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CRÍTICA | PRETTY

El espejismo de la belleza

Esta obra evidencia la fragilidad de ciertas muletas sobre las que las personas soportan su frustración

Pretty

De Neil LaBute. Dirección: Marilia Samper. Intérpretes: Joan Carreras, Sara Espigul, Mariona Ribas y Pau Roca. La Villarroel, Barcelona, 20 de mayo.

Neil LaBute es un dramaturgo que marca distancias con sus personajes. Su relación es la misma que la de un forense con un cuerpo abierto. Una vivisección. ¿Tortura? Quien haya visto alguna de sus obras quizá no descartaría esta posibilidad como oscura intención dramática. Con esta idea, fomentada por montajes como Gorda o El nombre de las cosas, se entra en la Villarroel para encararse con Pretty con la curiosidad de quien disfruta con los estragos de la misantropía ajena. Tremendo y bienaventurado error.

Cuando LaBute abandona el mundo de los profesionales cualificados, de los despachos y las aulas universitarias y baja a las taquillas y cantinas de una empresa en el turno de noche y enfunda a sus protagonistas en proletarios monos de trabajo; cuando el autor se fija en otra clase social y retrata su rutina (laboral, sentimental) resulta que esa distancia desaparece, que se muestra incluso empático con sus defectos y errores. No añade crueldad a unas vidas que ya de por sí tienen el techo de la esperanza y el futuro muy bajo.

¿Es Meri una mujer obsesionada por la belleza? Sospecho que no, como Pretty en realidad tampoco es un texto que ponga en evidencia cómo la sociedad se deja esclavizar por determinados cánones estéticos. Lo que sí pone en evidencia es la fragilidad de ciertas muletas sobre las que las personas sin horizonte soportan su frustración existencial.

Samper ha dirigido el texto con el mismo espíritu de realismo sin sobrecarga tragicómica. Un tono cotidiano, vulgar, extremadamente ecuánime con las reacciones de los dolidos, y muy atento a que las interpretaciones sean un auténtico trozo de vida.