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CRÍTICA | VIVA

Un irlandés en Cuba

Gracias a su urgencia con la cámara, a la sutil visualización del sexo y a la gran labor interpretativa la película revela una marcada sensibilidad

Héctor Medina, en 'Viva'.
Héctor Medina, en 'Viva'.

A mediados de los años 90, los asistentes al Festival de San Sebastián vivieron la aparición de un especialísimo realizador irlandés llamado Paddy Breathnach. Con dos películas radicalmente opuestas, Ailsa (1994), compleja, existencialista, muy cuidada en lo formal, reflexiva y moral, casi como un Kieslowski dublinés, y El crimen desorganizado (1997), fresca, violenta, desinhibida y de un irresistible humor negro, como un antecedente del cine de los hermanos McDonagh, Breathnach llamó la atención de jurados y críticos. Sin embargo, tras casi 20 años desde aquello, y con solo cuatro películas posteriores, desiguales o directamente despreciables, Breathnach había caído en el olvido. Hasta esta Viva que hoy se estrena, que se parece a aquellas como un huevo a una castaña, comenzando por su territorio ambiental y social: la Cuba de los cabarets y el travestismo, de la liberación sexual y de la homofobia, del comunismo y la prostitución.

VIVA

Dirección: Paddy Breathnach.

Intérpretes: Héctor Medina, Jorge Perugorría, Luis Alberto García, Luis Manuel Álvarez.

Género: drama. Irlanda, 2015.

Duración: 100 minutos.

Producida por Benicio del Toro, Viva puede estar en las antípodas de aquellos comienzos dublineses, pero mantiene, o quizá más bien recupera, una de las esencias de aquel cine: el ímpetu de su mirada, la agilidad de la cámara de Breathnach, y la elegante modernidad de su fotografía, poco habitual en otras producciones locales sobre temas semejantes (con Fresa y chocolate como exponente máximo), de colores muy contrastados y sin enmascarar en momento alguno la fascinante decadencia del lugar. La excelente banda sonora y su tratamiento, siempre fluido en la unión entre secuencias, y la fuerza de los números musicales en el garito en el que trabajan sus criaturas, completan el notable panorama formal de una película que, eso sí, en lo que cuenta, no logra escapar del estereotipo.

Relato de redención de padre ausente, de regreso en la hora de la tragedia a lo que ya no es sino un hogar invisible, Viva sigue unos pasos narrativos harto transitados en películas con padre homófobo e hijo inseguro en su exterior pero decidido en su interior. Sin embargo, gracias a esa urgencia de la cámara, a la sutil visualización del sexo, y a la gran labor interpretativa, en la que destaca Luis Alberto García como la madre del chico protagonista, la película, casi en todo momento, revela una marcada sensibilidad alejada de lo melifluo.