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Gutiérrez Aragón: tributo al actor

El cineasta y escritor dedica un emocionante libro-homenaje a los grandes de la pantalla

Ángela Molina y Fernando Fernán Gómez, en 'La mitad del cielo' (1986), de Gutiérrez Aragón.
Ángela Molina y Fernando Fernán Gómez, en 'La mitad del cielo' (1986), de Gutiérrez Aragón. EFE

“Ser y no ser”, dentro de esa reformulación del dilema hamletiano —sustituyendo la o por una y—, encuentra Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) la gracia del actor. “Poder vivir varias vidas sin abandonar la propia”, insiste para definir el ideal de este tipo de criaturas frágiles, tan volubles como irascibles, que representan la carne de pantalla más fiable, el vehículo transmutado en cuerpo de ideas, acciones.

Son sagrados para el cine, más cruciales dentro de una narración en pantalla que lo que suponen personajes en tinta para la literatura, cree el autor. Absolutos corpóreos que si bien pueden convertirse en insufribles entes en rebeldía, siempre supondrán la medida del éxito para un director. “Trabajar con ellos es lo que más añoro del cine”, confiesa Gutiérrez Aragón, hoy dedicado casi exclusivamente a la literatura y a punto de ingresar en la Real Academia Española.

De ahí que les haya dedicado su libro A los actores (Anagrama), título homenaje con intención de llenar un vacío: “Los teóricos del lenguaje del cine han tratado mucho el tema. Los actores parecen estorbar en todas partes. A los políticos, a los teóricos… e incluso a algunos directores. En realidad, decido escribirlo cuando me doy cuenta de que existen muchos textos sobre lo específico del lenguaje fílmico, las elipsis, la imagen, los planos, pero no hay mucho sobre el papel del actor-personaje, alguien que se sale del guion”.

Lo aborda a lo largo de un viaje que abarca desde la memoria infantil a la experiencia tras la cámara. “La literatura y el cine llevan caminos cruzados, aunque la imagen y la palabra son irreductibles la una a la otra. Cuando yo era niño y no podía ir al cine, me contaban la película una muchacha de servicio, que le ponía sentimentalismo, y una tía abuela…”.

Le entusiasmaba contrastar las versiones desde su reposo casero, por una enfermedad que requería paciencia y sopas. “Tuve unos comienzos muy raros en el cine, casi perversos. Para mí, la chica de la película era la cara de quien me la contaba, pero yo me sentía capaz de modificarla”.

La clave está en saber elegirlos bien. “Todas las personas son misteriosas, únicas. Encontrar un actor que encarne cada personaje resulta una tarea complicada. Ahora el director de casting tiene un título de crédito tan grande como el guionista. Después del guion, decisivo, lo más importante es el actor, los actores. Representa un privilegio contar con algunos de ellos para los que ya estás escribiendo el guion. Les oyes hablar, les ves moverse…”.

Gutiérrez Aragón ha escrito para varios intérpretes icónicos del cine español. Pocas veces le dieron calabazas a causa de sus guiones hechos a medida para Fernán Gómez, Ángela Molina, Juan Luis Galiardo... que pueblan de anécdotas el libro. Así como aquellos que custodia en la retina de la memoria: desde John Wayne a Olivia de Havilland, esa guapa que hacía tan bien de fea, como le hacía notar con agudeza su tía abuela al comentarle La heredera, de William Wyler.

O Charles Chaplin, que salió triunfante del paso más traumático que ha existido en la historia del cine para los actores: el salto del mudo al sonoro. “Sí, es el único cambio importante. Ni el color, ni lo digital suponen un cambio narrativo. El sonido sí, acabó con las metáforas de la imagen, con la poética. El cine se acercó peligrosamente a la literatura”. Y a la irrupción de algo que detesta: eso que dan en llamar la naturalidad. “Estoy en contra, tanto dentro del cine, como en la literatura”.

Nada como la familia

Un nuevo mundo para un medio revolucionario, en el que acabarían apareciendo todo tipo de escuelas. Aunque para Gutiérrez Aragón, ninguna como la familia: “Sí, desde luego. Por ejemplo, en los silencios. Lo que no se dice, lo que no se puede decir dentro de casa, se convierte en una forma de elipsis. En realidad, los silencios se advierten más, paradójicamente, en el cine sonoro. La familia es la gran escuela de interpretación. Ofrece escenas de cariño, de amor, de violencia, de humillación… Está todo, escuela de vida y de representación”.

Una mina que bien guiada, alimenta el arte. En el caso del cine, sin que este se dé de manera anárquica, con cierto orden en el que no riña la intención del autor con las explosiones creativas del intérprete. Encarriladas, sin riesgos, como advertía Galiardo: “Un actor sin dirección es siempre un bulto sospechoso”. Gutiérrez Aragón está de acuerdo.