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CRÍTICA | MAÑANA

Hay futuro

Que el avatar de un videojuego consume tanta energía como cuarenta etíopes es una de las llamativas afirmaciones que puntúan el discurso de este documental

Fotograma de 'Mañana'.
Fotograma de 'Mañana'.

Si nuestra cultura popular revela algo profundo sobre nosotros mismos, quizá habría que convenir en que el rasgo definitorio de la humanidad no es tanto la pulsión de vida como la pulsión de muerte. Tal y como señala uno de los entrevistados en este documental realizado por Cyril Dion y Mélanie Laurent, somos más prolíficos y eficaces en el terreno de la ficción apocalíptica que en el de los relatos de renacimiento, circunstancia contra la que se disponen a reaccionar el tono, espíritu y discurso de este documental que, frente a la constatación científica de la finitud de nuestros recursos, hilvana diversas propuestas para el cambio. Lo relevante es que no son propuestas hipotéticas, sino soluciones en marcha, que han probado su eficacia y que los documentalistas presentan para inspirar un alentador salto de conciencia. Es inevitable que Mañana reciba acusaciones de buenrollismo. Precisamente ese el quid de la cuestión: cuando cinismo desencantado e indecencia neoliberal bailan juntos, a veces sin saberlo, en el centro del orden imperante, el optimismo solo puede ser gesto político y arma de futuro.

MAÑANA

Dirección: Cyril Dion y Mélanie Laurent.

Documental.

Género: político. Francia, 2015.

Duración: 118 minutos.

Que el avatar de un videojuego consume tanta energía como cuarenta etíopes es una de las llamativas afirmaciones que puntúan el discurso de Mañana. Dion y Laurent podrían haber aspirado en su trabajo a algo más que una irreprochable funcionalidad para la toma de conciencia si hubiesen renunciado a cierta limpieza, de cariz casi publicitario, en la textura de sus imágenes y el diseño de sus efectos gráficos. No obstante, la estructura programática del discurso es brillante, con su bien trazado recorrido de la agricultura a la educación, pasando por la energía, la economía y la democracia, partes indivisibles de un todo orientado a reconsiderar nuestra depredación acumulativa y a cuestionar los dogmas en torno a la letal economía de crecimiento.