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CRÍTICA | ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS

Prefiero recordar hacia mañana

Atalaya hace claro y asequible el universo surreal de García Lorca, en un gran trabajo de equipo

Escena de la obra 'Así que pasen 5 años'
Escena de la obra 'Así que pasen 5 años' EL PAÍS

Una lectura vigorosa, poética y expresiva de una tragedia simbolista y surreal, en la que Lorca habla del amor aplazado, idealizado y no consumado, y del tiempo dilapidado en la espera, ante la inexorabilidad de la muerte. Atalaya, compañía que hace seis lustros se estrenó en el teatro textual con este mismo título, tenido por oscuro y hermético, lo hace claro y asequible, pero inquietante, en la puesta en escena de Ricardo Iniesta, apoyada en la labor física excepcional de un grupo de actores diestro, homogéneo y bien acordado, que maneja por menudo el lenguaje del director.

ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS

Autor: García Lorca. Dramaturgia y dirección: Ricardo Iniesta. Intérpretes: Compañía Atalaya (Carmen Gallardo, Manuel Asensio, Jerónimo Arenal, Silvia Garzón, María Sanz, Elena Amada Aliaga, Raúl Sirio Iniesta, José Ángel Moreno, Raúl Vera). Madrid. Teatro Valle-Inclán, hasta el 15 de mayo.

La versión es fidelísima a la manuscrita que Lorca leyó a algunos amigos (la Xirgu entre ellos) en Huerta de San Vicente, cinco años antes de su asesinato, salvo en los detalles escenográficos, pues Iniesta reinterpreta las acotaciones a la luz del teatro de vanguardia contemporáneo de Así que pasen cinco años: tanto en el espacio escénico como en todo lo que se refiere al juego de los actores, la representación de la compañía andaluza evoca muy en líneas generales y en formato más pequeño, el estilo, la plástica y la cinética de los espectáculos de Tairov y Meyerhold, asimilados los de este a través del cine de Eisenstein.

El trabajo de Iniesta con Atalaya puede compararse con el que hace William Christie con Les Arts Florissants, u otros directores y grupos orquestales que reinterpretan la música antigua con instrumentos originales, buscando una sonoridad prístina genuina: su montaje tiene el aroma, el color y la textura de los que hizo la avanzadilla del teatro soviético coetáneo de Lorca, que en la práctica escénica había emprendido en Rusia una ruptura similar a la que el dramaturgo español efectuó en el terreno textual con su ‘teatro imposible’, que no lo es tanto.

Atalaya sortea con pericia la rutina realista del teatro español. Diálogos como el del gato con el niño muerto y escenas como la de la novia retornada y el jugador de rugby hacen honor al universo de Lorca: tal virtuosismo no se improvisa, y de que cuando se intenta el resultado dista de ser bueno, tenemos un ejemplo notable reciente. La escenografía, del propio Iniesta (unas escaleras que, según se coloquen e iluminen, transfiguran el espacio), parece inspirada en un diseño de Exter para una irrealizada revista meyerholdiana o en el decorado de Tres joyas judías (1921), montaje dirigido por Aleksandr Granovskii, discípulo destacado de Reinhardt. Eficacísima y sin artificio, la luz de Miguel Ángel Camacho.

Dentro del gran trabajo coral, se individualizan la telúrica máscara amarilla de Carmen Gallardo, la prosodia y el canto del maniquí de Silvia Garzón, la sugestiva voz y presencia de la Mecanógrafa andrófuga de María Sanz, la fuerza frágil del Joven de Raúl Sirio Iniesta, la ductilidad de Jerónimo Arenal y la delicadeza de la Novia de Elena Amada Aliaga. No es fácil, y hacen que lo parezca, actuar en esa escalera tan empinada y estrecha. Aunque alguna escena diste de estar donde se pretende, el conjunto vale muy mucho la pena.