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El museo de Valladolid rescata de las llamas el gótico alemán

Medio centenar de esculturas del Bode Museum ilustran en una muestra el viaje desde el catolicismo figurativo a la reforma abstracta de Lutero

'Muerte de la Virgen' (1520), conjunto de relieve en madera de tilo, de Hans Thoman.

El arte abstracto no nació en Centroeuropa por casualidad. Se necesitaba un caldo, como en todo buen guiso, y aquello rompió a hervir con la reforma protestante, que pasó por la hoguera miles de esculturas en un furor iconoclasta que preconizaba un acercamiento a Dios sencillo, sin intermediarios de piedra o de madera. A martillazo limpio, el pueblo alemán fue haciendo el viaje desde el catolicismo figurativo hacia la pura abstracción musical, un legado que les confiere, todavía, una manera distinta de acercarse al arte. El Museo Nacional de Escultura de Valladolid inaugura hoy una muestra de aquellas imágenes con expresiones y ropajes cotidianos, de madera limpia y austera que ya anunciaba un camino directo a Dios siguiendo métodos talibanes.

La vía de escape del coleccionismo

'Ángel tocando el laúd' (1520), de Hans Brüggermann.
'Ángel tocando el laúd' (1520), de Hans Brüggermann.

El furor iconoclasta no tardó en desnudar las catedrales de imágenes, con el consiguiente menoscabo para el arte y el bolsillo de los escultores, acostumbrados ya a un éxito bien pagado.

Tenían una salida, aunque no les gustaba mucho a los compañeros del metal: el gremio que se dedicaba a tallar medallas, muy del gusto del coleccionismo de la época, los miraban de reojo. También podían huir a ciudades católicas, como Colonia o directamente, emigrar a otros países.

Capillas y panteones fueron otra de las vías de escape para estos artistas, auspiciados por un mecenazgo creciente que mostraba su dinero, pero también su cultura y su modernidad, convirtiendo sus viviendas en auténticos museos para el visitante.

Tanto como Lutero, negó Calvino la autoridad de la Iglesia de Roma y la influencia de ambos teólogos dio al traste con la prodigiosa escultura gótica que se extendía por las catedrales al ritmo en que se desarrollaban las ciudades entre el siglo XV y el XVI, de la mano de una burguesía floreciente. En aquellas poblaciones entre las fronteras del Rhin y el Danubio, se tallaban centenares de retablos en madera limpia, de tilo, sobre todo, sin atisbo de pintura, un modo de hacer que ya presagiaba la austeridad completa. Hasta la exposición de Valladolid, Últimos fuegos góticos, han viajado estas obras desde el Bode Museum de Berlín, algunas de autor desconocido, otras firmadas por las más importantes figuras de la edad de oro de la escultura alemana, como Tilman Riemenschneider, Hans Thoman, Veit Stoss o Hans Leinberger. No necesitan de policromía porque la madera de tilo, ambarina y sin huellas, permite una talla donde la luz juega con los volúmenes y el zigzagueo de los tejidos confiere un movimiento propio del barroquismo sevillano.

“Las esculturas no se policromaban; el que se postraba ante ellas debía tener en cuenta que solo era una madera, indigna de idolatría. Pero solo en eso radicaba la austeridad: el auge que vive entonces la escultura en Alemania fue enorme, aunque corto”, advierte María Bolaños, directora del Museo Nacional de Escultura.

Los protestantes dejaron un poderoso legado para acercarse a Dios: la música, que florecerá en Alemania quizá como en ningún otro lugar de Europa. “En una iglesia sin imágenes se podía oír a Bach, que era para ellos como Velázquez para nosotros”, considera Bolaños. La música es el soporte más abstracto, a partir del cual uno puede entrar en comunión directa con sus pensamientos, sentimientos y creencias.

 

Tomar el cuerpo

No, no es casualidad que el abstracto tomara cuerpo, si se permite la expresión, en los países del centro de Europa, ni que los allí criados tengan un acercamiento a este arte menos problemático que el resto. “Claro que no perciben una obra abstracta, a igualdad de condiciones en cuanto a la formación cultural un señor de Sevilla que un suizo de un cantón de Ginebra”, asegura Manuel Fontán del Junco, director de Museos y Exposiciones de la Fundación Juan March. “Hay siglos de historia y tradiciones culturales, intelectuales, políticas y religiosas que si no determinan sí modulan la sensibilidad estética. Creo que el arte abstracto resulta hoy de percepción más fácil a las sensibilidades formadas en sociedades secularizadas desde la Ilustración en la que las reformas protestantes tuvieron éxito”.

'Evangelista' (1490-1492), de Tilman Riemenschneider.
'Evangelista' (1490-1492), de Tilman Riemenschneider.

La cultura religiosa influyó en la creación del arte y en su desaparición, como es sabido, pero también del poso con que el ser humano actual se enfrenta a las creaciones, cómo las recibe y cómo las siente en función de ese acervo.

Los retablos católicos eran casi un cómic con la vida y milagros de los santos; pero dotar de contenido a una abstracción es más complejo, o como sostiene Leticia Ruiz Gómez, conservadora del Museo del Prado y jefa del departamento del Renacimiento Español, “las abstracciones requieren una cultura más compleja, una sofisticación que se adquiere”.

“Todavía hoy, en las facultades de Bellas Artes del sur de Europa el plan de estudios se detiene mucho en la anatomía mientras que en las escuelas de Viena o de Berlín, por ejemplo, se acercan más a las artes aplicadas, al diseño, a las artes escénicas”, explica Ana García López, profesora de Bellas Artes en la Universidad de Granada y vicedecana de Investigación en Internacionalización.

“Las típicas frases con que muchos se acercan a una obra abstracta no son arbitrariedades sin genealogía. Bajo ellas se desperezan y juguetean siglos de historia cultural, religiosa y social”, concluye Fontán del Junco. O sea, que algo tuvo que ver Lutero en todo esto. Si quiere saber más, no se pierda la exposición.