelas ejemplares. Intérpretes: Marcos León, Elisabet Altube, Manuel Agredano. Dirección: L. Ripoll. Festival de Almagro, 9 de julio. Festival de Olmedo, 19 de julio. Festival de San Lorenzo de El Escorial, 14 de agosto. Festival de Agüimes, 21 de octubre.

Mariano Llorente coge El celoso extremeño por el final, cuando Carrizales descubre a Loaysa y Leonora entrelazados en el lecho. En la pieza teatral, el viejo sustituye al narrador omnisciente y se convierte en indagador de los hechos que han desembocado en el desenlace que tanto temía desde antes de su boda. Llorente hace de la novela una pieza procesal en la que la víctima oficia de acusador, y las criadas y Luis, de testigos: introduce en Cervantes la semilla de El motín del Caine o de Doce hombres sin piedad. Pero a lo que recuerda esa reconstrucción morbosa de los hechos, con final letal para el marido senil que inquiere y escucha, es, sobre todo, a Una historia inmortal, cinta de Orson Welles en la que un anciano adinerado introduce en la cama de su esposa a un joven marinero, para hacer así realidad un relato falso que los de su oficio cuentan en cada puerto.

El tono con el que Cañizares va anticipando lo que confirmarán sus criados, y su emocionada escucha, evocan la tensión entre la peripecia del marinero y la atención demiúrgica que el millonario le presta, en la película que Welles rodara en Chinchón.

Más se aparta del original Vidriera, pieza en la que Laila Ripoll desarrolla por extenso y a su aire la vuelta del licenciado a su sano juicio, hecho que Cervantes despacha en un párrafo. Es notable la composición de un orate greñudo, escuálido y con taparrabos que hace Marcos León, su intérprete: contemplativo en su cueva, parece un santón hindú. Los efectos musicales en vivo, ponen al relato una atmósfera mágica.

Los videos de Cervantes ejemplar, y el cabaret inicial, son no más que un envoltorio de actualidad, y la pantalla en donde se proyectan, la vela de los pasos de Lope de Rueda, puesta en vertical. Eficaces, la escenografía de Arturo Martín Burgos, y las interpretaciones de León, Llorente, Manuel Agredano, Elisabet Altube y Jorge Varandela.