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CRÍTICA | MI GRAN BODA GRIEGA 2

El abrazo que asfixia

La película parece optar por mirarse en el espejo desalentador de la telecomedia familiar

Un fotograma de 'Mi gran boda griega 2'.
Un fotograma de 'Mi gran boda griega 2'.

 El espectáculo unipersonal My Big Fat Greek Wedding, escrito e interpretado por la cómica canadiense de ancestros griegos Nia Vardalos, impresionó tanto a la actriz Rita Wilson que decidió producir su adaptación cinematográfica. El resultado fue un proyecto que nació modesto, pero escaló con inaudita velocidad al podio de película independiente americana más rentable de todos los tiempos. Mi gran boda griega (2002) no ocultaba ni su condición de feel good movie, ni se avergonzaba de su adscripción a un modelo tan codificado y complaciente como el de la comedia romántica, pero lograba trascender todo automatismo mediante un elenco en auténtico estado de gracia y un guión que sabía armonizar las convenciones del género y la sinceridad de la auto-ficción. Que la serie televisiva de la CBS basada en el universo de la película no sobreviviese más allá de los siete episodios explica que entre el original y la secuela hayan pasado catorce años. Un período de tiempo que, de hecho, propicia que ahora el foco se coloque sobre la crisis (muy leve) de pareja y los conflictos maternales ante la necesidad de emancipación de una hija en las puertas de la Universidad.

MI GRAN BODA GRIEGA 2

Dirección: Kirk Jones.

Intérpretes: NIa Vardalos, John Corbett, Andrea Martin, Elena Kampouris, Michael Constantine.

Género: comedia. Estados Unidos, 2016.

Duración: 94 minutos.

Mi gran boda griega 2, donde sigue destacando Andrea Martin en su afortunado papel de tía Voula, se abre, enérgicamente, con un tono que no olvida que el origen de todo estuvo en un monólogo levantado sobre los recuerdos personales de la Vardalos: la idea de la familia (griega) como comunidad que confunde abrazar con asfixiar sintetiza el equilibrio entre lo afectuoso y lo incisivo en la mirada de la cómica. El resto de la película, no obstante, parece optar por mirarse en otro espejo más desalentador: el de la telecomedia familiar con su red de subtramas dirigidas, de manera unidireccional, a un final feliz (y conservador).

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