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‘Todos náufragos’, relato del fin de una guerra

Ramón Lobo narra en su libro la relación con su padre, la destrucción de la familia y de España

El periodista Ramón Lobo, en una imagen de 2009.
El periodista Ramón Lobo, en una imagen de 2009.

Ramón Lobo ha necesitado 60 años para dejar de estar en guerra. El conflicto que le atormentaba no era ninguno de los muchos que ha cubierto como periodista, sino el que libraba consigo mismo y contra su padre, un exmiembro de la División Azul. “Murió hace 30 años, pero yo seguía en el campo de batalla: contra él y contra todo lo que represente un exceso de autoridad”, explica. Hasta ahora. Todos náufragos (Ediciones B) le ha supuesto la reconciliación. “Es un retrato de la familia, de la destrucción de la familia y de este país”, explica el autor, un relato de una España “silenciada”, a la que le cuesta hablar, que no ha escuchado a las víctimas.

Lobo (Lagunillas, Venezuela, 1955) escribió durante 20 años en EL PAÍS. Ahora trabaja para diferentes medios como la SER o El Periódico de Catalunya. El reportero cuenta que fue a la guerra por casualidad. Al menos, la primera vez. Pero también por su padre. “A muchos de los que insisten e insisten en viajar a conflictos les pasa como a mí; tienen graves problemas con la familia paterna, buscan el reconocimiento que no encontraron en su momento”, añade. Todos náufragos, que este jueves se presentó en Madrid, siempre ha estado ahí. “Si lo hubiera escrito hace muchos años, habría sido un libro de venganza”. Pero ha llegado en el momento preciso, que le ha permitido acercarse a la paz.

Esta es la segunda novela del periodista. La primera, Isla África (Seix Barral, 2001), es un libro sobre periodistas en guerra. En Todos náufragos, el reportero escarba en los daños emocionales que produjo la Guerra Civil en su familia y en España. Y se pregunta cómo es posible que de un bisabuelo y un abuelo con ideas progresistas saliera gente “tan de derechas”, gente que quedó asolada por el conflicto. “Es un poco la historia del país, de una generación brillante de los años diez, veinte y treinta que se destruye por completo. Tenemos a un país que no ha querido mirarse a sí mismo. La memoria histórica no va solo de quienes están enterrados en las cunetas, sino de sentarnos a hablar, escuchar y reconocer que todos, de alguna forma, somos víctimas”, dice.

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Así comenzó León Tolstói Anna Karenina. El motivo de la infelicidad de los Lobo fue, “desgraciadamente”, la política. “Siempre tuve muy mala relación con mi padre. Primero, porque me daba dos bofetadas y me mandaba a la cama. Después, eso se vistió de política. Los últimos ocho años de su vida él estaba hundido y yo, muy crecido, no me di cuenta. Fueron una oportunidad enorme para encontrarnos, y la política nos lo impidió”. Lobo cree que, como España, hizo “una mala transición” tras fallecer su padre, en 1983.

Un país silenciado

Pero la suya no es la única familia desgraciada. España está llena de ellas. “Es un país silenciado donde las mismas familias han estado calladas”, un país “de náufragos, en el que no hay sentido de la colectividad”, reflexiona el periodista. “La gente fuma donde le da la gana, tira las colillas al suelo, no respeta las colas, intenta no pagar impuestos… Son pequeños Bárcenas en potencia que no pudieron ser uno grande”, continúa.

España es un país que no ha sido capaz de cerrar un pacto nacional por la educación, “que ha cambiado la ley con cada Gobierno, que prepara a la gente para una industria que está dejando de existir”. Un país que “no ha sabido crear una economía productiva, en el que triunfan los listillos y no los listos, en el que triunfan quienes tienen amigos”.

También es un país que ha superado mucho. “Hemos conseguido casi todo lo que proponía la República, excepto la república”, señala. Y, aunque con heridas culturales, emocionales, “que de alguna forma nos dejan averiados como sociedad, indefensos ante la corrupción o la mentira”, la española es una sociedad que trata de salir del silencio en el que está sumida.

A Lobo fue el periodismo el que le salvó. “Me dio la oportunidad de conocer a mucha gente, de darme cuenta de que soy privilegiado ante el dolor de los demás. Siempre quise ser reportero, contar historias, y he tenido muchísima suerte, porque lo he sido, lo he sido en medios importantes, he ido a sitios importantes y he tenido los ojos abiertos. He vivido quizás la última época de ese periodismo, pero sigo pensando que es necesario”.